lunes, 31 de agosto de 2026

meditación FD

 

EL SEÑOR, a todos los que le recibieron, que son los que creen en su nombre, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios, los cuales no nacen de la sangre ni de la voluntad de la carne ni de querer de hombre, sino que nacen de Dios. (1) Ioann. I, 12-13

El misterio de la filiación divina, fundamento de nuestra vida espiritual, es la obra cumbre de la Redención: el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y nosotros hemos visto su gloria, gloria cual el Unigénito debía recibir del Padre, lleno de gracia y de verdad. (2) Ibid., 14. Anticipándose a la venida de su Hijo, había dicho Dios: Yo os acogeré, y seré vuestro Padre, y vosotros seréis mis hijos y mis hijas. (3) II Cor. VI 18

Éramos incapaces de comportarnos siquiera como buenos siervos, y Dios nos ha hecho, por la gracia, divinae consortes naturae, (4) II Petr. I, 4. partícipes de la naturaleza divina. Esto sólo basta para condicionar sobrenaturalmente —si damos buen uso a nuestra libertad— la manera de ser y de actuar. Tanto más cuanto que Dios, para adoptarnos como hijos, quiso rescatarnos no con plata u oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa del Cordero Inmaculado que es Cristo. (5) I Petr. I, 18.

Nosotros somos ya ahora hijos de Dios; (6) I Ioann. III, 2. e importa mucho que seamos conscientes de esta realidad maravillosa, para llevar a nuestro trato con Dios y con quienes lo representan el espíritu filial, el tono de familia y los modos propios de un buen hijo.

La filiación divina es una verdad gozosa, un misterio consolador. La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual, porque nos enseña a tratar, a conocer, a amar a nuestro Padre del Cielo, y así colma de esperanza nuestra lucha interior, y nos da la sencillez confiada de los hijos pequeños. Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador. Y de este modo somos contemplativos en medio del mundo, amando al mundo. (7) Es Cristo que pasa, n. 64.

La filiación divina, concluye nuestro Padre, es una condición que nos transforma en algo más trascendente que en personas que se soportan mutuamente. Escucha al Señor: "vos autem dixi amicos!" —somos sus amigos, que, como Él, dan gustosamente su vida los unos por los otros, en la hora heroica y en la convivencia corriente. (8) Surco, n. 750.

 

HEMOS sido adoptados por Dios, en Cristo, como hijos suyos. Pero la adopción divina entraña una profunda transformación, que sobrepasa inmensamente las consecuencias de la simple adopción humana: esto tiene de más la adopción divina que la humana: por medio del don de la gracia, Dios hace idóneo al hombre que adopta para recibir la herencia celestial; el hombre, por el contrario, no hace idóneo a aquél a quien adopta, sino más bien elige para adoptar a quien era ya idóneo. (9) Santo Tomás, S. Th. III, q. 23, a. 1 c. La filiación divina nos lleva a vivir la misma vida de Cristo, y nos hace herederos de la gloria, porque el Cielo es el patrimonio que se destina a los hijos, la porción escogida que tan sólo a ellos pertenece. Será ahora menester que procuremos hacernos dignos de la herencia, que aprendamos a conducirnos como corresponde a nuestra nueva condición.

Adquirir los sentimientos y las maneras de un buen hijo, llegar a tener para Dios una piedad filial, tierna y sincera, a imitación de Jesucristo, es todo un programa de vida interior, al que las Normas y Costumbres de la Obra nos conducen derechamente. Esas prácticas te llevarán, casi sin darte cuenta, a la oración contemplativa, dejó escrito nuestro Fundador. Brotarán de tu alma más actos de amor, jaculatorias, acciones de gracias, actos de desagravio, comuniones espirituales. Y esto, mientras atiendes tus obligaciones: al descolgar el teléfono, al subir a un medio de transporte, al cerrar o abrir una puerta, al pasar ante una iglesia, al comenzar una nueva tarea, al realizarla y al concluirla; todo lo referirás a tu Padre Dios. (10) Amigos de Dios, n. 149.

Llegar a ser sencillos y transparentes en el trato con Dios, con los Directores, con nuestros hermanos; a esto tiende la formación que la Obra nos da, y a eso nos conduce el sabernos hijos de Dios. Porque la piedad que nace de la filiación divina es una actitud profunda del alma, que acaba por informar la existencia entera: está presente en todos los pensamientos, en todos los deseos, en todos los afectos. ¿No habíais observado que, en las familias, los hijos, aun sin darse cuenta, imitan a sus padres: repiten sus gestos, sus costumbres, coinciden en tantos modos de comportarse?

Pues lo mismo sucede en la conducta del buen hijo de Dios: se alcanza también —sin que se sepa cómo, ni por qué camino— ese endiosamiento maravilloso, que nos ayuda a enfocar los acontecimientos con el relieve sobrenatural de la fe; se ama a todos los hombres como nuestro Padre del Cielo los ama y —esto es lo que más cuenta—se obtiene un brío nuevo en nuestro esfuerzo cotidiano por acercarnos al Señor. (11) Amigos de Dios, n. 146.

 

SI EL mismo Dios ha querido hacerse niño, si nuestro Salvador llegará dentro de breves días como un recién nacido, ¿cómo no íbamos a querer nosotros hacernos niños también? Ante nuestro Padre Dios, sería tonto presumir de mayores, adoptar la actitud suficiente del adulto. Además, son los hijos pequeños los que gozan de las preferencias del corazón del padre. Por eso, Jesús, no contento con habernos alcanzado la gracia de la filiación divina, ha querido también enseñarnos que la infancia espiritual, el hacerse semejantes a los niños, con sus virtudes características, es condición indispensable para entrar en el reino de los cielos.

Se acercaron los discípulos a Jesús, y le hicieron esta pregunta: ¿quién será el mayor en el reino de los cielos? Y Jesús, llamando a sí un niño, le colocó en medio y dijo: en verdad os digo, que si no os volvéis y hacéis semejantes a los niños, no entraréis en el reino de los cielos.(12) Matth. XVIII, 1-3.Y San Jerónimo comenta: como este niño que os propongo de ejemplo (...) no piensa una cosa y dice otra distinta, así también vosotros; si no tuviereis tal inocencia y pureza de intención, no podréis entrar en el reino de los cielos. (13) San Jerónimo, In Evangelium Matthaei commentarium I, 18, 4.

¡Que seáis muy niños!,urgía nuestro Padre. Y cuanto más, mejor. Os lo dice la experiencia de este sacerdote, que se ha tenido que levantar muchas veces a lo largo de estos treinta y seis años —¡qué largos y qué cortos se me han hecho! —, que lleva tratando de cumplir una Voluntad precisa de Dios. Una cosa me ha ayudado siempre: que sigo siendo niño, y me meto continuamente en el regazo de mi Madre y en el Corazón de Cristo, mi Señor. (14) Amigos de Dios, n. 147.

Es la sencillez que tanto conviene a un hijo de Dios en su Obra. Nuestra ascética tiene la sencillez del Evangelio. La complicaríamos si fuéramos complicados, si dejásemos el corazón oscuro, si no fuese absoluta nuestra sinceridad. (15) De nuestro Padre, Crónica XII-59, pp. 6-7. Nos ejercitamos prácticamente en la sencillez cuando somos sinceros con los Directores, y procuramos lograr en el trato con nuestros hermanos una cordial y amable naturalidad, sin familiaridades, pero también sin afectación o engolamiento.

Intentar conseguirlo puede ser un tema de lucha ascética, porque muchas veces exigirá vencernos; pero es un vencimiento gratísimo a Dios y muy a propósito, además, para estas próximas fiestas de Navidad, en que la vida en familia ha sido siempre particularmente íntima y entrañable.

Pidamos a la Virgen que nos ayude a alcanzar la sencillez de los niños, para que sepamos tratar como conviene a su Hijo que está al llegar, a Jesús Niño.

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