miércoles, 16 de enero de 2019

Esa Iglesia que no saben medir las encuestas

Santiago de Chile
Escribe Lillian Calm: Muchos de quienes estudiaron mi misma profesión se han dado un verdadero festín con la encuesta CEP, cuyo fin ha sido medir la confianza depositada por los chilenos en la Iglesia. Concuerdo con que las cifras son alarmantes: se registra una caída del 51% al 13% en 20 años. 
Si incluso en España el diario El País tituló hace solo unos días: «La confianza en la Iglesia se desploma en Chile tras el escándalo de los abusos» y «los declarados católicos en el país bajan de 69% a un 55%».

Tal vez esas cifras sean fidedignas o, pienso, se acercan a la realidad sobre todo después de las vicisitudes por las que ha atravesado la Iglesia en Chile, en las que no voy a abundar, y que han provocado la enérgica y oportuna reacción del Papa Francisco.
Pero lo que me llama muchísimo la atención, y habrá que convenir que poco se ha tratado, es el desconocimiento existente no solo sobre lo que hace la Iglesia, que es inconmensurable, sino sobre lo que es la Iglesia.
Y hay además un tercer factor: las encuestas también se equivocan. No me refiero a ésta en particular porque tendría que estudiarse más a fondo, pero me basta comprobar cómo estos sondeos, supuestamente tan científicos, desbarraron medio a medio en nuestra última elección presidencial.
Vuelvo a las cifras de la encuesta sobre la Iglesia y me asalta una primera pregunta: ¿dónde se inserta aquí lo que llamamos la piedad popular? Me explico: diez días antes de que apareciera la famosa medición, el 8 de diciembre para ser más precisos, cerca de un millón de peregrinos llegaron a Lo Vásquez para visitar a la Virgen, como precisó el propio rector de ese santuario. Cien sacerdotes confesaban y celebraban misas, pero eso no fue noticia. Muy pocos medios se interesaron por ese balance. Prefirieron centrarse en algunos desmayos o en los desvíos de tránsito, lo que no dejó de ser muy útil por lo demás… pero no fue lo único.
Sí. Muy escasa cobertura tuvo ese fervor religioso si lo comparamos con la publicidad que alcanzarían los resultados negativos para la Iglesia de la encuesta CEP. Quiero creer que el CEP hace excelentes mediciones, pero todas sus preguntas son, como es lógico −y estoy muy lejos de criticarlo−, demasiado “tejas abajo”. Y aquí se está calibrando una institución que también es “tejas arriba”.
Y esto me hace traer a la memoria algunos matices recogidos por aquí y por allá, que si bien tienen poco que ver entre sí, yo diría que tienen mucho que ver.
En 2012 se hizo una encuesta sobre la religiosidad de los argentinos. Con mucha gracia y por televisión, el obispo trasandino Héctor Aguer relató al conocer los resultados: «En esta encuesta llama la atención el hecho de que, felizmente, tras una puja cuerpo a cuerpo, Nuestro Señor Jesucristo le haya ganado por cinco puntos a san Expedito. Este triunfo agónico, que debe haber proporcionado un inmenso suspiro de alivio al mismo san Expedito, confirma que debemos formar mejor las conciencias y los corazones…».
No sé qué habría dicho el obispo argentino si hubiera sabido que aquí, según esta encuesta criolla, claro, creer en el “mal de ojo” le gana incluso a la devoción a la Virgen.
Tiempo atrás anoté una frase del predicador de la Casa Pontificia, el franciscano capuchino Raniero Cantalamessa, y me reafirmé en mi convicción de que, en todo caso, es imposible escudriñar la Iglesia sin el ingrediente sobrenatural. Porque más que cantidades, en la Iglesia hay algo que la aritmética no puede medir, ni menos las encuestas: es la santidad, que a pesar de que no se ve, existe y es silenciosa.
Señalaba el predicador capuchino:
«Si alguien mira las vidrieras de una antigua catedral desde la calle, no verá más que trozos de vidrio oscuros unidos por tiras de plomo negro; pero si atraviesa el umbral y las mira desde dentro, a contraluz, entonces verá un espectáculo de colores y de figuras que lo dejan sin respiración. Lo mismo ocurre con la Iglesia. El que la mira desde fuera, con los ojos del mundo, no ve más que lados oscuros y miserias; pero el que la mira desde dentro, con los ojos de la fe y sintiéndose parte de ella, verá lo que veía san Pablo: un maravilloso edificio, un cuerpo bien ensamblado, una esposa sin mancha, ¡un ‘gran misterio’!».
Otro autor, el sacerdote Francisco Fernández Carvajal, en un libro que sugestivamente titula El día que cambié mi vida, toma los escritos de Cantalamessa y se plantea interrogantes: «¿Y las incoherencias de la Iglesia?, ¿y los escándalos que a veces aparecen en la prensa? Esta Iglesia, ¿es realmente digna de crédito? ¿Se la puede amar?».
Y surge su respuesta: entonces explica que su Fundador es Cristo, que en ella se encuentran los sacramentos… y que su santidad, que los teólogos llaman ontológica porque pertenece a su propio ser, y que no aumenta ni disminuye sino siempre es plena, «debería reflejarse en la santidad de sus miembros (…) Pero, como podemos comprobar, no siempre es así».
Retomo a Cantalamessa:
«La Iglesia camina lenta, qué duda cabe. Camina lenta en la evangelización, en la respuesta a los signos de los tiempos, en la defensa de los pobres y en tantas y tantas otras cosas. ¿Pero sabéis por qué camina tan lenta? Porque nos lleva a hombros a nosotros, que aún estamos llenos de todo el lastre del pecado (…) La Iglesia tendría una arruga de menos, si yo hubiese cometido un pecado menos. A uno de los Reformadores que le echaba en cara el que siguiese en la Iglesia católica a pesar de su “corrupción”, Erasmo de Rotterdam le contestó un día: “Soporto a esta Iglesia, con la esperanza de que se haga mejor, dado que ella se ve obligada a soportarme a mí, con la esperanza de que yo me haga mejor”».
Para los que no saben comprender que la santidad de la Iglesia no tiene nada que ver con las miserias de nosotros, los fieles, para quienes no saben trasuntar su fe ni siquiera en las encuestas, y que el tema no es de mayorías ni de minorías, prefiero quedarme con la anécdota de un niño chino que, según nos relata el ya mencionado Fernández Carvajal, llega a su clase de catecismo, a la misión, sin saber que el sacerdote ha sido detenido. Un agente comunista le pregunta:
−¿Adónde vas?
− A catequesis.
−Ya no hay catequesis.
Entonces voy a ver al sacerdote.
Ya no hay sacerdote.
−Entonces voy a la Iglesia.
Ya no hay Iglesia.
Y el niño chino contesta:
−Yo estoy bautizado… Yo soy la Iglesia.
Ese niño chino, lo tengo clarísimo, comprendía muy bien lo que muchos grandes, mayores que él, aún ni siquiera empiezan a entender.
Lillian Calm es periodista.
Fuente: temas.cl.
almudi.org
Juan Ramón Domínguez Palacios
http://enlacumbre2028.blogspot.com.es

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