EL SEÑOR, a todos los que le recibieron, que son los que
creen en su nombre, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios, los cuales no
nacen de la sangre ni de la voluntad de la carne ni de querer de hombre, sino
que nacen de Dios. (1) Ioann. I, 12-13
El misterio de la filiación divina, fundamento de nuestra
vida espiritual, es la obra cumbre de la Redención: el Verbo se hizo carne y
habitó entre nosotros, y nosotros hemos visto su gloria, gloria cual el
Unigénito debía recibir del Padre, lleno de gracia y de verdad. (2) Ibid., 14.
Anticipándose a la venida de su Hijo, había dicho Dios: Yo os acogeré, y seré
vuestro Padre, y vosotros seréis mis hijos y mis hijas. (3) II Cor. VI 18
Éramos incapaces de comportarnos siquiera como buenos
siervos, y Dios nos ha hecho, por la gracia, divinae consortes naturae, (4) II
Petr. I, 4. partícipes de la naturaleza divina. Esto sólo basta para
condicionar sobrenaturalmente —si damos buen uso a nuestra libertad— la manera
de ser y de actuar. Tanto más cuanto que Dios, para adoptarnos como hijos,
quiso rescatarnos no con plata u oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa
del Cordero Inmaculado que es Cristo. (5) I Petr. I, 18.
Nosotros somos ya ahora hijos de Dios; (6) I Ioann. III, 2.
e importa mucho que seamos conscientes de esta realidad maravillosa, para
llevar a nuestro trato con Dios y con quienes lo representan el espíritu
filial, el tono de familia y los modos propios de un buen hijo.
La filiación divina es una verdad gozosa, un misterio
consolador. La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual, porque nos
enseña a tratar, a conocer, a amar a nuestro Padre del Cielo, y así colma de
esperanza nuestra lucha interior, y nos da la sencillez confiada de los hijos
pequeños. Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa realidad nos
lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han
salido de las manos de Dios Padre Creador. Y de este modo somos contemplativos
en medio del mundo, amando al mundo. (7) Es Cristo que pasa, n. 64.
La filiación divina, concluye nuestro Padre, es una
condición que nos transforma en algo más trascendente que en personas que se
soportan mutuamente. Escucha al Señor: "vos autem dixi amicos!"
—somos sus amigos, que, como Él, dan gustosamente su vida los unos por los
otros, en la hora heroica y en la convivencia corriente. (8) Surco, n. 750.
HEMOS sido adoptados por Dios, en Cristo, como hijos suyos.
Pero la adopción divina entraña una profunda transformación, que sobrepasa
inmensamente las consecuencias de la simple adopción humana: esto tiene de más
la adopción divina que la humana: por medio del don de la gracia, Dios hace
idóneo al hombre que adopta para recibir la herencia celestial; el hombre, por
el contrario, no hace idóneo a aquél a quien adopta, sino más bien elige para
adoptar a quien era ya idóneo. (9) Santo Tomás, S. Th. III, q. 23, a. 1 c. La
filiación divina nos lleva a vivir la misma vida de Cristo, y nos hace
herederos de la gloria, porque el Cielo es el patrimonio que se destina a los
hijos, la porción escogida que tan sólo a ellos pertenece. Será ahora menester
que procuremos hacernos dignos de la herencia, que aprendamos a conducirnos
como corresponde a nuestra nueva condición.
Adquirir los sentimientos y las maneras de un buen hijo,
llegar a tener para Dios una piedad filial, tierna y sincera, a imitación de
Jesucristo, es todo un programa de vida interior, al que las Normas y
Costumbres de la Obra nos conducen derechamente. Esas prácticas te llevarán,
casi sin darte cuenta, a la oración contemplativa, dejó escrito nuestro
Fundador. Brotarán de tu alma más actos de amor, jaculatorias, acciones de
gracias, actos de desagravio, comuniones espirituales. Y esto, mientras
atiendes tus obligaciones: al descolgar el teléfono, al subir a un medio de
transporte, al cerrar o abrir una puerta, al pasar ante una iglesia, al
comenzar una nueva tarea, al realizarla y al concluirla; todo lo referirás a tu
Padre Dios. (10) Amigos de Dios, n. 149.
Llegar a ser sencillos y transparentes en el trato con Dios,
con los Directores, con nuestros hermanos; a esto tiende la formación que la
Obra nos da, y a eso nos conduce el sabernos hijos de Dios. Porque la piedad
que nace de la filiación divina es una actitud profunda del alma, que acaba por
informar la existencia entera: está presente en todos los pensamientos, en
todos los deseos, en todos los afectos. ¿No habíais observado que, en las
familias, los hijos, aun sin darse cuenta, imitan a sus padres: repiten sus
gestos, sus costumbres, coinciden en tantos modos de comportarse?
Pues lo mismo sucede en la conducta del buen hijo de Dios:
se alcanza también —sin que se sepa cómo, ni por qué camino— ese endiosamiento
maravilloso, que nos ayuda a enfocar los acontecimientos con el relieve
sobrenatural de la fe; se ama a todos los hombres como nuestro Padre del Cielo
los ama y —esto es lo que más cuenta—se obtiene un brío nuevo en nuestro
esfuerzo cotidiano por acercarnos al Señor. (11) Amigos de Dios, n. 146.
SI EL mismo Dios ha querido hacerse niño, si nuestro
Salvador llegará dentro de breves días como un recién nacido, ¿cómo no íbamos a
querer nosotros hacernos niños también? Ante nuestro Padre Dios, sería tonto
presumir de mayores, adoptar la actitud suficiente del adulto. Además, son los
hijos pequeños los que gozan de las preferencias del corazón del padre. Por
eso, Jesús, no contento con habernos alcanzado la gracia de la filiación
divina, ha querido también enseñarnos que la infancia espiritual, el hacerse
semejantes a los niños, con sus virtudes características, es condición
indispensable para entrar en el reino de los cielos.
Se acercaron los discípulos a Jesús, y le hicieron esta
pregunta: ¿quién será el mayor en el reino de los cielos? Y Jesús, llamando a
sí un niño, le colocó en medio y dijo: en verdad os digo, que si no os volvéis
y hacéis semejantes a los niños, no entraréis en el reino de los cielos.(12)
Matth. XVIII, 1-3.Y San Jerónimo comenta: como este niño que os propongo de
ejemplo (...) no piensa una cosa y dice otra distinta, así también vosotros; si
no tuviereis tal inocencia y pureza de intención, no podréis entrar en el reino
de los cielos. (13) San Jerónimo, In Evangelium Matthaei commentarium I, 18, 4.
¡Que seáis muy niños!,urgía nuestro Padre. Y cuanto más,
mejor. Os lo dice la experiencia de este sacerdote, que se ha tenido que
levantar muchas veces a lo largo de estos treinta y seis años —¡qué largos y
qué cortos se me han hecho! —, que lleva tratando de cumplir una Voluntad
precisa de Dios. Una cosa me ha ayudado siempre: que sigo siendo niño, y me
meto continuamente en el regazo de mi Madre y en el Corazón de Cristo, mi
Señor. (14) Amigos de Dios, n. 147.
Es la sencillez que tanto conviene a un hijo de Dios en su
Obra. Nuestra ascética tiene la sencillez del Evangelio. La complicaríamos si
fuéramos complicados, si dejásemos el corazón oscuro, si no fuese absoluta
nuestra sinceridad. (15) De nuestro Padre, Crónica XII-59, pp. 6-7. Nos
ejercitamos prácticamente en la sencillez cuando somos sinceros con los
Directores, y procuramos lograr en el trato con nuestros hermanos una cordial y
amable naturalidad, sin familiaridades, pero también sin afectación o engolamiento.
Intentar conseguirlo puede ser un tema de lucha ascética,
porque muchas veces exigirá vencernos; pero es un vencimiento gratísimo a Dios
y muy a propósito, además, para estas próximas fiestas de Navidad, en que la
vida en familia ha sido siempre particularmente íntima y entrañable.
Pidamos a la Virgen que nos ayude a alcanzar la sencillez de
los niños, para que sepamos tratar como conviene a su Hijo que está al llegar,
a Jesús Niño.
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