sábado, 1 de octubre de 2011

Declaración de la Santa Sede en la ONU sobre los desafíos actuales

Declaración de la Santa Sede en la ONU sobre los desafíos actuales

Os presento a continuación el discurso que pronunció este martes monseñor Dominique Mamberti, secretario para las Relaciones de la Santa Sede con los Estados, en la 66ª sesión de la Asamblea General de la ONU.

      Señor presidente:
      En nombre de la Santa Sede, tengo el placer de felicitarle por su elección a la Presidencia de la LXVI sesión de la Asamblea General de la ONU, y de asegurarle la plena y sincera colaboración de la Santa Sede. Mis felicitaciones se extienden también al Secretario General, S.E. Señor Ban Ki-moon, quien, durante este periodo de sesiones, el 1 de enero de 2012, comenzará su segundo mandato. Quisiera igualmente saludar cordialmente a la Delegación del Sudán del Sur, convertido en el 193º país miembro de la Organización el pasado julio.

      Señor presidente:
      Como cada año, el debate general ofrece la ocasión de compartir y de afrontar las principales cuestiones que preocupan a la humanidad en búsqueda de un futuro mejor para todos. Los desafíos planteados a la comunidad internacional son numerosos y difíciles. Con todo, ponen cada vez más a la luz la profunda interdependencia existente dentro de la “familia de las naciones”, que ve en la ONU un instrumento importante, a pesar de sus límites, en la identificación y la aplicación de las soluciones a los principales problemas internacionales. En este contexto, sin querer ser exhaustivo, mi Delegación quiere detenerse sobre los desafíos prioritarios, para que el concepto de “familia de las naciones” se concrete cada vez más.

      El primer desafío es de orden humanitario. Interpela a toda la comunidad internacional, o mejor, a la “familia de las naciones”, a cuidar de sus miembros más débiles. En ciertas partes del mundo, como en el Cuerno de África, estamos por desgracia en presencia de emergencias humanitarias graves y dramáticas que provocan el éxodo de millones de personas, en su mayoría mujeres y niños, con un número elevado de víctimas de la sequía, del hambre y de la desnutrición. La Santa Sede desea renovar su llamamiento, muchas veces expresado por el Papa Benedicto XVI, a la comunidad internacional para amplificar y apoyar las políticas humanitarias en esas zonas e influir concretamente sobre las diferentes causas que acrecientan su vulnerabilidad.

      Estas urgencias humanitarias llevan a subrayar la necesidad de encontrar formas innovadoras para poner a la obra el principio de la responsabilidad de proteger, en cuyo fundamento se encuentra el reconocimiento de la unidad de la familia humana y la atención a la dignidad innata de cada hombre y de cada mujer. Como se sabe, este principio hace referencia a la responsabilidad de la comunidad internacional de intervenir en las situaciones en las cuales los Gobiernos ya no pueden por sí mismos o ya no quieren cumplir con el primer deber que les incumbe de proteger a sus poblaciones contra violaciones graves de los derechos humanos, así como ante las consecuencias de las crisis humanitarias. Si los Estados ya no son capaces de garantizar esta protección, la comunidad internacional debe intervenir con los medios jurídicos previstos por la Carta de las Naciones Unidas y por otros instrumentos internacionales.

      Sin embargo, hay que recordar que existe el riesgo de que dicho principio pueda ser invocado en ciertas circunstancias como un motivo cómodo para utilizar la fuerza militar. Es bueno recordar que el mismo uso de la fuerza conforme a las reglas de las Naciones Unidas debería ser una solución limitada en el tiempo, una medida de verdadera urgencia que debería acompañarse y seguirse de un compromiso concreto de pacificación. En consecuencia, es necesario, para responder al desafío de la “responsabilidad de proteger”, que haya una búsqueda más profunda de los medios de prevenir y de gestionar los conflictos, explorando todas las vías diplomáticas posibles a través de la negociación y del diálogo constructivo y prestando atención y aliento a los más débiles signos de diálogo o de deseo de reconciliación por parte de las partes implicadas. La responsabilidad de proteger debe entenderse no solamente en términos de intervención militar, que deberían ser siempre el último recurso, sino, ante todo, como un imperativo para la comunidad internacional de estar unida ante las crisis y de crear las instancias para negociaciones correctas y sinceras, para apoyar la fuerza moral del derecho, para buscar el bien común y para incitar a los Gobiernos, a la sociedad civil y a la opinión pública a encontrar las causas y a ofrecer soluciones a las crisis de todo tipo, actuando en estrecha colaboración y solidaridad con las poblaciones afectadas y poniendo por encima de todo, la integridad y la seguridad de todos los ciudadanos. Es por tanto importante que la responsabilidad de proteger, entendida en este sentido, sea el criterio y la motivación que subyazga en todo el trabajo de los Estados y de la Organización de las Naciones Unidas para restaurar la paz, la seguridad y los derechos del hombre. Por otro lado, la larga y generalmente exitosa historia de las operaciones de mantenimiento de la paz (peacekeeping) y las iniciativas más recientes de construcción de la paz (peacebuilding) pueden ofrecer experiencias valiosas para concebir modelos de puesta en acto de la responsabilidad de proteger, en el pleno respeto del derecho internacional y de los intereses legítimos de todas las partes implicadas.

      Señor presidente:
      El respeto de la libertad religiosa es el camino fundamental para la construcción de la paz, el reconocimiento de la dignidad humana y la salvaguarda de los derechos del hombre. Este es el segundo desafío, sobre el que quisiera detenerme. Las situaciones en las que el derecho a la libertad religiosa es lesionado o negado a los creyentes de las diferentes religiones, son desgraciadamente numerosos; se observa, hay, un aumento de la intolerancia por motivos religiosos, y desgraciadamente se constata que los cristianos son actualmente el grupo religioso que sufre en mayor número persecuciones a causa de su fe. La falta de respeto de la libertad religiosa representa una amenaza para la seguridad y la paz e impide la realización de un auténtico desarrollo humano integral. El peso particular de una religión determinada en una nación no debería jamás implicar que los ciudadanos pertenecientes a otras confesiones sean discriminados en la vida social o, peor aún se tolere la violencia contra ellos. A propósito de esto, es importante que un compromiso común de reconocer y de promover la libertad religiosa de cada persona y de cada comunidad sea favorecido por un diálogo interreligioso sincero, promovido y puesto en práctica por los representantes de las diferentes confesiones religiosas y apoyado por los Gobiernos y por las instancias internacionales. Renuevo a las autoridades y a los jefes religiosos el llamamiento preocupado de la Santa Sede, para que se adopten medidas eficaces para la protección de las minorías religiosas, allí donde están amenazadas, con el fin de que, por encima de todo, los creyentes de todas las confesiones puedan vivir en seguridad y seguir aportando su contribución a la sociedad de la que son miembros. Pensando en la situación de ciertos países, quisiera repetir, en particular, que los cristianos son ciudadanos con el mismo título que los demás, ligados a su patria y fieles a todos sus deberes nacionales. Es normal que puedan gozar de todos los derechos de ciudadanía, de la libertad de conciencia y de culto, de la libertad en el campo de la enseñanza y de la educación y en el uso de los medios de comunicación.

      Por otra parte, hay países en los que, aunque se concede gran importancia al pluralismo y a la tolerancia, paradójicamente, se tiende a considerar la religión como un factor extraño a la sociedad moderna o considerarlo como desestabilizador, buscando por diversos medios marginarla e impedirle toda influencia en la vida social. ¿Pero cómo puede negarse la contribución de las grandes religiones del mundo al desarrollo de la civilización? Como ha subrayado el Papa Benedicto XVI, la búsqueda sincera de Dios ha llevado a un mayor respeto de la dignidad del hombre. Por ejemplo, las comunidades cristianas, con sus patrimonios de valores y de principios, han contribuido fuertemente a la toma de conciencia de las personas y de los pueblos respecto a su propia identidad y dignidad, así como a la conquista de las instituciones del Estado de derecho y a la afirmación de los derechos del hombre y de sus correspondientes deberes. En esta perspectiva, es importante que los creyentes, hoy como ayer, se sientan libres de ofrecer su contribución a la promoción de un ordenamiento justo de las realidades humanes, no solamente mediante un compromiso responsable a nivel civil, económico y político, sino también mediante el testimonio de su caridad y de su fe.

      Un tercer desafío sobre el que la Santa Sede querría llamar a la atención a esta asamblea concierne la prolongación de la crisis económica y financiera mundial. Todos sabemos que un elemento fundamental de la crisis actual es el déficit ético en las estructuras económicas. La ética no es un elemento externo a la economía y la economía no tiene futuro si no tiene en cuenta el elemento moral: en otras palabras, la dimensión ética es fundamental para afrontar los problemas económicos. La economía no sólo funciona a través de una autorregulación del mercado y mucho menos a través de acuerdos que se limiten a conciliar los intereses de los más poderosos; tiene necesidad de una razón de ser ética para funcionar al servicio del hombre. La idea de producir recursos y bienes, es decir la economía, y de gestionarlos de una manera estratégica, es decir política, sin tratar de hacer el bien a través de las mismas acciones, es decir sin ética, se convierte en una ilusión ingenua o cínica, siempre fatal. De hecho, cada decisión económica tiene una consecuencia moral. La economía tiene necesidad de la ética para funcionar correctamente; no de una ética cualquiera, sino de una ética centrada en la persona y capaz de ofrecer perspectivas a las nuevas generaciones. Las actividades económicas y comerciales orientadas hacia el desarrollo deberían ser capaces de hacer disminuir efectivamente la pobreza y de aliviar los sufrimientos de los más desprotegidos. La Santa Sede alienta en este sentido el refuerzo de la ayuda pública al desarrollo, en conformidad con los compromisos asumidos en Gleneagles. Y mi delegación tiene la esperanza de que las discusiones sobre este tema, con motivo del próximo diálogo de alto nivel sobre la “Financiación del desarrollo”, traigan los resultados esperados. Por otra parte, la Santa Sede ha subrayado en varias ocasiones la importancia de una nueva y profunda reflexión sobre el sentido de la economía y sus objetivos, así como una revisión clarividente de la arquitectura financiera y comercial global para corregir los problemas de funcionamiento y las distorsiones. Esta revisión de las reglas económicas internacionales debe integrarse en el marco de la elaboración de un nuevo modelo global de desarrollo. En realidad, lo exige el estado de salud ecológico del planeta, y lo requiere sobre todo la crisis cultural y moral del hombre, cuyos síntomas son evidentes por doquier desde hace tiempo.

      Esta reflexión debe inspirar también las sesiones de trabajo de la Conferencia de la ONU sobre el desarrollo sostenible (Río+20), del mes de junio próximo, con las convicción de que “el ser humano debe ser el centro de las preocupaciones por el desarrollo sostenible”, como lo afirma el primer principio de la Declaración de Río de 1992 sobre el ambiente y el desarrollo. El sentido de la responsabilidad y la salvaguarda del ambiente deberían ser orientadas por la conciencia de ser una “familia de naciones”. La idea de “familia” evoca inmediatamente algo más que relaciones simplemente funcionales o simples convergencias de intereses. Una familia es por su misma naturaleza una comunidad fundada en la interdependencia, en la confianza y ayuda mutua, en el respeto sincero. Su pleno desarrollo no se basa en la supremacía del más fuerte, sino en la atención al más débil y marginado, y su responsabilidad se amplía a las generaciones futuras. El respeto por el desarrollo nos debería hacer más atentos a las necesidades de los pueblos más desfavorecidos; debería crear una estrategia a favor de un desarrollo centrado en las personas, favoreciendo la solidaridad y la responsabilidad con todos, incluyendo las generaciones futuras.

      Esta estrategia debe beneficiarse de la Conferencia de la ONU para analizar el Tratado sobre el Comercio de Armas (TCA), prevista en 2012. Un comercio de armas que no esté regulado ni sea transparente tiene importantes repercusiones negativas. Frena el desarrollo humano integral, aumenta los riesgos de conflictos, sobre todo internos, y de inestabilidad, y promueve una cultura de violencia y de impunidad, con frecuencia ligada a las actividades criminales, como el tráfico de droga, el tráfico de seres humanos y la piratería, que constituyen problemas internacionales cada vez más graves. Los resultados del actual proceso del TCA serán un test para medir la voluntad real de los estados de asumir su responsabilidad moral y jurídica en este campo. La comunidad internacional debe preocuparse por alcanzar un Tratado para el Comercio de Armas que sea efectivo y aplicable, consciente del gran número de personas que están afectadas por el comercio ilegal de armas y municiones, así como de sus sufrimientos. De hecho, el objetivo principal del Tratado no sólo debería ser la regulación del comercio de armas convencionales o convertirse en obstáculo del mercado negro, sino también y sobre todo debería tener por objetivo proteger la vida humana y edificar un mundo más respetuoso de la dignidad humana.

      Señor presidente:
      Su contribución a la edificación de un mundo más respetuoso de la dignidad humana demostrará la capacidad efectiva de la ONU para cumplir con su misión, que tiene por objetivo ayudar a la “familia de naciones” a perseguir objetivos comunes de paz, de seguridad, y de un desarrollo humano integral para todos.

      La preocupación de la Santa Sede se dirige también a los acontecimientos que tienen lugar en algunos países de África del Norte y de Oriente Medio. Quisiera renovar aquí el llamamiento del Santo Padre Benedicto XVI para que todos los ciudadanos, en particular los jóvenes, hagan todo lo posible para promover el bien común y para edificar sociedades en las que se venza la pobreza y en las que toda opción política se inspire en el respeto de la persona humana; sociedades en las que la paz y la concordia triunfarán sobre la división, el odio y la violencia.

      Una última observación concierne a la demanda de reconocimiento de Palestina como Estado miembro de las Naciones Unidas, presentada aquí mismo el 23 de septiembre por el Presidente de la Autoridad Nacional Palestina, señor Mahmud Abas. La Santa Sede considera esta iniciativa en la perspectiva de los intentos de encontrar una solución definitiva, con el apoyo de la comunidad internacional, a la cuestión ya afrontada por la Resolución 181 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, con fecha del 29 de noviembre de 1947. Este documento fundamental sienta la base jurídica para la existencia de dos Estados. Uno de ellos ya fue creado, mientras que el otro aún no ha sido aún constituido, a pesar de que han pasado casi sesenta y cuatro años. La Santa Sede está convencida de que, si uno quiere la paz, hay que saber adoptar decisiones valientes. Es necesario que los órganos competentes de las Naciones Unidas tomen una determinación que ayude a poner por obra de forma efectiva el objetivo final, es decir, la realización del derecho de los palestinos a tener su propio Estado independiente y soberano, y el derecho de los israelíes a la seguridad, estando ambos Estados provistos de fronteras reconocidas internacionalmente.

      La respuesta de las Naciones Unidas, sea la que sea, no constituirá una solución completa, y sólo se logrará una paz duradera mediante negociaciones de buena fe entre israelíes y palestinos evitando acciones o condiciones que contradigan las declaraciones de buena voluntad. La Santa Sede, en consecuencia, exhorta a las partes a retomar las negociaciones con determinación y hace un apremiante llamamiento a la comunidad internacional para que aumente su compromiso y estimule su creatividad y sus iniciativas, para que se llegue a una paz duradera, en el respeto de los derechos de los israelíes y de los palestinos.
      Gracias, Señor presidente.

Monseñor Dominique Mamberti, secretario para las Relaciones de la Santa Sede con los Estados
[Traducción del original francés realizada por Inma Álvarez y Jesús Colina]
ZENIT.org / Almudí

viernes, 30 de septiembre de 2011

Los distintos modos de entender la salud sexual

   Los programas de salud sexual introducidos en la escuela no respetan a menudo la diversidad de concepciones éticas sobre el sentido de la sexualidad. Según sea esta, también serán distintos los puntos de partida, los medios y los objetivos de estos programas. Por ello, es necesario conocer la evidencia científica subyacente a cada planteamiento así como sus postulados éticos. Es lo que proponen los autores de este artículo, publicado en Cuadernos de Bioética (1), del que presento algunas ideas.

   Un programa formativo en materia sexual debería tener siempre en cuenta el respeto a la pluralidad de los receptores del mensaje. Aunque sería deseable que la educación sexual pudiera ser ofertada en el ámbito educativo desde una estricta neutralidad, lo cierto es que no hay un consenso social. Existen dos cosmovisiones opuestas de cómo debe vivirse la sexualidad.
Propuestas divergentes
   Por un lado, el ejercicio de la sexualidad puede verse unido por parte de muchas personas al de la “educación para los compromisos estables”. Esta vivencia implica la transmisión de valores muy concretos: autodominio, fidelidad, comprensión, lealtad, apertura a la transmisión de la vida volcando la propia afectividad en los hijos y asumiendo nuevos compromisos y renuncias personales, etc., lo que supone referencias continuas al mundo de los valores. Este tipo de educación, al ir unida a la edificación del carácter, es más propia para ser transmitida en la relación personal de confianza entre padres e hijos.
   Otra visión de la sexualidad es la que se entiende como “educación para la independencia sexual”, teniendo como objeto principal los aspectos de placer en el ejercicio del sexo, minimizar los riesgos de embarazo o de infecciones de transmisión sexual (ITS), enfatizar el conocimiento de las medidas de anticoncepción y la búsqueda de experiencias gratificantes, bien a través del propio cuerpo o a través de relaciones interpersonales que no tienen porqué ser necesariamente monógamas, centrándose en sus aspectos lúdicos y sin referencia a compromisos implícitos ni explícitos. (...)
   El Estado no puede legítimamente incorporar una u otra de estas opiniones a sus competencias educativas, ya que pertenecen al ámbito de libre discusión de ideas de los ciudadanos. Esto fundamentaría, por tanto, la necesidad de salvaguardar la neutralidad ideológica del Estado ante ambas cosmovisiones. Los mensajes dirigidos a preservar o mejorar la salud, si no son veraces, pueden ser calificados como "publicidad engañosa"

Una visión unilateral
   Sin embargo, no son pocas las noticias que se difunden en los medios sobre programas educativos dirigidos a adolescentes o incluso a menores en los que el punto de partida es la banalización de la sexualidad. Los medios utilizados en esos programas educativos consisten comúnmente en la distribución masiva de preservativos y en una instrucción dirigida a ambos sexos sobre cómo utilizarlo correctamente. Los programas más elaborados incluyen información sobre anticoncepción para las jóvenes (...). No se suele hablar de la posibilidad de fallo de los diversos métodos anticonceptivos, ni de que el preservativo no protege absolutamente de la transmisión de ITS, presentando ambas medidas con una eficacia que los menores entienden que es del cien por cien, al referirse a ellas con la terminología de “sexo seguro”. (...)

   Respecto a los resultados que finalmente se quieren conseguir, la mayor parte de los programas suelen centrarse exclusivamente en la disminución de embarazos adolescentes y de ITS con mención especial a la epidemia del sida. Con esto se restringe el mensaje a la consideración del acto sexual como mero acto lúdico que conlleva unos riesgos que hay que intentar evitar. (...) La propuesta de amor duradero y de compromisos, la reflexión sobre lo que significa el enamoramiento, quedan ausentes de estas propuestas pedagógicas sesgadas, ya que se etiquetan como “mensaje moralista”. (...)

(1)  “Valoración ética de los programas de salud sexual en la adolescencia”, Cuadernos de Bioética, nº 74, vol. XXII (2011).
Aceprensa

Os invito a leer el artículo: AQUÍ

jueves, 29 de septiembre de 2011

Reencuentro en Berlín de Roma, Atenas y Jerusalén

Reencuentro en Berlín de Roma, Atenas y Jerusalén
   El reto es decisivo para superar la crisis que padece la Iglesia en el mundo occidental: el futuro depende de la renovación de la fe, no de reformas estructurales

      La densidad de la presencia de Benedicto XVI en su Alemania natal no puede resumirse en unas pocas líneas. Pero me atrevo a señalar dos grandes líneas de fuerza: una, estrictamente teológica, que llama al seguimiento de Cristo dentro de la Iglesia; otra, la apelación al diálogo sincero sobre las grandes cuestiones antropológicas actuales, de las que depende la construcción de la paz y la justicia.

      Son dos constantes vitales en el pensamiento de Joseph Ratzinger y en el magisterio de Benedicto XVI. Nunca quizá un Obispo de Roma dedicó tanto espacio y tan sinceros elogios a la razón humana y a su capacidad para entender la Revelación divina y, al mismo tiempo, facilitar el entendimiento entre hombres de orígenes y culturas a veces excesivamente contrapuestas.

      La gran novedad consiste en que el Papa reitera sus propuestas en una caja de tanta resonancia como la sede del Bundestag berlinés. No es accidental que allí mismo se reuniera, después de pronunciar un discurso memorable, con los representantes de la comunidad judía. Venía a ser como un caso práctico de la teoría general expuesta ante los parlamentarios: si no se acepta la posibilidad de un fundamento radical de las leyes, más allá de la mayoría de los votos, se puede construir una legislación antihumana, como la que dio origen a la Shoah, al gran proyecto nazi de destruir al pueblo de Israel.

      Una vez más resalta el temple intelectual y académico de Joseph Ratzinger. A diferencia de la intolerancia que rechaza a priori su palabra —no es el caso de los grandes pensadores, como Jürgen Habermas—, plantea un debate sereno sobre las bases éticas universales del derecho. Sólo será posible esa ardua tarea si se reinterpretan los jalones de la ciencia y la filosofía desde la Ilustración, que confinan ética y fe al ámbito de lo privado. Determinar la presencia de culturas y religiones en la convivencia democrática ciudadana se hace casi una obligación, más aún si se piensa en el actual multiculturalismo alemán, buen campo de pruebas para la situación global del planeta. Se comprende que Benedicto XVI haya hablado desde la razón en el Bundestag, y haya dedicado tiempo a luteranos, judíos y musulmanes.

      Recibió a estos últimos en la Nunciatura de Berlín. Quizá estas palabras reflejan la idea central del discurso del Papa: «Muchos musulmanes conceden gran importancia a la dimensión religiosa. Esto a veces se interpreta como una provocación en una sociedad que tiende a marginar este aspecto o, como máximo, a admitirlo en la esfera de las decisiones individuales. La Iglesia católica está firmemente comprometida en que se dé el debido reconocimiento a la dimensión pública de la pertenencia religiosa. Es una exigencia no irrelevante en el contexto de una sociedad pluralista. Sin embargo, hay que cuidar siempre de que se mantenga el respeto hacia el otro. El respeto mutuo crece sólo sobre la base del consenso sobre algunos valores inalienables, propios de la naturaleza humana, sobre todo la dignidad inviolable de cada persona».

      Para casi todos los pueblos, dentro y fuera de Occidente, la referencia esencial para la convivencia pacífica es la Constitución del Estado. Benedicto XVI subrayó las sólidas convicciones de los redactores de la ley fundamental germana, que permite su vigencia cuando tantas cosas han cambiado en Alemania en los últimos sesenta años (incluida la reunificación). Los redactores de la carta constitucional «sabían que tenían que confrontarse con personas de confesión diversa o incluso no religiosos: el terreno común se encuentra en el reconocimiento de algunos derechos inalienables, que son propios de la naturaleza humana y preceden a cualquier formulación positiva. De ese modo una sociedad sustancialmente homogénea sentó las bases que hoy consideramos válidas para un mundo caracterizado por el pluralismo. Bases que, en realidad, indican también los límites evidentes de ese pluralismo: no es concebible, en efecto, que una sociedad puede mantenerse a largo plazo sin un consenso sobre los valores éticos fundamentales».

      El concepto de ley natural está ligado a los estoicos. Jerusalén y Roma potenciaron de veras la cultura de Atenas. Muchos años después, el Concilio Vaticano II recordaría ese camino de justicia y libertad a los católicos. También a éstos se aplican las palabras de Benedicto XVI a los representantes de la Iglesia Evangélica, en el antiguo convento agustino de Erfurt, donde Martín Lutero estudió teología y fue ordenado sacerdote, en 1507: «la fe tiene que ser nuevamente pensada y, sobre todo, vivida, hoy de modo nuevo, para que se convierta en algo que pertenece al presente». El reto es decisivo para superar la crisis que padece la Iglesia en el mundo occidental: el futuro depende de la renovación de la fe, no de reformas estructurales.

Salvador Bernal

Religión Confidencial / Almudí

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Alegato a favor del respeto a la vida

Alegato a favor del respeto a la vida
Quienes reclaman la implantación de la eutanasia generalmente intentan que no se asocie su exigencia con la práctica criminal ejercida por los nazis. Pero esta asociación no puede obviarse

      La pretensión de dar muerte, a petición suya, a personas gravemente enfermas, o también a aquellas que ya no sean capaces de expresar ese deseo mediante una clara manifestación de su voluntad, está siendo nuevamente planteada de manera enérgica e insistente después de un período latente de unos cincuenta años. Incluso un ministro de la CDU ha respaldado la tesis de que habría que ir más allá de la legislación holandesa: poder dar muerte sin mediar el deseo del paciente.

      Quienes reclaman la implantación de la eutanasia generalmente intentan que no se asocie su exigencia con la práctica criminal ejercida por los nazis. Pero esta asociación no puede obviarse. Hace ya mucho tiempo que se detectó. En relación con los procesos seguidos contra los médicos que practicaron la eutanasia en el III Reich, el médico americano Leo Alexander escribió en 1949 que «todos los que se ocuparon del origen de esos delitos manifestaron con toda claridad que fueron desarrollándose poco a poco a partir de detalles insignificantes. Al comienzo se apreciaban sutiles modificaciones de acento eutanásico en la actitud fundamental. Se empezaba diciendo que hay circunstancias en las que ya no se puede considerar que una persona lleva una vida digna, consideración ésta que es primordial para el movimiento pro eutanasia. En un estadio inicial esa postura se refería solamente a los enfermos graves y crónicos. Cada vez se fue ensanchando más el campo de quienes caían bajo esa categoría, y así se extendió a los socialmente improductivos, a los indeseables desde el punto de vista ideológico, a los que eran clasificados como racialmente indeseables... No obstante es decisivo reconocer que la actitud respecto a los enfermos incurables fue el sórdido detonante que tuvo como consecuencia ese cambio total de la conciencia».

      La diferencia esencial entre la práctica de entonces y la seguida en la actualidad estriba en que las muertes de enfermos psíquicos de aquella época (en las cuales se probó por primera vez el método del gaseamiento) se produjeron sin fundamento jurídico alguno, por lo cual el obispo de Münster, Clemens August von Galen, pudo presentar también una denuncia por asesinato, que naturalmente fue rechazada. En aquel oscuro período órdenes secretas del Führer hicieron ineficaz el brazo de la Ley. Pero hoy en Holanda la ley también es ineficaz “sin órdenes de un Führer”. Después de legalizar la muerte a petición, las muertes despenalizadas sin petición previa han llegado a miles, de manera que los ancianos holandeses a menudo prefieren huir a las residencias de ancianos alemanes. Ya en el 2001 un tercio de estas eliminaciones se perpetró por dictamen médico, o por deseo de los familiares.

      Se dirá que en aquel entonces los individuos enfermos eran eliminados en interés del bien del pueblo, con objeto de ahorrar costes sanitarios, mientras que hoy deberán morir por su propio interés, cuando la vida ya no posea ningún valor para ellos. Esta observación pasa por alto que los nacionalsocialistas también argumentaban sobre la base del interés del paciente y de su dignidad.

      La película titulada Ich klage an (“Yo acuso”), que en su momento promovió Joseph Goebbels con actores de primera fila, muestra a una mujer joven enferma de esclerosis múltiple a la que un médico amigo rehúsa, por convicción, aplicar la inyección letal, y a la que su marido, igualmente médico, mata por compasión, después de una conmovedora despedida, denunciando posteriormente ante los tribunales la ley que le prohíbe semejante ayuda. Tampoco el teólogo debería cometer el error de socorrer a alguien informándole de que Dios ha dado al hombre el entendimiento de juzgar por sí mismo cuándo llega el momento de partir. Ante unos niños ingresados en la clínica con invalidez severa, a la mirada del médico le bastan unos pocos segundos para quedar ciega y comenzar a deslizarse por un plano inclinado que de hecho terminaría consolidando el abismo del asesinato en masa.

      Los dictámenes psiquiátricos que en aquella época enviaban a los pacientes a la muerte no delatan que la cuestión en juego fuera el dinero, o el interés colectivo, sino más bien el interés de aquellos a los que habría que liberar de una vida carente de valor. Naturalmente que detrás de esto se hallaba el interés político, en especial de la política en unos tiempos tan oscuros. Ante el hecho de que la nueva llamada a la eutanasia halle hoy eco coincidiendo, de forma puramente casual, con un momento en que el desarrollo demográfico plantea de forma cada vez más aguda el problema de la asistencia a los ancianos... ¿quién desea hablar de buena conciencia? Hoy, como entonces, ahí se ofrece una salida que posee el encanto de una más barata solución final. ¿Pero puede permitirse tal salida una sociedad humana?

      A mi juicio, los argumentos que se aducen en contra de la eutanasia son concluyentes para todo el que acepte la fuerza de la razón. El fundamento de nuestro ordenamiento jurídico es el respeto del hombre a sus semejantes. Ese respeto no debe condicionarse a la presencia de determinadas características o circunstancias. El único criterio que debe prevalecer es la pertenencia al género humano. De lo contrario cabría matar, por ejemplo, a las personas que estuvieran dormidas o inconscientes. Y generalmente sería una decisión de la mayoría la que determinara a qué hombres se les debe garantizar los derechos como persona y a cuáles no. Si fuera éste el caso, entonces el reconocimiento de los derechos humanos se convertiría en una concesión. Los hombres no pertenecerían a la familia humana por derecho propio, sino que serían adoptados en ella bajo determinadas circunstancias. Y así ya no se podría hablar de derechos humanos.

      Se insiste entonces en que hay que considerar al hombre como sujeto libre precisamente porque se respeta su capacidad de disponer sobre su propia vida. De hecho, el ordenamiento jurídico no sanciona la tentativa de suicidio. Por cierto que ha habido filósofos, desde Platón a Wittgenstein, que han considerado el suicidio voluntario como algo esencialmente rechazable. Sin embargo, la competencia de la comunidad jurídica termina cuando alguien desea marginarse de esa estructura interpersonal. Si quiere hacerlo, entonces ha de hacerlo solo, puesto que todo el que se presta a ayudarle en esa actuación, o incluso la lleva a cabo en su lugar, se encuentra dentro de esa estructura. So pretexto de respetar al otro como sujeto libre, éste no puede destruir ese mismo sujeto de libertad. Aquí valen las palabras de Hegel: «La obra de la libertad absoluta es la muerte». Y ningún hombre tiene el derecho de exigirle a otro que le diga: «Tú no debes seguir existiendo».

      Es obligado aclararle que él no posee ese derecho, pues si lo tuviera sería inevitable que ese derecho se convirtiera en deber. Si poseyera ese derecho, entonces también cargaría con la responsabilidad total por todos los cuidados y atenciones, por todos los costes y privaciones que devenga de sus semejantes. Podría librarse de esa carga de un plumazo en lugar de gastar el “patrimonio familiar”. ¿Qué hombre sensible no sentiría en tales circunstancias el deber moral de secundar el silencioso gesto que le está sugiriendo: “Ahí tienes la salida”? La posibilidad legal de la muerte a petición produce esa misma petición. Hay aquí una lógica férrea.

      El tema de la autodeterminación sigue siendo problemático en este caso. Hay que hacer esfuerzos para no ver aquí una actitud cínica. Las investigaciones han puesto de relieve que la mayoría de las peticiones de suicidio asistido no se han debido a grandes dolores, sino a situaciones de abandono. Casi siempre desaparecen tales deseos —en caso de que no se trate de algo enfermizo— cuando un semejante, que puede ser incluso el médico, muestra un interés auténtico y efectivo por la vida del enfermo. En el momento de los dolores más agudos y de una autonomía muy reducida, en el que el paciente necesita precisamente la entrega abnegada del otro, la solidaridad y el alivio de sus dolores, constituye una excusa cínica poner en suerte una ficticia autodeterminación, en el fondo para sustraerse uno de esas obligaciones.

      “Tú ya no debes existir” es la expresión más extrema de falta de solidaridad. Ante el paciente el médico representa la aprobación de su existencia por parte de la comunidad solidaria de los vivientes, aún cuando no le fuerce a vivir. Justamente en momentos de inestabilidad anímica, cuando la conciencia está en condiciones catastróficas, el médico, o incluso el psiquiatra, podría especular sobre el deseo del paciente de dejarse quitar de en medio, y esperar entonces el momento de poder ejecutar dicho deseo. 

      Entre las causas que objetivamente han contribuido a la reedición del pensamiento eutanásico también se encuentran las nuevas prácticas de prolongación artificial de la vida [medicina intensiva], con la consiguiente explosión en los gastos sanitarios. La oposición al movimiento eutanásico sólo puede justificar su firme resolución si tiene en cuenta estos factores objetivos. Es desde luego cierto que desde hace mucho tiempo en nuestro país se muere de forma miserable. Sobre todo en clínicas, es decir, en casas que no están hechas para morir, sino para curar. En una clínica se lucha contra la muerte, como es natural, aunque esa lucha finalice siempre con la capitulación. Pero la capitulación frecuentemente acontece demasiado tarde. Después de que los enfermos o ancianos sean obligados a vivir de cualquier modo, a pocos les quedan ganas de “bendecir lo temporal”. A la muerte finalmente se sucumbe. La “eutanasia activa”, es decir, matar, es tan sólo el reverso de un activismo que cree estar obligado a “hacer algo” hasta el último momento, si no con la vida, entonces con la muerte. A la vista de nuestras posibilidades técnicas, la medicina ya no puede continuar secundando el principio de mantener toda vida humana en todo momento mientras sea técnicamente posible. No puede hacerlo por razón de la dignidad humana, que también pide un digno dejar morir. El ensañamiento terapéutico tampoco es viable por razones económicas.

      Los medios de que disponemos son, a su vez, limitados. A la hora de distribuirlos hemos de ponderar con criterios secundarios algo que de suyo es imponderable, la vida humana. Esto es evidente, por ejemplo, en el asunto de la escasez de órganos para donación y trasplante. También hay que tener en cuenta un criterio restrictivo en los gastos diagnósticos y terapéuticos, si bien en ningún caso vale ese criterio para los gastos relacionados con la atención y el cuidado. ¿Realmente tiene que soportar una persona anciana de 88 años, que ha sufrido una hemorragia cerebral y permanece inconsciente, una costosa operación dos días antes de su fallecimiento? ¿Hay que gravar con esos gastos a la comunidad solidaria de los asegurados?

      A la vista de las crecientes posibilidades de la medicina, la ética médica tiene que desarrollar nuevos criterios para establecer los protocolos de la actuación ordinaria, criterios según los cuales hemos de sostener a las personas enfermas, prestándoles la atención y suministrándoles los cuidados médicos de acuerdo con la edad, expectativas de curación y demás circunstancias personales. Quien censura la renuncia al empleo de medios extraordinarios y la califica de muerte por omisión, prepara el camino —frecuentemente de modo intencionado— el camino para la “activa ayuda a morir” [eutanasia], esto es, para matar. El movimiento hospitalario, y no el movimiento pro eutanasia, es la respuesta digna y humana a la situación actual. La iniciativa y la solidaridad son las fuerzas que hay que movilizar ante los problemas que nos salen al encuentro, cuando la salida barata queda cerrada inexorablemente. Si el morir no se entiende como parte del vivir, entonces se abre paso la cultura de la muerte.

Robert Spaemann
Artículo publicado el 26 de octubre del 2005, en el Stuttgarter Zeitung, en el que Spaemann expone su contribución al debate sobre la eutanasia en Alemania. Lo hace con ocasión de la apertura en Hannover de la primera filial alemana de la asociación suiza de ayuda a morir ‘Dignitas’.
Traducción del profesor José María Barrio Maestre, colaborador de Arvo.net
Almudí

martes, 27 de septiembre de 2011

EL DON MÁS BELLO

El don más bello
¿Qué es la Iglesia y cuál es su misión? En el Olympiastadion de Berlín, Benedicto XVI lo ha explicado partiendo de la parábola de la vid y los sarmientos


      Los sarmientos pertenecen a la vid, y, por eso mismo se pertenecen unos a otros. Esto «no entraña un tipo cualquiera de relación teórica, imaginaria, simbólica», sino en cierta manera «un pertenecer a Jesucristo en sentido biológico, plenamente vital». Y es que «la Iglesia es esa comunidad de vida con Él y de uno para con el otro, que está fundada en el Bautismo y se profundiza cada vez más en la Eucaristía». Por tanto «Yo soy la verdadera vid» significa realmente: «Yo soy vosotros y vosotros sois yo».

      Un día, camino de Damasco, para apresar a los cristianos, Jesús detuvo a Saulo y le preguntó: «¿Por qué me persigues». Y Saulo entendió que quien persigue a Jesús, persigue a los cristianos, que forman una realidad viva, un solo cuerpo con Él. En Alemania, donde se originó la Reforma protestante y actualmente se produce una gran descristianización, donde los católicos son minoría, el Papa traduce directamente lo que le pasó a Saulo: «Por tanto, es Jesús quien sufre las persecuciones contra su Iglesia. Y, al mismo tiempo, no estamos solos cuando nos oprimen a causa de nuestra fe. Jesús está con nosotros». La Iglesia es la comunión de vida con Cristo.

      Jesús dice: «Yo soy la vid verdadera, y el Padre es el labrador» (Jn 15, 1) que poda los sarmientos para que den fruto y elimina los que están secos. Esto significa, según el Papa, que «Dios quiere arrancar de nuestro pecho el corazón muerto, de piedra, para darnos un corazón vivo, de carne» (cf. Ez 36, 26). Cristo ha venido para darnos vida y fuerza a nosotros, débiles y pecadores (cf. Lc 5, 31s). Por eso el Concilio Vaticano II llama a Iglesia "sacramento universal de salvación" (LG 48) (es decir, signo e instrumento de salvación). Esta es, resume Benedicto XVI, «la verdadera y gran misión de la Iglesia, que le ha sido confiada por Cristo».

      No todos entienden la naturaleza de la Iglesia y su misión. Algunos —continúa— la miran quedándose en su apariencia exterior; la consideran «únicamente como una organización más en una sociedad democrática, a tenor de cuyas normas y leyes se juzga y se trata una figura tan difícil de comprender como es la 'Iglesia'. Si a esto se añade también la experiencia dolorosa de que en la Iglesia hay peces buenos y malos, grano y cizaña, y si la mirada se fija sólo en las cosas negativas, entonces ya no se revela el misterio grande y profundo de la Iglesia».

      De esa visión no brota ya la alegría de pertenecer a esta vid: «La insatisfacción y el desencanto se difunden si no se realizan las propias ideas superficiales y erróneas acerca de la 'Iglesia' y los 'ideales sobre la Iglesia' que cada uno tiene». Y surge la tentación de separarse de la vid, con el resultado de quedar seco y ser destinado al fuego (cf. Jn 15, 6). Una opción de dramáticas consecuencias. (En Alemania muchos han tomado el camino de la apostasía, separándose de la Iglesia).

      En cambio, el que permanece con Cristo bebe del agua viva y se fortalece: «En cualquier necesidad y aridez, Él es la fuente de agua viva, que nos nutre y fortalece. Él en persona carga sobre sí el pecado, el miedo y el sufrimiento y, en definitiva, nos purifica y transforma misteriosamente en vino bueno. En esos momentos de necesidad nos sentimos a veces aplastados bajo una prensa, como los racimos de uvas que son exprimidos completamente. Pero sabemos que, unidos a Cristo, nos convertimos en vino de solera. Dios sabe transformar en amor incluso las cosas difíciles y agobiantes de nuestra vida».

      Así pues, «lo importante es que permanezcamos en la vid, en Cristo». Nota el Papa que, en ese breve pasaje, el evangelista destaca la palabra permanecer una docena de veces. Y añade Benedicto XVI: «En nuestro tiempo de inquietudes e indiferencia, en el que tanta gente pierde el rumbo y el fundamento; en el que la fidelidad del amor en el matrimonio y en la amistad es frágil y efímera; en el que desearíamos gritar, en medio de nuestras necesidades, como los discípulos de Emaús: “Señor, quédate con nosotros, porque anochece (cf. Lc 24, 29), porque las tinieblas nos rodean”; el Señor resucitado nos ofrece aquí un refugio, un lugar de luz, de esperanza y confianza, de paz y seguridad. Donde la aridez y la muerte amenazan a los sarmientos, allí en Cristo hay futuro, vida y alegría».

      Como contenido central de su explicación, subraya el Papa alemán: «Permanecer en Cristo significa, como ya hemos visto, permanecer también en la Iglesia. Toda la comunidad de los creyentes está firmemente unida en Cristo, la vid. En Cristo, todos nosotros estamos unidos. En esta comunidad, Él nos sostiene y, al mismo tiempo, todos los miembros se sostienen recíprocamente. Ellos resisten juntos a las tempestades y se protegen mutuamente. Nosotros no creemos solos, sino que creemos con toda la Iglesia».

      Y retomando desde el principio su explicación, recuerda que la Iglesia es la vida que tenemos los cristianos con Cristo. En términos de Pío XII, la Iglesia es «la plenitud y el complemento del Redentor» (Cuerpo místico). Con palabras de Benedicto XVI, la Iglesia es mensajera de la Palabra de Dios y dispensadora de los sacramentos, prenda de la vida divina y mediadora de los frutos de la vid. Utilizando una breve y sorprendente expresión, afirma: «la Iglesia es el don más bello de Dios». Y cita a San Agustín: «En la medida en que uno ama a la Iglesia de Cristo, posee el Espíritu Santo».

      Se trata de un argumento que Joseph Ratzinger viene empleando desde los años setenta: permanecemos en la Iglesia porque sólo así permanecemos plenamente en Cristo, porque ella es nuestro hogar y quien nos educa en la belleza, y así podemos llevar la vida verdadera al mundo.

      Fue en Alemania, en los años 30 del siglo XX, en donde se quiso suprimir a Dios, con la consecuencia trágica de suprimir al hombre. Y el lema de esta visita pastoral es: "Donde está Dios, allí hay futuro".

      La homilía en Berlín concluye: «Quien cree en Cristo, tiene futuro. Porque Dios no quiere lo que es árido, muerto, artificial, lo que al final es desechado, sino que quiere las cosas fecundas y vivas, la vida en abundancia».

Ramiro Pellitero. Universidad de Navarra
ReligionConfidencial.com

lunes, 26 de septiembre de 2011

En el Bundestag, Benedicto XVI apela a la conciencia de los políticos

   Con su discurso sobre el fundamento del Derecho, el Papa impresiona y obtiene elogios de políticos de distintas ideologías. Ha sido una de las intervenciones más importantes de este viaje papal

   Eran exactamente las 16.49 del 22 de septiembre cuando Benedicto XVI comenzó el probablemente más esperado discurso de su visita oficial a Alemania. Los diputados le acababan de recibir con un aplauso “más largo de lo que hacía esperar la mera cortesía, quizá fruto del remordimiento de conciencia debido a las largas discusiones anteriores sobre la conveniencia de que un Papa hablara en el Parlamento alemán”: así dijo el comentarista de Phoenix, una sub-cadena de la segunda cadena de la televisión alemana, la pública ZDF, que retransmitió el acto en directo.

   El Papa no cayó en “la trampa”, como comentó el diario Die Welt, de pronunciar una “filípica” contra el espíritu de los tiempos, contra los temas de actualidad en los que la política se aleja de la doctrina cristiana. Si lo hubiera hecho —continúa el rotativo de Berlín—, el Papa, “en el lugar más sagrado de una República laica”, “hablando como un ciudadano, habría hecho el juego a aquellos que consideraban inadecuado que el representante supremo de la Iglesia hablara en el Parlamento alemán”.

    Sin embargo, en una alocución “muy inteligente, no exenta de humor e incluso de autoironía” —como la calificó Andrea Nahles, secretaria general del partido socialdemócrata y católica practicante—, Benedicto XVI trascendió las cuestiones políticas concretas para referirse a los fundamentos del derecho: “Servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental del político (...). ¿Cómo podemos reconocer lo que es justo? ¿Cómo podemos distinguir entre el bien y el mal, entre el derecho verdadero y el derecho sólo aparente?”. Un discurso metapolítico, que —en palabras de Volker Kauder,presidente del grupo parlamentario cristiano-demócrata— “ha puesto de manifiesto que nos hemos de preguntar una y otra vez: ¿cuáles son los auténticos fundamentos de nuestras decisiones?”.

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TEXTO COMPLETO DEL DISCURSO: AQUÍ

Aceprensa

domingo, 25 de septiembre de 2011

El sol sobre Alemania

El sol sobre Alemania
Es necesario superar el error del pasado de enfatizar cuanto divide a los cristianos e insistir en cambio en cuanto les une: la fe en el Dios trinitario revelado por Cristo y su testimonio en un mundo sediento de él, como si se adentrara más y más en un desierto sin agua

      Se puede ya extender a todo el viaje la acertada imagen del sol sobre Berlín elegida por Frankfurter Allgemeine Zeitung para titular un comentario al magistral discurso de Benedicto XVI —que, con una elección inteligente y periodísticamente perfecta, ha publicado íntegramente el autorizado periódico alemán—. No sólo y no tanto por el bellísimo tiempo fresco y soleado que está acompañando la visita, sino por su importancia en los distintos momentos. El sol, por lo tanto, resplandece sobre Alemania, donde Joseph Ratzinger ha regresado por tercera vez desde que fue elegido Papa para encontrar a la gente y hablar de Dios, como enseguida explicó.

      En la tradición cristiana la luz solar significa también aquella divina que ilumina el mundo, y precisamente el obispo de Roma ha elegido hablar de la luz de Dios al encontrar en Erfurt —justo donde el joven Lutero estudió teología— a los representantes evangélicos, acogido con auténtica cordialidad. Y naturalmente es la cuestión acerca de Dios, central en el pensamiento y en el tormento del joven monje agustino, lo que interesa sobre todo a Benedicto XVI. ¿Quién se preocupa de ello, incluso entre los cristianos? ¿Quién se toma en serio las propias faltas y la realidad del mal? Reflexionar sobre “la causa de Cristo” querida por Lutero, y por ello sobre la fe, es hoy el compromiso ecuménico principal, en un mundo donde pesa cada vez más la ausencia de Dios.  

      Precisamente utiliza el Papa la imagen de la luz para describir el progresivo distanciamiento del mundo respecto a Dios: al principio sus reflejos todavía lo iluminan, pero después el hombre acaba por perder su vida cada vez más. He aquí por qué es necesario superar el error del pasado de enfatizar cuanto divide a los cristianos e insistir en cambio —y ya es mucho— en cuanto les une: la fe en el Dios trinitario revelado por Cristo y su testimonio en un mundo sediento de él, como si se adentrara más y más en un desierto sin agua, como dijo Benedicto XVI en la homilía inaugural de su pontificado.

      Este testimonio común de los cristianos se debe reflejar —en sociedades donde la ética se sustituye con cálculos únicamente utilitaristas— en la lucha por defender «la dignidad inviolable del hombre, desde la concepción hasta la muerte». En diálogo con las otras religiones, y en particular con el judaísmo y con el islam, como ha repetido el Papa encontrando a algunos de sus representantes. Con los musulmanes y los judíos, en efecto, los cristianos y los católicos pueden y deben colaborar, en sociedades en las que hace falta combatir juntos a fin de garantizar la dimensión pública de las religiones y para crear, a través de la justicia, las condiciones para la paz: opus iustitiae pax, según la expresión veterotestamentaria elegida como lema por Eugenio Pacelli.

      En un tiempo de inquietud e indiferentismo, y en circunstancias que no raramente oprimen como en una prensa, quienes viven en la alegría de la Iglesia, que es el don más bello de Dios, deben dejarse transformar misteriosamente en el vino dulce de Cristo. Ofrecido a todos los hombres con amistad y con la razón. El hombre puede hoy destruir el mundo, y por ello, con la razón, hay que reencontrar los fundamentos del derecho. Como explicó en el Parlamento de Berlín —escribe sugestivamente Frankfurter Allgemeine Zeitung— el pescador de hombres llegado de Roma.

Giovanni Maria Vian
L´Osservatore Romano / Almudí

sábado, 24 de septiembre de 2011

Un papa en la tierra de Lutero

Un papa en la tierra de Lutero

Un viaje al corazón de Europa en medio de las crisis sobre su identidad

      Del 22 al 25 de septiembre, con el lema "Donde está Dios, ahí hay futuro", Benedicto XVI realiza una nueva visita apostólica internacional. Es ya la vigésimo primera desde su elección pontificia. El destino es su Alemania natal, con paradas en Berlín (con visitas oficiales al parlamento alemán y una misa en el Olympiastadion, donde Hitler clamó por la Guerra total), Erfurt —la ciudad católica de Lutero—, el santuario mariano de Etzelsbach y Friburgo de Frisgovia, donde mantendrá un encuentro con los miembros de la Conferencia episcopal alemana y con los jueces del Tribunal constitucional federal. En Alemania esto es posible. 

      En estos lugares se encontrará también no solo con protestantes, sino también con ortodoxos, judíos y musulmanes. En la actualidad, el 30,18% de los alemanes son católicos. El número de católicos bautizados asciende a casi 25 millones de personas (24.675.000), el 30,18% de la población. Hace poco que el número de católicos ha superado por poco a los protestantes, y el clima actual, no tiene nada que ver con las guerras de religión. La canciller alemana, Angela Merkel, hija de un pastor protestante, destacó por su parte que el viaje de Benedicto XVI anima a «la convergencia y la solidaridad entre los cristianos y la sociedad actual»
      Además el cardenal Koch, el suizo presidente del Pontificio consejo para la unidad de los cristianos, ha declarado que «la Iglesia católica y la Federación luterana mundial preparan una declaración común sobre la Reforma de cara al quinto centenario de la publicación de las 95 tesis de Lutero en 2017». En medio de la crisis económica que no cesa —más aún, hasta se incrementa, como ahora volveremos a decir— y mientras Alemania sigue siendo la locomotora de Europa, estos encuentros resultan más que interesantes. Un viaje al corazón de Europa en medio de las crisis sobre su identidad y del euro. El papa alemán ha hablado siempre de las raíces éticas de la crisis económica. A esto se une el hecho de que Benedicto XVI va a visitar a los osies, como se llama coloquialmente a los alemanes que viven en la antigua República democrática alemana.

Antecedentes
      Todo tiene una historia. En 1974, un Trabant —un pequeño coche de Alemania del Este— traqueteaba a través de los campos de Turingia, una provincia de la comunista República Democrática alemana. En el sitio del copiloto se sentaba el profesor Joseph Ratzinger y al volante estaba Joachim Wanke, entonces asistente del seminario local, el único en la RDA. Los dos sacerdotes, escribe Rainer Erice, un periodista de la radio alemana Mitteldeutsche Rundfunk Thüringen (MDR), se encontraban realizando una excursión a las históricas ciudades de Jena y Weimar. Era un momento de relajación durante la breve visita de Ratzinger a Alemania del Este, cuyo propósito era dar una serie de ponencias a los estudiantes y teólogos de Erfurt, capital de Turingia. 

      Lo importante de esta visita es que marcó el comienzo de la vigilancia a la que sometió la Stasi, o policía secreta de Alemania del Este, al profesor Ratzinger. Los documentos revelan que en 1974, la Stasi era muy consciente de que Ratzinger tenía futuro en la Iglesia, pero no tenían los espías adecuados para seguirle. En los informes, a pesar de que lo querían retratar negativamente, no pudieron evitar hacer alguna observación positiva. Además de alabar su gran inteligencia, destacaron: «Aunque puede parecer tímido al principio en una conversación, tiene un encanto que te gana».

      Ahora bien, ¿qué piensa Benedicto XVI de Lutero y de los protestantes? En su libro de 1987 titulado Iglesia, ecumenismo y política, Ratzinger escribió que había dos Luteros: uno el escritor del catecismo, compositor de himnos y promotor de la reforma litúrgica (este Lutero tendrá algo de precursor del Vaticano II); y otro Lutero polemista, que se centraba en el individuo, olvidándose del todo de la Iglesia. Han tenido lugar desde entonces muchos acuerdos y diálogos entre católicos y luteranos, además de con otros protestantes. Pero existen todavía importantes problemas: por ejemplo, en lo que se refiere al concepto de ministerio (la ordenación de mujeres y homosexuales sería un índice de ello), de autoridad (al no existir más que la de cada comunidad y tender más a una estructura democrática) y en lo que se refiere a la enseñanza moral, especialmente en el ámbito de la bioética. 

      A la vez, el conocimiento del papa actual del reformador alemán, así como su contribución directa a la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación (1999). El 3 de noviembre de 1998 mantuvo una reunión con algunas autoridades luteranas para desbloquear el acuerdo. Según Allen, la contribución de Ratzinger consistió sobre todo en tres acciones: en primer lugar, insistió que el diálogo ecuménico consistía en la "diversidad reconciliada", no en la fagocitación de otras confesiones cristianas. «Esto es importante para muchos luteranos en Alemania —dijo entonces Ratzinger—, quienes temen que nuestro último objetivo es su retorno a Roma».

      En segundo lugar, el cardenal Ratzinger reconoció a su vez la autoridad de la Confederación luterana mundial para alcanzar este acuerdo. Por último, Ratzinger se manifestó de acuerdo en que, mientras los cristianos hemos de hacer buenas obras, la justificación y el juicio de Dios corresponde a la misericordia de Dios. Faltaría más. El obispo George Anderson, de la Iglesia evangélico-luterana de América, quien no estuvo allí pero quien se carteó con los participantes afirmó: «Fue Ratzigner quien deshizo el nudo gordiano… Sin él no hubiera habido acuerdo».

Reacciones
      El teólogo luterano Reinhard Frieling sugirió no hace mucho que Benedicto podía ser declarado "cabeza honorario de la cristiandad", que está todavía muy lejos del "pleno, inmediato y universal potestad ordinaria en la Iglesia" proclamado por el Vaticano II. Pero esta sugerencia denota una gran apertura, sobre todo viniendo de un protestante (Lutero, con su énfasis habitual, había sostenido en numerosas ocasiones que el papa era el anticristo). Ahora la fórmula era "unidad con el papa, pero no bajo él". Por su parte, a los pocos días de su tercer viaje a Alemania, Benedicto XVI realizó un gran regalo a sus compatriotas, como muestra de buena voluntad: el envío a Dresde de una obra maestra de Rafael que antes jamás había salido de los Museos Vaticanos, la llamada Virgen de Foligno o Virgen Sixtina, conservada en Dresde desde mediados del siglo XVIII. María volvía a tierras alemanas, aunque no hemos de olvidar que está también en los cuadros de los luteranos Durero y Grünewald.

      No todo son datos a favor, sin embargo. Los obispos alemanes admitieron a la vez que la próxima visita del papa Benedicto XVI a su país de origen se produce en momentos en que el catolicismo en Alemania vive una "fase difícil", tras los escándalos sobre abusos sexuales en diversos centros educativos regentados por religiosos. «Vivimos una fase difícil y el santo padre no cierra los ojos ante la situación de la iglesia en Alemania», dijo el presidente de la Conferencia Episcopal germana y obispo de Friburgo, Robert Zöllitsch, durante una conferencia de prensa en Berlín unos días antes. 
      Las manifestaciones anti-papa han tenido también lugar ante la Puerta de Brandenburgo. Además algunas autoridades de Berlín han puesto trabas para desplegar grandes carteles de bienvenida al papa. En efecto, un tribunal administrativo falló en contra de la propuesta, señalando que dichas vallas podían resultar antiestéticas, ser una distracción para los conductores y causar accidentes de tráfico (tal vez estaban pensando en otro tipo de publicidad…). Los grandes carteles de casi diez metros cuadrados están permitidos en el distrito Mitte solo para campañas electorales y por "razones de abrumador interés público", que es determinado por las autoridades locales. También algunos parlamentarios declararon que no asistirían al discurso del pontífice, a pesar de haber sido aprovada la visita al Bundestag por mayoría.

      «Con Benedicto XVI parece que siempre funciona el “más difícil todavía”», comentaba un periodista español. En septiembre le espera la gran Alemania, su patria, y la estación central está en Berlín. Ciudad enigmática, cóctel explosivo de diversas esencias: la fría rigidez prusiana; la ideología marxista y el consiguiente vacío existencial; la inquietud cultural siempre en el filo de la protesta contra la tradición; y una suerte de contracultura ‘underground’ que convive con la soberbia tecnológica de una ciudad que quiere proyectarse al futuro a todo gas, quizás porque su pasado está lleno de incómodos fantasmas.

      Desde el punto de vista de la historia católica, Berlín es también el emblema de la Kulturkampf y de la atávica revuelta antirromana, que siempre encuentra en suelo germano un humus especialmente fértil. Bonito escenario para el papa nacido en Baviera [los bávaros son los tradicionales opositores de los berlineses], para el teólogo que ha desanudado todos los complejos ligados a ese malestar difuso que ahora puede convertirse en un torrente de improperios. Pero él quiere ir, sabe bien que tiene que ir precisamente allí. Se lo dijo a su paisano Peter Seewald: «sí, allí el rebaño está apremiado, y si el Señor me regala todavía la fuerza necesaria, iré con gusto»

      El papa alemán mantenía especial interés por su país. «Por un lado —decía Robert Zöllitsch, presidente de la conferencia episcopal alemana— su secretario, mons. Georg Gänswein, es un alemán. Lo informa sobre las cosas más importantes, también por Internet. No se puede pretender que el Papa navegue en internet directamente. Y luego tiene un amplio círculo de amigos en Alemania. Cuando me convertí en presidente de la Conferencia episcopal, me dieron enseguida el consejo de informar al Santo Padre, en lo posible, siempre directamente. Y debo decir que el papa Benedicto realmente escucha». Esperemos que ahora también Alemania, la tierra de Lutero, escuche al papa alemán.

Pablo Blanco Sarto. Universidad de Navarra
Alfa y Omega / Almudí