1.La misión de los ángeles
Nos dice Jesús: Os
aseguro que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre
el Hijo del Hombre. Los ángeles forman parte de la Creación y se hacen presentes
en la historia de la salvación. La Iglesia nos enseña que toda su vida se
beneficia de la ayuda misteriosa y poderosa de los ángeles.
Los espíritus angélicos alaban a Dios y son poderosos ejecutores de las órdenes
divinas. Su misión se extiende a todos los hombres, a los sacerdotes, a las
instituciones de la Iglesia y a las naciones enteras. Todos los días la Iglesia
en la Eucaristía apela a los ángeles y arcángeles para cantar la gloria de
Dios.
La Iglesia honra de modo particular a los tres arcángeles: tres ángeles a los
que la Sagrada Escritura designa con un nombre: Miguel, Gabriel y Rafael.
Su existencia y cercanía nos mueven a pedir: Oh Dios que con admirable
sabiduría distribuyes los ministerios de los ángeles y los hombres, te pedimos
que nuestra vida esté siempre protegida en la tierra por aquellos que te asisten
continuamente en el Cielo. Les damos gracias y nos preguntamos: acudimos a
ellos con frecuencia, les tratamos con confianza, nos sentimos seguros en su compañía?
2. El Arcángel San Miguel: su ayuda en la lucha contra el
diablo
Leemos en el Apocalipsis: Y se entabló un gran combate en el
cielo: Miguel y sus ángeles lucharon contra el dragón. También lucharon el
dragón y sus ángeles, pero no prevalecieron, ni hubo ya para ellos un lugar en
el cielo. Fue arrojado aquel dragón, la serpiente antigua, llamado Diablo y
Satanás, que seduce a todo el universo. Fue arrojado a la tierra y también
fueron arrojados sus ángeles con él.
La Iglesia interpreta este texto como testimonio de la lucha
entre Miguel y el diablo cuando fueron sometidos a prueba los espíritus
angélicos. Bajo esta luz entiende también la lucha que Satanás sostiene contra
la Iglesia a lo largo de los siglos y que se radicalizará al final de los
tiempos.
Según tradiciones judías seguidas por algunos Padres de la
Iglesia, el demonio fue una criatura angélica que se convirtió en enemiga de
Dios al no aceptar la dignidad concedida al hombre. Entonces el diablo y sus
seguidores fueron arrojados a la tierra, y desde entonces no cesan de tentar al
hombre para que, pecando, se vea también privado de la gloria de Dios. En el
Antiguo Testamento se presenta al Arcángel San Miguel como a aquel que, de
parte de Dios, defiende al pueblo elegido. La lucha constante contra el
demonio, que intenta sacar partido de cada situación, y que caracteriza la
figura del Arcángel Miguel, es actual también hoy, nos dice Juan Pablo II porque el demonio está todavía vivo y operante
en la tierra". Es más, afirma el Papa "hay épocas en las que la
existencia del mal entre los hombres se hace singularmente evidente en el mundo
(...). Se tiene la impresión de que el hombre actual no quiere ver ese
problema. Hace todo lo posible por eliminar de la conciencia general la
existencia de esos dominadores de este mundo tenebroso, esos astutos ataques
del diablo de los que habla la Carta a los efesios. Con todo, hay épocas
históricas en las que esa verdad de la revelación y de la fe cristiana, que
tanto cuesta aceptar, se expresa con gran fuerza y se percibe casi
palpable".
Esa actuación del diablo en la sociedad y en las personas,
que a veces se expresa con gran fuerza y se percibe de forma casi palpable, ha
llevado a la Iglesia a invocar a San Miguel como guardián en las adversidades y
contra las asechanzas del demonio: Manda, Señor, en ayuda de tu pueblo al gran
Arcángel Miguel, para que nos sintamos protegidos en nuestras luchas contra
Satanás y sus ángeles (Liturgia de las Horas). Asechanzas reales y terribles,
que tratan de aniquilar la vida de Cristo en las almas, si no contáramos con la
gracia divina y la ayuda de los ángeles y de Nuestra Madre del Cielo.
La festividad de San Miguel nos recuerda, además, "que
al comenzar la Creación, brotó esta primerísima adoración de la profundidad
espiritual de los seres angélicos, sumergiéndose, con todo su ser, en la
realidad del Quién como Dios: Miguel y sus ángeles (Apoc 12, 7). Al mismo
tiempo, esta lectura del libro del Apocalipsis nos hace tomar conciencia de que,
a esta adoración, a esta primerísima afirmación de la majestad del Creador se
contrapuso una negación. Frente a esa orientación llena de amor de Dios (¡quién
como Dios!) estalló una plenitud de odio en rebelión contra Él" (Juan
Pablo II), que todavía parece sentirse en el mundo de mil formas diversas.
Cuando más se haga presente a nuestro alrededor esa falta de servicio amoroso a
Dios y a los demás por Dios, nos recordará a nosotros los cristianos que hemos
de amarle y servirle con todo nuestro ser, sin esperar nada a cambio. Serviam!,
le diremos en la intimidad de nuestro corazón muchas veces, y haremos realidad
esta oración en tantas ocasiones como se nos presentan a lo largo del día.
Aprovechemos la fiesta de hoy para decir a Jesús: Jesús, no tengo otra ambición
que la de servirte.
El gran triunfo del demonio en nuestros días puede ser que
muchos lo han olvidado, o bien piensan que son creencias de otras épocas menos
avanzadas culturalmente. No lo olvidemos nosotros, pues su acción misteriosa en
la vida del mundo y de las personas es bien real y efectiva. Acudamos con
frecuencia a San Miguel Arcángel. El Papa Juan Pablo II, en ese discurso que
hemos citado, varias veces volvía a recitar, en nombre de toda la Iglesia, una
antigua oración a este Santo Arcángel: Arcángel San Miguel, defiéndenos en la
lucha, sé nuestro amparo contra la maldad y las asechanzas del demonio. Pedimos
suplicantes que Dios lo mantenga bajo su imperio; y tú, Príncipe de la milicia
celestial, arroja al infierno, con el poder divino, a Satanás y a los otros
espíritus malvados que andan por el mundo tratando de perder a las almas. Amén
3. La Obra de San Miguel es el fundamento que sostiene a la
familia del Opus Dei
ESTE es Miguel, uno de los príncipes más importantes, que ha
venido en mi auxilio (1) Ad Tertiam, Ant. 1., reza hoy la Iglesia en la
Liturgia de las Horas, al celebrar la festividad de los Arcángeles San Miguel,
San Gabriel y San Rafael. En el Opus Dei les tenemos una devoción que se
remonta a muchos años atrás, cuando nuestro Fundador los invocó como Patronos
nuestros.
Eran los primeros días de octubre de 1932 —escribió nuestro
Padre—, cuando, haciendo un retiro espiritual en el convento de los Carmelitas
Descalzos de Segovia, con un aislamiento completo según era mi costumbre, sin
que nadie me acompañara ni me diera conversación o plática alguna, pasaba
largos ratos de oración en la capilla donde se guardan los restos de San Juan
de la Cruz: y allí, en esa capilla, tuve la moción interior de invocar por vez
primera a los tres Arcángeles y a los tres Apóstoles —cuya intercesión pedimos
cada día todos los miembros de la Obra en nuestras Preces—, teniéndoles desde
aquel momento como Patronos de las tres obras que componen el Opus Dei. (2) De
nuestro Padre, Instrucción, 8—XII—1941, n. 9.
En efecto, las obras de San Miguel, de San Gabriel, y de San
Rafael son como tres ramas del Opus Dei, tres manifestaciones apostólicas que
vienen a recoger y a ordenar todas las fuentes de nuestro trabajo sobrenatural,
en servicio de Dios Nuestro Señor, de la Iglesia Santa y de todas las almas.
(3) De nuestro Padre, Carta, 29—IX—1957, n. 5.
La obra de San Miguel tiende a dar formación a los
Numerarios y a los Agregados y a sostener y a mejorar esa formación, dándoles
todos los medios espirituales y doctrinales, que necesitan, para que logre toda
su eficacia la dedicación personal que han hecho —por Amor de Dios—, buscando
la perfección cristiana y ejerciendo el apostolado en el trabajo de la propia
profesión u oficio, en medio del mundo y cada uno en su propio estado. (4) De
nuestro Padre, Carta, 29—IX—1957, n. 5.
La obra de San Miguel es el fundamento —la fuerza— que
sostiene toda nuestra familia: (5) De nuestro Padre, Carta, 29—IX—1957, n. 5.
sobre esta labor se apoyan todas las demás. Para que muchos conjuguen con toda
su plenitud el yo, tú, él, de las labores personales —escribió nuestro Padre—,
un grupo de mujeres y de hombres entregados, competentes y apostólicos, tienen
que conjugar anónimamente el nosotros. (6) De nuestro Padre, Instrucción,
mayo—1935, 14—II—1950, n. 100.