jueves, 8 de octubre de 2026

El arcangel San Miguel en el Opus Dei

 1.La misión de los ángeles

Nos dice Jesús: Os aseguro que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre. Los ángeles forman parte de la Creación y se hacen presentes en la historia de la salvación. La Iglesia nos enseña que toda su vida se beneficia de la ayuda misteriosa y poderosa de los ángeles. Los espíritus angélicos alaban a Dios y son poderosos ejecutores de las órdenes divinas. Su misión se extiende a todos los hombres, a los sacerdotes, a las instituciones de la Iglesia y a las naciones enteras. Todos los días la Iglesia en la Eucaristía apela a los ángeles y arcángeles para cantar la gloria de Dios. La Iglesia honra de modo particular a los tres arcángeles: tres ángeles a los que la Sagrada Escritura designa con un nombre: Miguel, Gabriel y Rafael. Su existencia y cercanía nos mueven a pedir: Oh Dios que con admirable sabiduría distribuyes los ministerios de los ángeles y los hombres, te pedimos que nuestra vida esté siempre protegida en la tierra por aquellos que te asisten continuamente en el Cielo. Les damos gracias y nos preguntamos: acudimos a ellos con frecuencia, les tratamos con confianza, nos sentimos seguros en su compañía?

 2. El Arcángel San Miguel: su ayuda en la lucha contra el diablo
Leemos en el Apocalipsis: Y se entabló un gran combate en el cielo: Miguel y sus ángeles lucharon contra el dragón. También lucharon el dragón y sus ángeles, pero no prevalecieron, ni hubo ya para ellos un lugar en el cielo. Fue arrojado aquel dragón, la serpiente antigua, llamado Diablo y Satanás, que seduce a todo el universo. Fue arrojado a la tierra y también fueron arrojados sus ángeles con él.
La Iglesia interpreta este texto como testimonio de la lucha entre Miguel y el diablo cuando fueron sometidos a prueba los espíritus angélicos. Bajo esta luz entiende también la lucha que Satanás sostiene contra la Iglesia a lo largo de los siglos y que se radicalizará al final de los tiempos.
Según tradiciones judías seguidas por algunos Padres de la Iglesia, el demonio fue una criatura angélica que se convirtió en enemiga de Dios al no aceptar la dignidad concedida al hombre. Entonces el diablo y sus seguidores fueron arrojados a la tierra, y desde entonces no cesan de tentar al hombre para que, pecando, se vea también privado de la gloria de Dios. En el Antiguo Testamento se presenta al Arcángel San Miguel como a aquel que, de parte de Dios, defiende al pueblo elegido. La lucha constante contra el demonio, que intenta sacar partido de cada situación, y que caracteriza la figura del Arcángel Miguel, es actual también hoy, nos dice Juan Pablo II  porque el demonio está todavía vivo y operante en la tierra". Es más, afirma el Papa "hay épocas en las que la existencia del mal entre los hombres se hace singularmente evidente en el mundo (...). Se tiene la impresión de que el hombre actual no quiere ver ese problema. Hace todo lo posible por eliminar de la conciencia general la existencia de esos dominadores de este mundo tenebroso, esos astutos ataques del diablo de los que habla la Carta a los efesios. Con todo, hay épocas históricas en las que esa verdad de la revelación y de la fe cristiana, que tanto cuesta aceptar, se expresa con gran fuerza y se percibe casi palpable".
Esa actuación del diablo en la sociedad y en las personas, que a veces se expresa con gran fuerza y se percibe de forma casi palpable, ha llevado a la Iglesia a invocar a San Miguel como guardián en las adversidades y contra las asechanzas del demonio: Manda, Señor, en ayuda de tu pueblo al gran Arcángel Miguel, para que nos sintamos protegidos en nuestras luchas contra Satanás y sus ángeles (Liturgia de las Horas). Asechanzas reales y terribles, que tratan de aniquilar la vida de Cristo en las almas, si no contáramos con la gracia divina y la ayuda de los ángeles y de Nuestra Madre del Cielo.
La festividad de San Miguel nos recuerda, además, "que al comenzar la Creación, brotó esta primerísima adoración de la profundidad espiritual de los seres angélicos, sumergiéndose, con todo su ser, en la realidad del Quién como Dios: Miguel y sus ángeles (Apoc 12, 7). Al mismo tiempo, esta lectura del libro del Apocalipsis nos hace tomar conciencia de que, a esta adoración, a esta primerísima afirmación de la majestad del Creador se contrapuso una negación. Frente a esa orientación llena de amor de Dios (¡quién como Dios!) estalló una plenitud de odio en rebelión contra Él" (Juan Pablo II), que todavía parece sentirse en el mundo de mil formas diversas. Cuando más se haga presente a nuestro alrededor esa falta de servicio amoroso a Dios y a los demás por Dios, nos recordará a nosotros los cristianos que hemos de amarle y servirle con todo nuestro ser, sin esperar nada a cambio. Serviam!, le diremos en la intimidad de nuestro corazón muchas veces, y haremos realidad esta oración en tantas ocasiones como se nos presentan a lo largo del día. Aprovechemos la fiesta de hoy para decir a Jesús: Jesús, no tengo otra ambición que la de servirte.
El gran triunfo del demonio en nuestros días puede ser que muchos lo han olvidado, o bien piensan que son creencias de otras épocas menos avanzadas culturalmente. No lo olvidemos nosotros, pues su acción misteriosa en la vida del mundo y de las personas es bien real y efectiva. Acudamos con frecuencia a San Miguel Arcángel. El Papa Juan Pablo II, en ese discurso que hemos citado, varias veces volvía a recitar, en nombre de toda la Iglesia, una antigua oración a este Santo Arcángel: Arcángel San Miguel, defiéndenos en la lucha, sé nuestro amparo contra la maldad y las asechanzas del demonio. Pedimos suplicantes que Dios lo mantenga bajo su imperio; y tú, Príncipe de la milicia celestial, arroja al infierno, con el poder divino, a Satanás y a los otros espíritus malvados que andan por el mundo tratando de perder a las almas. Amén

3. La Obra de San Miguel es el fundamento que sostiene a la familia del Opus Dei
ESTE es Miguel, uno de los príncipes más importantes, que ha venido en mi auxilio (1) Ad Tertiam, Ant. 1., reza hoy la Iglesia en la Liturgia de las Horas, al celebrar la festividad de los Arcángeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael. En el Opus Dei les tenemos una devoción que se remonta a muchos años atrás, cuando nuestro Fundador los invocó como Patronos nuestros.
Eran los primeros días de octubre de 1932 —escribió nuestro Padre—, cuando, haciendo un retiro espiritual en el convento de los Carmelitas Descalzos de Segovia, con un aislamiento completo según era mi costumbre, sin que nadie me acompañara ni me diera conversación o plática alguna, pasaba largos ratos de oración en la capilla donde se guardan los restos de San Juan de la Cruz: y allí, en esa capilla, tuve la moción interior de invocar por vez primera a los tres Arcángeles y a los tres Apóstoles —cuya intercesión pedimos cada día todos los miembros de la Obra en nuestras Preces—, teniéndoles desde aquel momento como Patronos de las tres obras que componen el Opus Dei. (2) De nuestro Padre, Instrucción, 8—XII—1941, n. 9.
En efecto, las obras de San Miguel, de San Gabriel, y de San Rafael son como tres ramas del Opus Dei, tres manifestaciones apostólicas que vienen a recoger y a ordenar todas las fuentes de nuestro trabajo sobrenatural, en servicio de Dios Nuestro Señor, de la Iglesia Santa y de todas las almas. (3) De nuestro Padre, Carta, 29—IX—1957, n. 5.
La obra de San Miguel tiende a dar formación a los Numerarios y a los Agregados y a sostener y a mejorar esa formación, dándoles todos los medios espirituales y doctrinales, que necesitan, para que logre toda su eficacia la dedicación personal que han hecho —por Amor de Dios—, buscando la perfección cristiana y ejerciendo el apostolado en el trabajo de la propia profesión u oficio, en medio del mundo y cada uno en su propio estado. (4) De nuestro Padre, Carta, 29—IX—1957, n. 5.
La obra de San Miguel es el fundamento —la fuerza— que sostiene toda nuestra familia: (5) De nuestro Padre, Carta, 29—IX—1957, n. 5. sobre esta labor se apoyan todas las demás. Para que muchos conjuguen con toda su plenitud el yo, tú, él, de las labores personales —escribió nuestro Padre—, un grupo de mujeres y de hombres entregados, competentes y apostólicos, tienen que conjugar anónimamente el nosotros. (6) De nuestro Padre, Instrucción, mayo—1935, 14—II—1950, n. 100.