viernes, 23 de septiembre de 2011

Fumar durante el embarazo

Fumar durante el embarazo
   Pienso que debo esforzarme por entender a todos, pero no es igual la comprensión con el errado que la conversión del yerro en un logro social

      Habiendo dejado el tabaco hace bastantes años, me sorprendió la saludable propaganda de un paquete de cigarrillos: Se muestra un no nacido en el vientre de su madre. Sobre la imagen se lee: "Las autoridades sanitarias advierten". En la parte inferior, la advertencia: "fumar durante el embarazo perjudica la salud de su hijo". No se especifica la edad del embrión o feto, basta estar embarazada para considerarlo un hijo al que se puede dañar fumando. 

      Pero mi sorpresa no aconteció por la información sanitaria, que he de suponer buena, sino porque resulta que esa misma madre adquirió recientemente el 'derecho' de matar a su hijo sin necesidad de fumar. No sé si vivimos en una sociedad plagada de hipocresía, de contradicciones, de sinrazones o de qué, para engendrar tales dislates. Y sé que es políticamente incorrecto afirmar que esto es un desatino. Hasta ese punto ha llegado nuestra irreflexión. Fumar es malísimo —y lo es—, pero matar, por muy pequeñito que sea el hijo, puede ser hasta bueno. Para algunos, una nueva libertad conquistada. 

      Prácticamente, estamos en época electoral. Por cierto, en la anterior, el candidato ganador había prometido que en la legislatura ahora finiquitada no iría una nueva ley del aborto, aunque después fue. Y sucedió así como petición del partido gobernante, olvidando a la gran mayoría de sus votantes no afiliados al partido. No hablo en términos políticos, pido la expresión de la verdad en las campañas electorales para que los ciudadanos sepan de veras a qué atenerse. Y es muy posible que en estos meses se obvie esta ley alegando que estamos en otras preocupaciones: las económicas. Pues si es así, se estará triturando la vida, que es la razón de la economía pero, además, puestos a ahorrar, vamos a empezar economizando tiempo y dinero en esta lamentable actividad. 

      Yo vivía en Italia cuando se hizo el referéndum sobre el aborto y las razones de los partidarios eran, como siempre, puramente emocionales, sin ahondar en la cuestión: destruir una vida y dejar, con muchas probabilidades, una serie de secuelas en la madre, que nadie se ocupará de llevar ni siquiera a una anónima estadística. Recuerdo uno de los eslóganes pro-abortistas: Te tirarán a la cara la foto de tu hijo para hacerte votar como vota Almirante. Éste era jefe de filas del MSI, considerado como sucesor del fascismo. Y, claro, nada peor para un italiano que votar como Almirante. Lo que estaba en cuestión dejaba de interesar, se movía la atención hacia otra parte. 

      Cuando en España se hizo la primera ley contra la vida del no nacido, se habló y se escribió acerca del 'drama del aborto'. Así decían sus partidarios para afirmar de seguido que, aun siendo trágico, había casos en los que se concebía imprescindible. El ejemplo habitual fue el de la violada o el del hijo que venía con malformaciones. Este segundo ejemplo se utilizó menos porque no era muy correcto con los discapacitados. El resultado fue que el noventa y tantos por ciento de los abortos practicados tuvieron como causa la salud psicológica de la madre, en muchas ocasiones no demostrada, como se está viendo ahora en un proceso judicial conocidísimo y en curso. 

      Y resulta que ese juicio parece arcaico en las actuales circunstancias, en las que hemos pasado —en ocasiones, asentado por las mismas personas— del 'drama del aborto' a la 'ampliación de las libertades', entre las que hemos alcanzado el derecho a matar al 'nasciturus'. Pienso que debo esforzarme por entender a todos, pero no es igual la comprensión con el errado que la conversión del yerro en un logro social. 

      No escribo fundamentalmente para los que hicieron la ley, sino para aquellos que pueden derogarla. Y a quienes deseen prolongarla, les solicitaría el esfuerzo de buscar frente a la muerte, y a los problemas posteriores originados, algo más consistente que aquello de que yo no quiero que ninguna mujer vaya a la cárcel por este motivo, porque sería difícil recordar cuándo fue la última; o lo de que el embrión es un ser vivo, aunque no un ser humano. En la cajetilla de tabaco lo han olvidado: es un hijo de una embarazada sin especificaciones antropológicas. Yo tampoco pretendo la prisión para nadie, salvo para el que la merezca: tal vez principalmente quien monta un negocio ilícito e inmoral con tan serio asunto. Más que el realizado con la guerra. 

      José Gabaldón escribía en la Tercera de ABC que nuestro Tribunal Constitucional (Sentencia 53/1985 hasta ahora no modificada) afirmó que la vida "es un devenir" que "comienza con la gestación" y genera "un ‘tertium’ existencialmente distinto de la madre", o sea, un nuevo y distinto ser humano vivo y viviente, a respetar. Por eso formuló seguidamente la obligación que tiene el Estado de "protegerlo y no obstaculizar el proceso de su desarrollo". ¿Cómo puede admitirse la constitucionalidad de una ley que otorga el derecho a dar por terminado un proceso cuya protección es deber estatal? 

      Y por encima de esto, ¿cómo puede negarse la vida, el derecho humano más elemental, la ética primaria?

Pablo Cabellos Llorente
Las Provincias / Almudí

jueves, 22 de septiembre de 2011

La vocación universitaria

La vocación universitaria
La verdad tiene una primera consecuencia en la vida del hombre, la de ordenar su actividad, el ejercicio de la libertad

      Benedicto XVI quiso incluir, en los actos de la Jornada Mundial de la Juventud, un encuentro con los profesores (19 agosto). En él, trazó un panorama esperanzador y preocupante de la Universidad actual. Romano Guardini, en su ensayo sobre El poder (aparecido en 1951), adelantó el diagnóstico. En síntesis, éste consistía en la enfermedad del espíritu, lo que ocurre «desde el momento en que la verdad en cuanto tal pierde su importancia, el éxito sustituye a lo justo y lo bueno, lo sagrado ya no se siente y ni siquiera se echa de menos»

      A pesar de los medios —las nuevas tecnologías— y quizá por efecto de lo complejo y abundante de los datos, se ha perdido la visión de conjunto. Se han cometido improvisaciones en detrimento de la reflexión y el sosiego, tan importantes para el crecimiento del espíritu. Ello ha debilitado la razón de ser de la Universidad. Ésta, como institución al servicio del saber, tiene por misión acercarse, de modo riguroso, a la verdad en todas sus facetas. Empresa que implica una actitud de humildad y perseverancia. La verdad está más allá de nuestro alcance, «podemos buscarla y acercarnos a ella, pero no podemos poseerla del todo: más bien, es ella la que nos posee a nosotros y la que nos motiva» (Benedicto XVI).

      La verdad tiene una primera consecuencia en la vida del hombre, la de ordenar su actividad, el ejercicio de la libertad. «La libertad —escribe Scrutonno es un regalo de la naturaleza, sino el resultado de un proceso educativo, algo que debemos obtener a través de la disciplina y el sacrificio» (Apud A. Delibes, Scruton y las falacias de la educación). El estudio es disciplina, superación de dificultades y educación de la voluntad.

      También la verdad, el conocimiento preciso de la realidad, se erige en el soporte del bien común (frente a la arbitrariedad e incompetencia). En esto consiste la aportación de la Universidad a la sociedad. Todo lo contrario del activismo o militancia del profesor-agitador, al servicio de diversas ideologías y sumiso al denominado progresismo, censor férreo.

      Hoy, nuestros políticos y las leyes, han propiciado la degradación de la Universidad, cuya radiografía ha realizado J. Penalva. Síntoma de su decadencia es el relativismo, que desprecia o desconfía de la verdad, de los contenidos. Las corrientes pedagógicas hegemónicas han impuesto esta tendencia (ver la recensión de J. Aguilar Jurado de: G. Luri Medrano La escuela contra el mundo). En consecuencia, el profesor ha perdido la autoridad dentro del aula. Aquélla deriva de «ser una persona que, se mire por donde se mire, sabe más y puede hacer más que sus discípulos» (H. Arendt). En el esquema sensato que venía funcionando, el profesor era responsable de introducir al niño o al joven, sin manipularlos, en el mundo. Él le transmitía el acervo cultural que enriquecía la condición humana.

      El hueco, dejado por la vocación abierta a la verdad, ha sido ocupado por el utilitarismo. La naturaleza de la Universidad se trastoca y adquiere un nuevo cometido: suministrar un tipo de persona homogéneo, regido por lo políticamente correcto y adaptado a las exigencias del mercado. Dice Guardini que «hoy se forma un tipo de hombre que vive del momento, que adquiere ese carácter agobiador de poder ser reemplazado a voluntad, y de estar dispuesto a ser manejado por el poder». Muchos han prevenido contra el falso atajo de la “Universidad profesional” (García Morente, Alejandro Llano, etc.). «La auténtica educación superior nunca persigue la “creación de puestos de trabajo” o la formación de técnicos especializados. Puede y de hecho logra producir estos efectos, además; pero son sólo efectos secundarios» (R.A. Kirk).

      En el marasmo actual, pierde sentido la libertad de cátedra y de investigación. «Si no se vuelve a conquistar la jefatura del empeño, mejor dicho, la pasión del deseo de saber, la libertad académica perderá sentido y será sustituida por la reglamentación y la tutela. Pues, para qué la auténtica elección y el movimiento espiritual espontáneo, si el canon definitivo está en el provecho? Éste se obtiene mejor con una planificación lo más completa que quepa» (R. Guardini). El dirigismo burocrático, los instrumentos didácticos, o las “dinámicas”, han reemplazado la iniciativa docente y la solidez de la doctrina.

      Los planes de estudio de las enseñanzas universitarias, como las de niveles inferiores, se estructuran en competencias, con el último objetivo de la empleabilidad. Estos conceptos han sido expresamente recogidos en la normativa (cf. Real Decreto 1393/2007 de ordenación de las enseñanzas universitarias oficiales).

      «La visión reduccionista y segada de lo humano» a que conduce la utilidad y el pragmatismo (Benedicto XVI), esto es, sustituir el aprender por el hacer (H. Arendt), se quiere suplir con el énfasis en los valores. La citada disposición establece, como principios generales, para los planes de estudios de las enseñanzas universitarias: “derechos fundamentales y de igualdad entre hombres y mujeres”; “Derechos Humanos y los principios de accesibilidad universal”, y “valores propios de una cultura de paz y de valores democráticos”. Ingenuamente se cree que los valores se pueden transmitir al margen del testimonio de vida (modelos básicos para la construcción de la propia identidad) y que el éxito profesional puede llegar sin esfuerzo y dedicación, orientados por el profesor.

      Benedicto XVI apuesta por esta dimensión humanísima de la formación universitaria que demanda del profesor «comprender y querer (a los jóvenes), en quienes debéis suscitar esa sed de verdad que poseen en lo profundo y ese afán de superación. Sed para ellos estímulo y fortaleza. (…) Si verdad y bien están unidos, también lo están conocimiento y amor. De esta unidad deriva la coherencia de vida y pensamiento, la ejemplaridad que se exige a todo buen educador».

      Ambos aspectos, el más intelectual de la enseñanza y el más vivencial de la educación, se interconectan. El objetivo de toda formación digna de este nombre es el pleno desarrollo de la persona. «No se puede educar sin enseñar al mismo tiempo; una educación sin aprendizaje es vacía y por tanto con gran facilidad degenera en una retórica moral-emotiva» (H. Arendt).

      Benedicto XVI, en la vigilia de oración, por la beatificación del Cardenal Newman (18 septiembre 2010), afirmó: que «cuando un relativismo intelectual y moral amenaza con minar la base misma de nuestra sociedad, Newman nos recuerda que, como hombres y mujeres a imagen y semejanza de Dios, fuimos creados para conocer la verdad, y encontrar en esta verdad nuestra libertad última y el cumplimiento de nuestras aspiraciones humanas más profundas. En una palabra, estamos destinados a conocer a Cristo, que es “el camino, y la verdad, y la vida” (Jn 14,6)». Y, más adelante, reconocía lo arduo del ideal de defensa y vivencia de la verdad. «En nuestro tiempo, el precio que hay que pagar por la fidelidad al Evangelio ya no es ser ahorcado, descoyuntado y descuartizado, pero a menudo implica ser excluido, ridiculizado o parodiado». No es un sufrimiento estéril, forma parte de la cruz que purifica y eleva. Guardini, un gran universitario, se refería al hombre que, tras la experiencia del totalitarismo, «vuelve a comprender la inmensa fuerza liberadora que se centra en el dominio de sí mismo y cómo el sufrimiento aceptado desde dentro transforma al hombre, vuelve a saber que todo crecimiento esencial no depende sólo del trabajo, sino también de un sacrificio libremente ofrecido».
José Mª Martí Sánchez. Doctor en Derecho
AnalisisDigital.com

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Las mujeres sacerdote, el celibato y el poder de Roma

Las mujeres sacerdote, el celibato y el poder de Roma
  Os invito a leer esta entrevista al cardenal Mauro Piacenza sobre el celibato sacerdotal: "Nosotros, ante las situaciones aparentemente más desastrosas, no debemos asustarnos. El Señor, en la barca de Pedro, parece que dormía, ¡parece! Debemos actuar con energía, como si todo dependiese de nosotros pero con la paz de quien sabe que todo depende del Señor"

      El cardenal Mauro Piacenza, Prefecto de la Congregación para el Clero, raramente interviene en el debate público. Rehuye, de hecho, toda demagogia y presencialismo y es conocido como hombre de incansable y silencioso trabajo y como eficaz observador de todos los fenómenos que afectan a la cultura contemporánea.

      Extraordinariamente nos ha concedido esta entrevista sobre temas “candentes”, en un clima de cordialidad, mostrando esa creatividad pastoral que siempre aparece en un auténtico y fiel Pastor de la Iglesia.

Eminencia, con sorprendente periodicidad, desde hace varias décadas, vuelven a aparecer en el debate público algunas cuestiones eclesiales, siempre las mismas. ¿A qué se debe este fenómeno?
Siempre en la historia de la Iglesia ha habido movimientos “centrífugos” que tienden a “normalizar” la excepcionalidad del Evento de Cristo y de su Cuerpo viviente en la historia, que es la Iglesia. Una “Iglesia normalizada” perdería toda su fuerza profética, no diría nada más al hombre y al mundo y, de hecho, traicionaría a Su Señor.

La gran diferencia de la época contemporánea es doctrinal y mediática. Doctrinalmente se pretende justificar el pecado, no confiando en la misericordia, sino dejándose llevar por una peligrosa autonomía que tiene el sabor del ateísmo práctico; desde el punto de vista mediático, en las últimas décadas, las fisiológicas “fuerzas centrífugas” reciben la atención y la inoportuna amplificación de los medios de comunicación que viven, en cierta manera, de contrastes.

Se debe considerar la ordenación sacerdotal de las mujeres una “cuestión doctrinal”?
Ciertamente, como todos saben, la cuestión ya fue afrontada por Pablo VI y el Beato Juan Pablo II y éste, con la Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis de 1994, cerró definitivamente la cuestión.

De hecho afirmó: «Con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos, declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia». Algunos, justificando lo injustificable, han hablado de una “definitividad relativa” de la doctrina hasta ese momento, pero francamente esta tesis es tan inusual que carece de cualquier fundamento.

Entonces ¿no hay sitio para las mujeres en la Iglesia?
Todo lo contrario, las mujeres tienen un papel importantísimo en el Cuerpo eclesial y podrían tener otro más evidente todavía. La Iglesia fue fundada por Cristo y no podemos determinar, nosotros los hombres, su perfil, por tanto la constitución jerárquica está ligada al Sacerdocio ministerial que está reservado a los hombres. Pero, absolutamente nada, impide valorar el genio femenino en papeles que no están ligados estrechamente en el ejercicio del orden sagrado. ¿Quién impediría, por ejemplo, que una gran economista fuera la jefa de la Administración de la Sede Apostólica? ¿O que una periodista competente se convirtiera en la portavoz de la Sala Stampa Vaticana?

Los ejemplos pueden multiplicarse en todos los desempeños no vinculados con el orden sagrado. ¡Hay infinidad de tareas en las que el genio femenino podría realizar una gran contribución! Otra cosa es concebir el servicio como un poder y pretender, como hace el mundo, las “cotas” de tal poder. Considero, además, que el menosprecio del gran misterio de la maternidad, que se está realizando en esta cultura dominante, tenga un papel muy importante en la desorientación general que existe con respecto a la mujer. La ideología del beneficio ha reducido e instrumentalizado a las mujeres, no reconociendo la contribución más grande que estas, indiscutiblemente, pueden dar a la sociedad y al mundo.

La Iglesia, además, no es un Gobierno político en el que es justo reivindicar una representación adecuada. La Iglesia es otra cosa, la Iglesia es el Cuerpo de Cristo y, en ella, cada uno es miembro según lo que ha establecido Cristo. Por otra parte la Iglesia no es una cuestión de roles masculinos o femeninos sino de papeles que implican, por voluntad divina, la ordenación o no. Todo lo que puede hacer un fiel laico lo puede hacer una fiel laica. Lo importante es tener la preparación específica y la idoneidad, el ser hombre o mujer no tiene importancia.

¿Pero puede existir una participación real en la vida de la Iglesia sin atribuciones de poder efectivo y de responsabilidad?
¿Quién ha dicho que la participación en la Iglesia es una cuestión de poder? Si fuese así se cometería el gran error de concebir a la misma Iglesia no como es, divino-humana, sino simplemente como una de las muchas asociaciones humanas, quizás la más grande y noble, por su historia; y debería “administrarse” repartiéndose el poder.

¡Nada más lejos de la realidad! La jerarquía de la Iglesia, además de ser de directa institución divina, se debe entender siempre como un servicio a la comunión. Sólo un error, derivado históricamente de la experiencia de las dictaduras, podría concebir la Jerarquía eclesiástica como el ejercicio de un “poder absoluto”. ¡Qué se lo pregunten a quien está llamado a colaborar con la responsabilidad personal del Papa por la Iglesia Universal! Son tales y tantas las mediaciones, consultas, expresiones de colegialidad real que prácticamente ningún acto de gobierno es el fruto de una voluntad única, sino siempre el resultado de un largo camino, en escucha del Espíritu Santo y de la preciosa contribución de muchos.

Antes que nadie de los obispos y de las Conferencias Episcopales del mundo. La Colegialidad no es un concepto socio-político sino que deriva de la común eucaristía, del affectus que nace del alimentarse del único Pan y del vivir de la única fe; del estar unidos a Cristo: Camino, Verdad y Vida; y ¡Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre!

¿No es demasiado el poder que ostenta Roma?
Decir “Roma” significa simplemente decir “catolicidad” y “colegialidad”. Roma es la ciudad que la providencia ha elegido como lugar del Martirio de los Apóstoles Pedro y Pablo y lo que la comunión con esta Iglesia ha significado siempre en la historia: comunión con la Iglesia universal, unidad, misión y certeza doctrinal. Roma está al servicio de todas las Iglesias, ama a todas las Iglesias y, no pocas veces, protege a las Iglesias que están en dificultades por los poderes del mundo y por gobiernos que no siempre son plenamente respetuosos con el imprescindible derecho humano y natural que es la libertad religiosa.

La Iglesia debe ser considerada a partir de la Constitución dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II, incluida obviamente la Nota previa al Documento. Allí está descrita la Iglesia de los orígenes, la Iglesia de los Padres, la Iglesia de todos los siglos, que es nuestra Iglesia de hoy, sin discontinuidad; que es la Iglesia de Cristo. Roma está llamada a presidir en la Caridad y en la Verdad, únicas fuentes reales de la auténtica Paz cristiana. La unidad de la Iglesia no es el compromiso con el mundo y su mentalidad, sino, el resultado, dado por Cristo, de nuestra fidelidad a la verdad y de la caridad que seremos capaces de vivir.

Me parece indicativo, a este respecto, el hecho de que hoy sólo la Iglesia, como nadie, defiende al hombre y su razón, su capacidad de conocer la realidad y entrar en relación con esto, en resumen, al hombre en su integralidad. Roma está al pleno servicio de la Iglesia de Dios que está en el mundo y que es “una ventana abierta” al mundo. Ventana que da voz a todos los que no la tienen, que llama a todos a una continua conversión y por esto contribuye, a menudo en el silencio y con sufrimiento, pagando por su parte, a veces en impopularidad, a la construcción de un mundo mejor, a la civilización del amor.

Este papel de Roma ¿no obstaculiza la unidad y el ecumenismo?
Ni siquiera lo que se presupone. El ecumenismo es una prioridad en la vida de la Iglesia y una exigencia absoluta que proviene de la misma oración del Señor: “Ut unum sint”, que se convierte para todo cristiano en un “mandamiento de la unidad”. En la oración sincera y en el espíritu de continua conversión interior, en la fidelidad a la propia identidad y en la común tensión de la perfecta caridad dada por Dios, es necesario comprometerse con convicción para que no haya contratiempos en el camino del movimiento ecuménico.

El mundo necesita nuestra unidad; y por tanto es urgente continuar comprometiéndonos en el diálogo de la fe con todos los hermanos cristianos, para que Cristo sea la levadura de nuestra sociedad. Y también es urgente comprometerse con los no cristianos, es decir en el diálogo intercultural para contribuir unidos a edificar un mundo mejor, colaborando en las obras de bien y para que una sociedad nueva y más humana sea posible. Roma, también en esta tarea, tiene un papel de propulsión único. No hay tiempo para dividirnos, el tiempo y las energías deben ser empleadas en unirnos.

En esta Iglesia, ¿quiénes son y qué papel tienen los sacerdotes de hoy?
¡No son ni asistentes sociales ni funcionarios de Dios! La crisis de identidad es mayormente aguda en los contextos más secularizados, en los que parece que no hay sitio para Dios. Los sacerdotes, sin embargo, son los de siempre; son los de siempre; ¡son lo que cristo ha querido que sean! La identidad sacerdotal es cristocéntrica y por tanto eucarística.

Cristocéntrica porque, como ha recordado tantas veces el Santo Padre, en el sacerdocio ministerial, “Cristo nos atrae dentro de Sí”, implicándose con nosotros e implicándonos en su misma Existencia. Tal atracción “real” sucede sacramentalmente, por tanto de manera objetiva e insuperable, en la Eucaristía de la que los sacerdotes son ministros, es decir siervos e instrumentos eficaces.

¿Es tan insuperable la ley sobre el celibato? ¿Verdaderamente no se puede cambiar?
¡No se trata de una simple ley! La ley es consecuencia de una muy alta realidad que se toma sólo en la relación vital con Cristo. Jesús dice: “quien pueda entender que entienda”. El sagrado celibato no se supera nunca, es siempre nuevo, en el sentido de que a través de esto, la vida del sacerdote se “renueva”, porque se da siempre, en una fidelidad que tiene en Dios, su propia raíz y en el florecer de la libertad humana, el propio fruto.

El verdadero drama está en la incapacidad contemporánea de realizar las elecciones definitivas, en la dramática reducción de la libertad humana que se ha convertido en algo tan frágil que no persigue el bien ni siquiera cuando se reconoce y se intuye como posibilidad para la propia existencia. El celibato no es el problema, ni pueden constituir, las infidelidades y la debilidad de tales sacerdotes, un criterio de juicio.

Por lo demás las estadísticas nos dicen que más del 40% de los matrimonios fracasan. Entre los sacerdotes estamos en menos del 2%, por tanto la solución no está, para nada, en la opcionalidad del sagrado celibato. ¿No será, quizás, que se deba dejar de interpretar la libertad como “ausencia de vínculos” y de definitividad, e iniciar a redescubrir que en la definitividad del don al otro y a Dios consiste la verdadera realización y felicidad humana?

¿Y las vocaciones? ¿No aumentarían si se aboliera el celibato?
¡No! Las confesiones cristianas, donde no existiendo el sacerdocio ordenado no existe la doctrina y la disciplina del celibato, se encuentran en un estado de profunda crisis con respecto a las “vocaciones” de guía de la comunidad. De la misma manera que hay crisis del sacramento del matrimonio uno e indisoluble.

La crisis, de la que, en realidad, se está saliendo lentamente, está ligada, fundamentalmente, con la crisis de la fe en Occidente. A lo que hay que comprometerse es a hacer crecer la fe. Este es el punto. En los mismos ambientes está en crisis la santificación de la fiesta, está en crisis la confesión, está en crisis el matrimonio etc... La secularización y la consiguiente pérdida del sentido de lo sagrado, de la fe y de su práctica, han determinado y determinan también una importante disminución del número de los candidatos al sacerdocio.

A estas razones teológicas y eclesiales, se añaden algunas de carácter sociológico: la primera de todas ha sido la notable disminución de la natalidad, con la consiguiente disminución de los jóvenes y de las jóvenes vocaciones, También esto es un factor que no se puede ignorar. Todo está relacionado. Quizás se colocan premisas y después no se quieren aceptar las consecuencias pero estas son inevitables.

El primer e irrenunciable remedio de la disminución de las vocaciones, lo sugirió el mismo Jesús: “Rezad, por tanto, al dueño de la mies, para que mande obreros a su mies” (Mt 9,38). Este es el realismo de la pastoral de las vocaciones. La oración por las vocaciones, una intensa, universal, dilatada red de oración y de Adoración Eucarística que implique a todo el mundo, es la verdadera y única respuesta posible a la crisis de la respuesta a las vocaciones. Allí donde tal comportamiento orante se vive de forma establecida, se puede afirmar que se lleva a cabo una recuperación real.

Es fundamental, además atender la identidad y la especificidad en la vida eclesial, de sacerdotes, religiosos —estos en la peculiaridad de los carismas fundacionales de los mismos Institutos de pertenencia— y fieles laicos, para que cada uno pueda, de verdad y en libertad, comprender y acoger la vocación que Dios ha pensado para él. Pero cada uno debe ser uno mismo y cada día debe comprometerse siempre en convertirse en lo que es.

Eminencia, en este momento histórico, si debiese decir una palabra para resumir la situación general ¿qué diría?
Nuestro programa no puede ser influenciado por querer estar por encima a toda costa, de querernos sentir aplaudidos por la opinión pública: nosotros debemos sólo servir por amor y con amor a nuestro Dios en nuestro prójimo, quienquiera que sea, conscientes de que el Salvador es sólo Jesús. Nosotros debemos dejarlo pasar, dejarlo hablar, dejarlo actuar a través de nuestras pobres personas y de nuestro compromiso cotidiano. Nosotros debemos poner el “nuestro” pero también el “suyo”. Nosotros, ante las situaciones aparentemente más desastrosas, no debemos asustarnos. El Señor, en la barca de Pedro, parece que dormía, ¡parece! Debemos actuar con energía, como si todo dependiese de nosotros pero con la paz de quien sabe que todo depende del Señor.

Por tanto debemos recordar que ¡el nombre del amor, en el tiempo es “fidelidad”! El creyente sabe que Él es el Camino, la Verdad y la Vida y no es “un” camino, “una” verdad, “una” vida. Por tanto, la valentía de la verdad a costa de recibir insultos y desprecio es la clave de la misión en nuestra sociedad; es este coraje el que se une con el amor, con la caridad pastoral, que debe ser recuperado y que hace fascinante hoy más que nunca la vocación cristiana. Quería citar el programa que sintéticamente formuló en Stuttgart el Consejo de la Iglesia Evangélica en 1945: “Anunciar con más valentía, rezar con más confianza, creer con más alegría, amar con más pasión”.

ZENIT.org (Entrevista de Antonio Gaspari) / Almudí
[Traducción del italiano por Carmen Álvarez]

martes, 20 de septiembre de 2011

Benedicto XVI explica en la TV pública alemana cómo llegar a Dios


Benedicto XVI explica en la TV pública alemana cómo llegar a Dios
Benedicto XVI en vísperas de su Visita Apostólica a Alemania: "Que acompañéis los días de mi viaje con la oración y que en el Señor redescubramos la belleza y la frescura de la fe y la podamos dar a nuestros semejantes como testigos de esperanza y orientación para el futuro"


En una intervención en la televisión pública alemana ARDBenedicto XVI explicó que en su próxima visita a Alemania tratará de impulsar la capacidad de percepción de Dios y mostró ya algunas maneras de llegar a Dios.

      En su intervención, emitida el sábado al anochecer y grabada unos días antes en Castel Gandolfo, el Papa destacó que este próximo viaje «no es turismo religioso ni mucho menos un show», sino que «debería tratarse del hecho de que Dios vuelva a nuestro horizonte, este Dios tan a menudo totalmente ausente, a quien sin embargo necesitamos tanto».
      «Quizás me preguntaréis: “¿Pero Dios, existe? Y si existe, ¿se ocupa verdaderamente de nosotros? ¿Podemos nosotros llegar hasta Él?”», planteó.
      Y respondió: «Sí, es verdad: no podemos poner a Dios sobre la mesa, no podemos tocarlo como un utensilio o tomarlo en la mano como un objeto cualquiera».
      Según el Pontífice, «debemos desarrollar de nuevo la capacidad de percepción de Dios, capacidad que existe en nosotros».
      En su intervención para Wort zum Sonntag, explicó ya algunas maneras para llegar a Dios.

Intuir, escuchar y casi ver a Dios
      «Podemos intuir algo de la grandeza de Dios en la grandeza del cosmos —explicó—. Podemos utilizar el mundo a través de la técnica porque éste está construido de manera racional».
      «En la gran racionalidad del mundo podemos intuir el espíritu del creador del cual proviene, y en la belleza de la creación podemos intuir algo de la belleza, de la grandeza y también de la bondad de Dios», añadió.
      Prosiguió indicando que «en la Palabra de las Sagradas Escrituras podemos escuchar palabras de vida eterna que no vienen simplemente de los hombres, sino que vienen de Él, y en ellas escuchamos su voz».
      «Y finalmente, vemos casi a Dios también en el encuentro con las personas que han sido tocadas por Él», destacó.
      «No pienso sólo en los grandes: desde Pablo a la Madre Teresa pasando por Francisco de Asís; sino que pienso en tantas personas sencillas de las que nadie habla —añadió—. Sin embargo, cuando nos encontramos con ellos, de ellas emana algo de bondad, sinceridad, alegría y sabemos que ahí está Dios y que Él nos toca también a nosotros».
      «Por eso, en estos días queremos empeñarnos en volver a ver a Dios, para volver nosotros mismos a ser personas por las que entre en el mundo una luz de la esperanza, que es luz que viene de Dios y que nos ayuda a vivir», dijo a sus connacionales.

Grandes momentos de la visita
      Benedicto XVI empezó su mensaje afirmando: «Dentro de pocos días partiré para mi viaje a Alemania, y estoy muy contento de ello».
      A continuación destacó algunos momentos previstos durante su visita a su país natal, del 22 al 25 de septiembre.
      «Pienso con alegría particularmente en Berlín, donde habrá muchos encuentros, y, naturalmente, en el discurso que mantendré en el Bundestag y en la gran Misa que podremos celebrar en el estadio olímpico», confesó.
      «Uno de los momentos más importantes de la visita será Erfurt: en ese monasterio agustiniano, en esa iglesia agustiniana, donde Lutero inició su camino, podré encontrarme con los representantes de la Iglesia Evangélica de Alemania», continuó.
      «Allí rezaremos juntos, escucharemos la Palabra de Dios, pensaremos y hablaremos juntos», dijo ante las cámaras.
      «No esperamos ningún evento sensacional: de hecho, la verdadera grandeza del evento consiste precisamente en esto, en que en este lugar juntos podamos pensar, escuchar la Palabra de Dios y rezar, y así estaremos íntimamente cerca y se manifestará un verdadero ecumenismo», declaró.
      Prosiguió indicando que «algo particular es para mí el encuentro en Eichsfeld, esta pequeña franja de tierra que, aun pasando a través de todas las peripecias de la historia, ha permanecido católica».
      Y se refirió a su visita «al Sudoeste de Alemania, con Frigurgo, la gran ciudad, con muchos encuentros que se desarrollarán allí, sobre todo la vigilia con los jóvenes y la gran Misa que clausurará el viaje».

Ángelus
      También mostró esta ilusión por su viaje y por reunirse con muchas personas durante su visita a Alemania, hoy tras el rezo del Ángelus en Castel Gandolfo, al saludar a los visitantes de lengua alemana.
      En ese momento, pidió «que acompañéis los días de mi viaje con la oración y que en el Señor redescubramos la belleza y la frescura de la fe y la podamos dar a nuestros semejantes como testigos de esperanza y orientación para el futuro».

Almudí

lunes, 19 de septiembre de 2011

La educación de la sensibilidad

La educación de la sensibilidad
   El gusto se puede educar, se puede afinar y puede crecer. Hay que desarrollar la capacidad de captar la belleza sin forzar el gusto. Nos tiene que gustar de verdad. Es necesario educar nuestros sentimientos, de manera que sintonicen con mayor facilidad con las cosas bellas

      El “me gusta” es la base de todo y no se puede sustituir por ninguna otra consideración. En la educación estética, se parte del “me gusta” y se llega al “me gusta”. Y no sirve de gran cosa lo que les pase a otros. Es síntoma de papanatismo y falta de personalidad simular la admiración propia sólo porque “otros” dicen que es muy bueno. No hay que dejarse tiranizar por los entendidos y los especialistas que, a veces, dictaminan sin la menor consideración por el público o por criterios que le son extraños, moda o movimientos comerciales. El primer paso para la educación del gusto es la sinceridad: hay que estar seguros de lo que nos gusta. Y ser claros.

      Pero el gusto se puede educar, se puede afinar y puede crecer. Hay que desarrollar la capacidad de captar la belleza sin forzar el gusto. Nos tiene que gustar de verdad. Es necesario educar nuestros sentimientos, de manera que sintonicen con mayor facilidad con las cosas bellas.

      Se pueden dar cuatro consejos para desarrollar la sensibilidad estética:
          a) tratar con lo bueno;
          b) aumentar la cultura artística;
          c) elegir con libertad y seleccionar;
          d) frecuentar.

a) Tratar con lo bueno
      «Los gustos —como decía Graciánse pegan». Conviene mostrar interés por aquellas obras de arte que ya están consagradas. Pero como hemos repetido, no es necesario forzar el gusto.
      Además, en casi todas las artes, es necesaria una cierta iniciación. Hay que tener paciencia hasta que nos acostumbremos al modo de ser que tienen. La música clásica, por ejemplo, necesita iniciación para que guste. Al principio puede hacerse más dura. Por eso, conviene preguntar, si se tiene oportunidad, qué artista resulta más fácil y más ameno. No hay por qué convertirlo en un suplicio. Tiene que ser un gozo y un descanso.
      En el caso de la música clásica, por ejemplo, es sabido que Tchaikovski es un autor más fácil para comenzar, por la belleza y brillantez de sus obras sinfónicas.

b) Aumentar la cultura artística
      La experiencia estética propiamente no depende de lo que sabemos. Pero lo que podemos saber del contexto histórico y de las técnicas del arte nos ayuda a valorar la obra. Por eso, puede ser conveniente leer alguna historia del arte; las hay excelentes; sin embargo, no hay que olvidar que la experiencia estética es propiamente la contemplación de conjunto, no el despiece analítico.
      En este sentido, puede confundir la bienintencionada labor que, a veces, realizan los o las guías de los museos. Con objeto de entretener al público y de hacerles más llevadera la visita, cuentan anécdotas históricas de dudosa autenticidad y hacen fijarse al público en detalles pintorescos, que quizá habrían causado la desesperación del artista. Todo lo que sea fijar la atención en una minucia no tiene nada que ver con la contemplación del arte. La contemplación exige siempre ponerse frente a la obra entera, tal como es.

      También hay que tener cuidado con los comentarios de los críticos, que podemos encontrar en los catálogos de una exposición o en los artículos semanales de un dominical. El arte es un terreno muy subjetivo y está inflado por la política cultural. Hay una técnica para hablar de las cosas artísticas que no es más que palabrería hueca, sin ninguna substancia. No hay que olvidar la dificultad enorme que tiene lo estético para ser expresado. Cuando alguien se siente en condiciones de hablar demasiado de lo que quería expresar un autor o de lo que contiene una obra, es señal de que dice más de lo que honradamente se puede decir. Son de agradecer los comentarios breves y juiciosos sobre el contexto histórico, datos biográficos o referencias sobre la técnica artística. Lo que pasa de aquí, suele ser incierto. Y no digamos nada si se intenta penetrar en la “psicología profunda” del autor.

      En sus famosas Cartas a un joven poeta, Rilke aconsejaba: «Lea lo menos que pueda de cosas estético-críticas: o son opiniones partidistas, petrificadas y vaciadas de sentido en su endurecimiento contra la vida, o son hábiles juegos de palabras, en que hoy se saca una opinión y mañana la opuesta. Las obras de arte son de una infinita soledad, y con nada se pueden alcanzar menos que con la crítica. Sólo el amor puede captarlas y retenerlas y sólo él puede tener razón frente a ellas»[1].

      El análisis puede ser un momento de la experiencia estética, pero lo central es la síntesis, la contemplación y el “es bonito, me gusta” que surge.

c) Elegir con libertad y seleccionar
      Es lógico que, a medida que vayamos conociendo obras de arte, haya algunas que nos llamen más la atención y otras menos. No nos debe preocupar. Significa que tenemos gustos personales. En eso se manifiesta también nuestra libertad. No tiene por qué gustarnos lo que a todos les gusta y mucho menos lo que impone la moda artística, que suele ser ficticia y efímera.
      La oferta artística es tan inmensa, que no nos puede interesar todo. Hay que seleccionar, hay que especializarse, hay que elegir. Podemos tener preferencias, tanto en las artes que cultivamos como en las épocas o artistas que nos interesan más. Así es más fácil conocerlos mejor.

d) Frecuentar
      Una característica de las cosas buenas es que no cansan. Al contrario, crean afición. Así sucede con las grandes obras musicales y con la pintura y con la arquitectura y en general con todas las artes. El buen sabor que nos ha dejado una obra de arte, se acrecienta cuando la volvemos a ver. Cuando una obra nos ha gustado, hay que volver a contemplarla. Y es mejor ver una misma obra muchas veces, que ver muchas o ver la misma durante mucho rato.

      Cuando entramos en un museo por primera vez, podemos hacer un recorrido general, para localizar lo que nos interesa. Pero es absurdo crearse la obligación de ver siempre, sistemáticamente y con la misma intensidad, todo lo que hay en él. Con eso sólo se logra alcanzar una impresión confusa de todo. La primera vez basta una mirada general y un breve reposo en unas pocas obras que nos hayan llamado la atención. La próxima vez que la veamos, quizá tengamos más contexto y la veamos con mayor agrado. Estas “amistades” que se crean en los museos se disfrutan a lo largo de la vida y desarrollan el gusto. «Hay en Salamanca —recuerda Unamunouna hermosa ‘Concepción’ de Ribera, y tantas veces la he visto, y con tanta calma cada vez, que me la sé de memoria y la he sacado casi todo el fruto que pudiera, y en cambio recuerdo mi paso a la carga por una de las más ricas pinacotecas de Italia, de la que no conservo imagen alguna precisa y clara»[2].

      El ideal humano no es el del esteticista, que vive a la caza indiscriminada de experiencias de belleza, acumulándolas sin orden en su vida. Pero no sería plenamente humano quien no supiera vibrar y emocionarse con las cosas bellas: quien no apreciara el esplendor de un paisaje y la fuerza expresiva de un buen retrato, la dulzura de una melodía y la delicadeza de un paso de ballet, el eco vibrante de la palabra poética y el vigor plástico de una prueba de atletismo. Las cosas bellas existen para ser admiradas y amadas; y reclaman de nosotros esa respuesta. Esto forma parte de lo que es la humanidad y las humanidades. «Tres cosas hacen un prodigio —dice Gracián—: ingenio fecundo, juicio profundo y gusto relevante»[3]. Y un antiguo proverbio estético reza: «vel strangulari pulchio de ligno iuvat»: «Hasta para ser ahorcado, ayuda que el árbol sea bello». Siempre que se pueda, belleza en todo. Esta es la opción por la belleza. No por el sibaritismo, sino por el orden, la armonía, la perfección y la maestría.

Juan Luis Lorda
(Extracto del capítulo “La opción por la belleza” del libro Humanismo. Los bienes invisibles, Rialp, Madrid 2009, pp. 92-97).
    [1] R.M. Rilke, Cartas a un joven poeta, Alianza, 1990 (6a), 39
    [2] M. de Unamuno, La dignidad humana, Madrid 1962 (5a), 109.
    [3] B. Gracián, Oráculo Manual, 298, en Obras Completas, Aguilar 1960.

UnivForum.org / Almudí

viernes, 16 de septiembre de 2011

Entre la laicidad positiva y el laicismo arcaico

Entre la laicidad positiva y el laicismo arcaico
La separación Iglesia-Estado es positiva. Según Benedicto XVI, esa distinción y mutua autonomía son "respetadas y reconocidas por la Iglesia, que se alegra de ellas considerándolas un gran progreso para la humanidad"

      La confusión de términos lleva a la confusión de ideas, como se vio en torno a las protesta contra la visita de Benedicto XVI. Muchos organizadores y parte de la prensa las llamaron "manifestaciones laicas" cuando el término correcto es "laicistas" pues incluían ofensas a las creencias de otros. El verdadero talante "laico" no es hostil a ninguna religión. En ese sentido, el "laicismo" es poco "laico" ya que se obsesiona contra las creencias de los demás. Igual que la deriva patológica de la "nacionalidad" es el "nacionalismo", la versión patológica de la "laicidad" es el "laicismo". Su extremo opuesto es el "clericalismo", que intenta mangonear la vida civil y no entiende que el no creer "laico" es tan respetable como cualquier creencia.

      En nuestra época, la gran mayoría de los Estados, incluida España, son "laicos" o "aconfesionales", pues no establecen ninguna religión oficial, a diferencia de lo que fue moneda corriente durante siglos y continúa en muchos países islámicos. Pero hay también Estados confesionales en Europa: el Reino Unido (anglicano), los cuatro países nórdicos (protestantes), y Grecia (ortodoxa). Excepto Grecia, todos practican una exquisita tolerancia con las demás religiones.

      La separación Iglesia-Estado es positiva. Según Benedicto XVI, esa distinción y mutua autonomía son «respetadas y reconocidas por la Iglesia, que se alegra de ellas considerándolas un gran progreso para la humanidad». Esa ruptura, en su día revolucionaria, la promovió Jesucristo —«dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»—. Durante tres siglos, los cristianos fueron perseguidos por un delito oficial de "ateísmo": no dar culto al emperador.

      Para entender el sentido del lenguaje religioso en la vida pública es necesario ir, por un momento, al origen. Los términos "laico" o "clérigo" reflejan la diferencia marcada por la ordenación sacerdotal. A su vez, la dicotomía entre "seglar" y "religioso" se refiere a la actitud frente al mundo: vivir plenamente en él o apartarse de sus peligros. Entre los religiosos hay laicos, llamados "hermanos", como los Maristas; y también clérigos, llamados "padres", como los Dominicos.

      En su visita de 2008 a París, Benedicto XVI manifestó ante el presidente Sarkozy que «es fundamental insistir en la distinción entre el ámbito político y el religioso para tutelar tanto la libertad religiosa de los ciudadanos como la responsabilidad del Estado ante ellos». El Papa elogió al presidente galo por «la hermosa expresión de "laicidad positiva" que usted ha utilizado para calificar esta comprensión más abierta».

      Benedicto XVI insistió en la independencia recíproca y, a la vez, la complementariedad de papeles de la Iglesia y del Estado para promover el bien común. La Iglesia no quiere privilegios sino respeto a la libertad religiosa, que se debe reconocer a todas las religiones. En abril del 2008, en la ONU, Benedicto XVI precisó que «la plena garantía de la libertad religiosa no se limita al libre ejercicio del culto. Debe tenerse en justa consideración la dimensión pública de las religiones, y la participación de los creyentes en la construcción del orden social». Igualdad para todos. Y respeto.

Juan Vicente Boo 
 ABC / Almudí

jueves, 15 de septiembre de 2011

MEDICINAS PARA LA CRISIS

Medicinas para la crisis
La avaricia, el consumismo y el individualismo son el trípode que explica la génesis de la crisis, y no sólo por parte de voraces e inmorales especialistas financieros

      La crisis económica y laboral que padecemos deja muchas heridas. Se admite que hay un origen ético en la crisis, pero parece que basta con decirlo para resolver la cuestión, sin medidas o planteamientos éticos que revisen modos de hacer laborales y sociales. Es asombroso, pero así somos: lo asumimos, pero no cambiamos.

      Muchas personas sufren, todos sufrimos por la crisis, en mayor o menor medida, en nuestra carne o en la de personas muy próximas. Sin embargo, seguimos pensando que la tensión —o el pánico casi diario en las Bolsas, la situación de Grecia, los reajustes laborales en nuestras Administraciones Públicas— se aliviará por obra y magia de las elecciones del 20-N, o por nuevas medidas del Banco Central Europeo, o por decisiones firmes de la firme Angela Merkel.

      Por supuesto que algunos de esos acontecimientos pueden contribuir, pero ninguna de esas soluciones alude a la raíz ética de la crisis. La avaricia, el consumismo y el individualismo son el trípode que explica la génesis de la crisis, y no sólo por parte de voraces e inmorales especialistas financieros. No sólo han especulado ellos. 

      Rigoberto, un francés de Reims, ya en el siglo VIII destacaba tres actitudes éticas, que bien pueden servir ahora: el valor para cambiar lo que pueda cambiarse, la serenidad para aceptar lo que no pueda cambiarse y la sabiduría para distinguir lo uno de lo otro. 

      Hace falta valor para ser emprendedor, negar caprichos continuos a los hijos o adaptar número de vehículos y viajes a lo razonable. Pocos reconocen que han de tener el valor de cambiar, y es el primer paso. Al menos un amigo me reconocía que ahora ha de trabajar el triple para ganar lo que ganaba antes de la crisis: tal vez no es preciso trabajar tantas horas, porque tampoco es necesario ingresar tanto. Yo sigo viendo muchos veinteañeros en su coche o el de sus padres, en vez de compartir o de utilizar el transporte público: puede no significar nada o puede ser un botón de muestra. ¿Han de cambiar ellos o más bien sus padres que siguen como si nada pasara?

      Puede ser una ventaja la brevedad de estas líneas, para que cada uno pueda ahondar por su cuenta en las causas éticas —avaricia, consumismo e individualismo— y los remedios —valor, paciencia y sabiduría—. Remedios personales en un mundo global.

Javier ArnalEl Mundo – Castellón / Almudí

miércoles, 14 de septiembre de 2011

El Prelado del Opus Dei pide confesores disponibles, con confesionarios «con la luz verde»

   La confesión es una “mano tendida” hacia la conversión y la Eucaristía es el sello de la “amistad inigualable” con Jesús. Es lo que dijo en una entrevista con ZENIT, monseñor Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei.

    Sobre el misterio de la Eucaristía y no sólo de esto, monseñor Echevarría ha publicado el libro “Vivir la Santa Misa” (Ediciones Ares).

- ¿Por qué la Eucaristía es “el centro y la raíz de la vida de todo cristiano?
- Poner la Eucaristía en el centro de la vida cristiana significa poner a Jesús en el corazón de todo. En la Eucaristía estamos llamados a entrar en el amor trinitario. Haciendo de la Santa Misa el centro de nuestra vida interior, nos unimos a Jesús y en Él a toda la Iglesia, a todos los hombres.

    Era la continua enseñanza de San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, que decía: “Si en el centro de tus pensamientos y de tus esperanzas está el tabernáculo ¡cómo de abundantes serán, hijo mío, los frutos de santidad y de apostolado!”. Jesús Eucarístico es el culmen del don de Sí a la humanidad, por tanto, si nos identificamos con Él, nos transmitirá la misma voluntad de incrementar el don de nosotros mismos y nuestro servicio a los demás.

- ¿Cuánto importa, en el carisma del Opus Dei, la práctica de la Confesión y de la Eucaristía?
- En el espíritu del Opus Dei, los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía importan lo que importan en la Iglesia: como todos los cristianos, intentamos ser personas penitentes y eucarísticas, con una práctica frecuente de la Confesión y la participación diaria en la Santa Misa.

    El Sacramento de la Reconciliación está profundamente ligado a la Eucaristía. La Confesión presupone la conciencia de ser pecadores, con fe en la misericordia divina. Jesús nos purifica en su Sangre derramada en la Cruz por nosotros, para que el cristiano pueda participar con más fidelidad en el Sacrificio del Calvario que se hace presente cada día en la Santa Misa.

    Ambos Sacramentos colman el alma de alegría y de paz, como el buen ladrón, viendo con sus ojos a Jesús en el Calvario, se sintió impelido a reconocer sus pecados movido por la contrición y así encontró la salvación eterna.

    Insisto, la Confesión importa muchísimo en la vida del cristiano, porque es un sacramento de alegría y es puerta de acceso a la paz y a la felicidad que están dentro de la Eucaristía.

- Está en marcha el Congreso Eucarístico Nacional. ¿Qué sugerencias haría para que la práctica de la Confesión y de la Comunión fuera más intensa y generalizada?
- La Iglesia enseña desde siempre que en el tabernáculo se encuentra la fortaleza, el refugio más seguro contra los temores y la inquietudes. No basta que cada uno de nosotros, individualmente, busque y encuentre al Señor en la Eucaristía; debemos conseguir “contagiar” con nuestro testimonio al máximo de personas posible, para que también estas contemplen y descubran esta amistad inigualable.

    La comunión espiritual es una gran ayuda en la preparación para la comunión eucarística. Para ser hombres y mujeres conscientes de nuestra filiación divina debemos frecuentar a Cristo cada vez más, recibiéndolo, si podemos, cada día.

    En cuanto a la Penitencia, considero que es muy importante la disponibilidad generosa de los sacerdotes a la escucha de las confesiones: un confesor disponible, un confesionario “con la luz verde”, es una mano tendida hacia la conversión.

    Sobre este punto, Benedicto XVI nos sugirió recientemente “seguir el ejemplo de los grandes Santos de la historia, desde San Juan María Vianney a San Juan Bosco, desde San Josemaría Escrivá a San Pío de Pietrelcina, desde San José Cafasso a San Lepoldo Mandić” (Discurso a los participantes en el curso organizado por la Penitenciaría Apostólica, 2011).
 
Religión en Libertad

martes, 13 de septiembre de 2011

Sanar la democracia desde la ética

Sanar la democracia desde la ética
El único arreglo es ético, un baño de ética, un conjunto de valientes que prefiera la verdad, la honradez, los ideales, la generosidad, la búsqueda real del bien común en lugar de un acomodo personal y de los cercanos

      Que nadie espere inclinación alguna por la política partidista. Solo intento reflexionar, desde la doctrina social de la Iglesia, sobre un tema que constituye nuestra tercera inquietud en cada encuesta del CIS. Efectivamente, la política, o mejor dicho, los políticos son una cuestión preocupante para muchos españoles. Se podría hablar de la mediocridad de bastantes de los dedicados a esta noble tarea. Tampoco lo trataré específicamente, aunque tenga buena relación con nuestro problema. 

      La política está enferma por muchos factores. El citado casi solo sería la consecuencia del resto. Muchos no quieren dedicarse a la cosa pública por su más que regular desprestigio. ¿De dónde viene esa minusvaloración? Han acaecido demasiadas cosas conducentes a ello: compra de votos, falta de ideales, programas para ganar —en lugar de ser un plan realizable— y fabricados a golpe de encuestas, carencia de convicciones que conduce a la superficialidad ajena a la situación, pelotazos urbanísticos y de otros tipos, compra de influencias. En definitiva, codicia y mentira, corrupción. 

      Me parece obvio su imposible regeneración ni con una ley electoral, ni con la supresión de las diputaciones o disminuyendo municipios. Puede que algo de eso sea necesario, pero tampoco es mi terreno. El único arreglo es ético, un baño de ética, un conjunto de valientes que prefiera la verdad, la honradez, los ideales, la generosidad, la búsqueda real del bien común en lugar de un acomodo personal y de los cercanos. Tal vez nos ayude la presencia del Papa. 

      Al final del famoso discurso de Benedicto XVI en Ratisbona, luego de referirse a las patologías en el diálogo fe-ciencia o fe-razón, concluía que Occidente está, desde hace tiempo, amenazado por la aversión contra los interrogantes fundamentales de su razón, lo que sólo puede suponer una gran pérdida. La valentía para abrirse a la amplitud de la razón, evitando la negación de su grandeza, es el programa para que una teología comprometida con la fe bíblica entre en el debate de nuestro tiempo. Atención que apunta a la teología, para añadir unas palabras con las que Manuel II se dirigía a su interlocutor persa: «no actuar con la razón, no actuar con el logos, es contrario a la naturaleza de Dios». Y finalizaba: En el diálogo de las culturas, invitamos a nuestros interlocutores a este gran logos, a esta amplitud de la razón. Redescubrirla nosotros mismos constantemente es la tarea de la universidad. 

      No es frecuente ese talante universitario que busca la sabiduría, con afán de verdad, que reconoce los propios yerros, que busca la grandeza de la razón para servir, para encontrar una sociedad mejor, que no camina tras el utilitarismo como única ciencia. Habrá quien se interrogue: ¿Y los no católicos? Unos y otros pueden escucharse mutuamente desde esa racionalidad, con altura de miras, sin que nadie desprecie cuanto ignora. No es que lo políticos hayan de ser teólogos o metafísicos, pero si pueden rodearse de sabios y no sólo de asesores de imagen y márquetin. 

      Con respecto a la escucha de la religión por parte de la política, podemos hacer resonar unas palabras del Pontífice en Westmister Hall. Socráticamente preguntó: ¿qué exigencias pueden imponer los gobiernos a los ciudadanos de manera razonable? ¿Qué alcance deben tener? ¿En nombre de qué autoridad pueden resolverse los dilemas morales? En definitiva, ¿dónde se encuentra la fundamentación ética de las decisiones políticas? Hay que reconocer que los interrogantes tienen mucho calado, porque no basta la respuesta simple del parecer de la mayoría. Si ese es su soporte, hemos topado con la mayor vía de agua del sistema democrático. No es fácil la solución, pero la historia demuestra la inutilidad de la receta para evitar el nazismo, o para impedir la bomba atómica arrojada sobre Hiroshima y Nagasaki. Se precisa algo más. 

      Ese plus, sin imposición de ningún género, es el que ofrecería el Sumo Pontífice a los parlamentarios ingleses: la tradición católica mantiene que las normas objetivas para una acción justa de gobierno son accesibles a la razón, prescindiendo del contenido de la revelación. El papel de la religión en el debate político no es tanto proporcionar estas normas, como si no pudieran conocerlas los no creyentes. Menos aún proponer soluciones políticas concretas, algo totalmente fuera de la competencia de la religión. Su papel consiste, más bien, en ayudar a purificar e iluminar la aplicación de la razón al descubrimiento de principios morales objetivos. Ese papel no siempre ha sido bien recibido a causa del sectarismo y el fundamentalismo de unos y otros, distorsiones que también surgen cuando no se presta atención al papel purificador y vertebrador de la razón frente a la religión. 

      Estamos entrando en lo más íntimo del ser humano, pero es ahí donde han de sanar la política y los políticos. «¡Parece mentira que se pueda ser tan feliz en este mundo donde muchos se empeñan en vivir tristes, porque corren tras su egoísmo, como si todo se acabara aquí abajo! –No me seas tú de ésos..., ¡rectifica en cada instante!» (Surco, 296). De cara a la eternidad, es más fácil. Pero todos podemos curarnos.

Pablo Cabellos LlorenteLas Provincias / Almudí