Escribe Enrique Rojas: El ser humano es una realidad compuesta de cuerpo, alma y psicología. Y es fundamental conseguir una buena articulación entre estos tres principios que se ospedan en su interior.
Soy un gran aficionado a la música clásica. Beethoven,
Mozart, Brahms, Tchaikosky, Falla, Granados… Cuando asisto en directo a un buen
concierto me impresiona ver a los profesores, cada uno tocando un instrumento
concreto y asoman el piano, el violín, el violonchelo, la trompa, el clarinete…
Extrapolando esto al terreno de la personalidad, estos instrumentos son la
percepción, memoria, pensamiento, inteligencia, conciencia, afectividad, etc. Y
el director de la orquesta es la persona que consigue aunar todo eso para dar
lugar a una sinfonía: la conducta. La personalidad es el sello propio de cada
uno.
Es el conjunto de pautas de comportamiento actuales y potenciales que dan lugar a un estilo, a una firma de ser 'sui generis'. Y hay tres dimensiones que se asientan en su interior: la herencia, que es la parte que viene con el equipaje genético y que se llama temperamento; el carácter, que se fragua a través de la educación, la familia, la formación, los primeros años de la vida y sus influencias; y finalmente, la biografía, que no es otra cosa que la historia personal, lo que uno ha ido haciendo con su vida y lo que le ha sucedido.
Por eso, la personalidad consiste en un patrón de conducta fuertemente arraigado que da lugar a un modo de funcionar que descansa sobre este tríptico: herencia, ambiente y biografía. La personalidad es un conjunto de comportamientos que se pueden resumir así: una forma de pensar, de reaccionar, de sentir y de interpretar la realidad.
Inteligencia es la capacidad para captar la realidad en su
complejidad y en sus conexiones. Es saber distinguir lo accesorio de lo
fundamental. Es claridad de pensamiento. La sencillez es una virtud
intelectual; es la virtud de la infancia. Hoy sabemos que existen muchas
variedades y por eso debemos hablar de inteligencias en plural. Aún así, a la
razón le corresponde la búsqueda de la verdad.
La afectividad está constituida por un conjunto de fenómenos de naturaleza subjetiva, diferentes de lo que es el puro conocimiento, que suelen ser difíciles de verbalizar y que provocan un cambio interior. La vía regia de la afectividad son los sentimientos: es el modo habitual de vivir el mundo emocional. Todos los sentimientos tienen dos caras contrapuestas: alegría-tristeza, paz-ansiedad, amor-desamor, felicidad-infortunio, etc. A la afectividad le corresponde la búsqueda de la belleza o, dicho de otro modo, del equilibrio, de la armonía subjetiva.
La voluntad es la tendencia para alcanzar un objetivo que
descubrimos como valioso. Es un apetito racional que nos impulsa hacia una
meta. Es un propósito que se va haciendo realidad gracias a un trabajo
esforzado. Iniciativa para lograr algo valioso, que cuesta. Voluntad es querer
y querer es determinación. A la voluntad le corresponde la búsqueda del bien.
Voy a tratar de delimitar esto. ¿Qué es el bien? El bien es lo que a todos
apetece, aquello que es capaz de saciar la más profunda sed del hombre.
Así, aparecen tres ideas clave: la inteligencia busca la verdad; la afectividad, la belleza; y la voluntad, el bien. Son los trascendentales de los clásicos: verdad, belleza y bien. La cuarta característica que he apuntado al principio es la espiritualidad. Que significa pasar de la inmanencia a la trascendencia, de lo natural a lo sobrenatural, descubrir algo que va más allá de lo que vemos y tocamos. Vamos de la visión horizontal a la vertical: es captar el sentido profundo de la vida. Toda filosofía nace a orillas de la muerte. Como diría Ortega, «Dios a la vista». Tener un sentido espiritual de la vida es haber hallado respuestas esenciales a la vida: de dónde venimos, adónde vamos, qué significa la muerte.
La psicología es la ciencia que tiene a la conducta como
objeto, a la observación como medio y a la felicidad como destino. La cuestión
de la felicidad es la vida buena y eso es sabiduría. Muchas veces mis pacientes
me dicen que debería existir la pastilla de la felicidad y tomarnos una por la
mañana y sentir que todo marcha, que las cosas de uno van bien… ¿Qué nos falta
para ser felices cuando uno lo tiene casi todo y no lo es? Lo que nos falta es
saber vivir. Y eso es arte y oficio. Aprendizaje. Y manejar con artesanía estas
cuatro dimensiones que he mencionado: inteligencia, afectividad, voluntad y
espiritualidad. La puerta de entrada al castillo de la felicidad consiste en
tener una personalidad madura, que no es otra cosa que una mezcla de
conocimiento de sí mismo, equilibrio, buena armonía entre corazón y cabeza,
saber gestionar bien los grandes asuntos de la vida, superación de las heridas
y tramas del pasado, etcétera.
Vuelve aquí el tema de la felicidad. En definitiva, una vida
lograda, que no es otra cosa que una felicidad razonable. No pedir a la vida lo
que no nos puede dar. Mi fórmula es: logros partido por expectativas. Moderar
las ambiciones. Italia hizo el Renacimiento. España, el Barroco. Francia, la
Ilustración. Alemania, el Romanticismo. Inglaterra aportó la revolución
británica de 1648. EE.UU. nos trajo una Constitución que ha sido un referente.
Fue en Francia cuando por primera vez se habló de felicidad en un sentido más
preciso, en el siglo XVIII, con la Enciclopedia. Aunque ya en Grecia y en Roma
se habló de ella de un modo más genérico. Pero ha sido en el siglo XX donde la
felicidad ha sido la meta, el punto de mira, la estación de llegada. Hoy la
medimos: existen escalas de evaluación de conducta diseñadas por psicólogos y
psiquiatras que mediante un cuestionario bien elaborado y validado pesan,
cuantifican el grado de felicidad que alguien tiene… según la concepción de su
autor. La felicidad consiste en la mejor realización de nuestro proyecto
personal. Y la coherencia de vida que es el puente levadizo que nos conduce
finalmente al castillo de la felicidad. Porque la vida es arte y aprendizaje.
Oficio y tanteo. Sabio es el conocedor de la vida. Las ideas, enseñan; los
argumentos, convencen; y el buen ejemplo, arrastra.
Enrique Rojas, catedrático de Psiquiatría en abc.es

No hay comentarios:
Publicar un comentario