Introducción: El papel que escribes a tu medida
En una escuela como Xabec no solo venís a aprender una técnica o a manejar herramientas; venís a aprender a ser dueños de vuestro propio futuro. Un animal, como una oveja o un león, siempre repetirá el mismo papel que su especie lleva haciendo millones de años. El león no elige ser león; está programado. Pero vosotros elegís vuestro propio papel, lo escribís a vuestra medida con matices personales y lo lleváis a cabo. Eso es la libertad inteligente: la capacidad de proponerse una meta y gobernarse a uno mismo para alcanzarla.
1. Una libertad real, pero limitada
Para empezar, debemos ser realistas: nuestra libertad no es absoluta porque nosotros tampoco lo somos. Tenemos una triple limitación: física, psicológica y moral. Físicamente necesitamos comer y descansar; psicológicamente no podemos saberlo todo y nuestros sentimientos nos condicionan; y moralmente descubrimos que hay cosas que podemos hacer, pero no debemos hacer (como faltar al respeto a un compañero o hacer un mal trabajo).
Cada elección que hagáis en vuestra profesión y en vuestra vida lleva consigo una renuncia. Estar aquí formándoos significa renunciar en este momento a estar durmiendo o perdiendo el tiempo. Pero estas limitaciones no son negativas: son las reglas del juego. Una libertad sin condiciones no es real, y saber elegir lo superior sobre lo inferior es lo que os hará crecer.
2. Profesionales excelentes que actúan en primera persona
Un profesional excelente no es un autómata que se mueve por inercia o porque "se lo mandan". Es alguien que actúa en primera persona. Y todo acto libre es imputable, es decir, tiene un autor: vosotros. Por eso, la libertad es inseparable de la responsabilidad. Como decía el psiquiatra Viktor Frankl, la libertad corre el peligro de degenerar en arbitrariedad si no se vive con responsabilidad. Él recomendaba que la Estatua de la Libertad en Nueva York se complementara con una Estatua de la Responsabilidad en la costa oeste. En el taller, en la empresa o en la oficina, vuestro prestigio se ganará respondiendo de vuestras propias elecciones y de la calidad de vuestro trabajo.
3. Libertad, templanza y dominio de sí
A veces se confunde erróneamente lo libre con lo espontáneo. Hay quienes piensan: "soy libre si hago lo que me apetece en cada momento". Pero la realidad es justo la contraria. Espontáneamente preferiríamos rechazar el esfuerzo, dejar las tareas a medias o caer en dependencias y adicciones (como el juego, las pantallas o las drogas) que prometen una falsa libertad pero terminan encadenándonos. Solo somos verdaderamente libres cuando entre el estímulo y nuestra respuesta interponemos la razón y la voluntad. Cuanto mayor es el dominio de uno mismo, mayor es la libertad. La templanza no os quita libertad; os da el control del timón de vuestra vida para que no os arrastren los impulsos del momento.
4. Madurez y sinceridad: la valentía de rectificar
Elegir el mal o equivocarse es una imperfección de nuestra libertad, algo que nos pasa a todos por no haber advertido el peligro o por debilidad. El problema surge cuando, para evitar la vergüenza de nuestra propia incoherencia, intentamos torcer la realidad buscando falsas justificaciones: "es que a mí me parece", "esto es normal" o "todo el mundo lo hace". La verdadera madurez y el ejercicio más inteligente de la libertad consisten en ser sinceros con uno mismo y con los demás. Se necesita mucha libertad interior para reconocer un error, pedir perdón en el equipo de trabajo y rectificar a tiempo. Eso es lo que define a un profesional íntegro en quien se puede confiar.
5. La libertad cristiana: Jesucristo en el taller de Nazaret
Para terminar, si miramos este valor desde una perspectiva cristiana, encontramos el modelo definitivo en Jesucristo. Él no vino al mundo a ser un teórico; pasó la inmensa mayoría de su vida terrenal trabajando como un profesional de los pies a la cabeza en el taller de José. Allí, trabajando con constancia, detalle y esfuerzo, demostró que la libertad bien ejercida se convierte en un servicio hacia los demás.
San Josemaría Escrivá, precisamente al hablar de esos años de trabajo oculto en su homilía "En el taller de José", nos recordaba cómo la vida corriente y el trabajo bien hecho se convierten en un camino de encuentro con Dios. Nos decía: «Jesús trabajó en el taller de José y junto a José. ¿Cómo sería José, cómo habría obrado en él la gracia, para ser capaz de llevar a cabo la tarea de sacar adelante en lo humano al Hijo de Dios? Porque Jesús debía parecerse a José: en el modo de trabajar, en rasgos de su carácter, en la manera de hablar». Jesús dignificó el oficio manual y técnico, demostrando que la mayor muestra de libertad e inteligencia es poner el talento propio al servicio de la sociedad, haciendo todo bien y por amor.

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