lunes, 23 de septiembre de 2013

En busca de la alegría

   
   La alegría —dice Santo Tomás— es el primer efecto del amor y, por tanto, de la entrega [1]. Se podría decir que hay tantas clases de alegría como clases de amor; la alegría de quien ama una buena comida es bien distinta de la que goza quien acaba de enamorarse. Dime dónde está tu alegría, se podría decir, y te diré dónde está tu amor.

   La alegría de amar a Dios no tiene comparación, «no es esa que podríamos llamar fisiológica, de animal sano, sino otra sobrenatural, que procede de abandonar todo y abandonarte en los brazos amorosos de nuestro Padre-Dios» [2]. El cristiano es alegre porque la esencia de su vida es amor de Dios. Es inconcebible un verdadero cristiano que viva su fe sin alegría.


   Se fundamenta esta alegría en la vida de fe, en la esperanza sobrenatural, en el amor entregado. Es compatible con el dolor, con el fracaso humano, con la pobreza de bienes materiales.

   La alegría verdadera es la de todos aquellos que se encontraron con Dios en las situaciones y circunstancias más diversas de la vida y supieron ser consecuentes. ¿Por qué no le habéis prendido?, preguntó el jefe de la guardia del templo a aquellos que posiblemente se buscaron un arresto o un despido al desobedecer. Es que jamás hombre alguno —dijeron— habló nunca como este hombre (Jn 7, 46); o la dicha de Pedro en el Tabor: Señor, bueno es quedarnos aquí (Mc 9, 5); o el inmenso gozo de los Magos al encontrar de nuevo la estrella que les conducía hasta Jesús Niño (cfr. Mt 2, 10); o la alegría satisfecha del anciano Simeón: Ahora, Señor, ya puedes llevarte a tu siervo de este mundo, porque mis ojos han visto la salvación (Lc 2, 29-30); o el gozo de aquellos dos que caminan hacia Emaús y llevan en el alma, antes del encuentro con Cristo caminante, un profundo desaliento (cfr. Lc 24, 13-35); San Pablo, precisamente en el momento en que relata los padecimientos que está sufriendo por causa de la fe, declara abiertamente: estoy lleno de consuelo y sobreabundó de gozo en todas nuestras tribulaciones (cfr. 2 Cor 7, 4);... Y entre todas, la alegría de María: Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu está transportado de alegría en Dios, salvador mío (Lc 1, 46-47).

En los relatos de la Resurrección que nos han dejado los Evangelistas se nota una alegría especial, que llevarán los Apóstoles siempre en su alma, a pesar de dificultades y persecuciones. Es el cumplimiento de la promesa que hiciera el Señor en la última Cena: Y Yo os daré una alegría que nadie os podrá quitar (Jn 16, 22).

Cada vez que se aparece el Señor a sus discípulos en los días siguientes a la Resurrección, los escritores sagrados nos han dejado la misma constancia: los Apóstoles se alegraron viendo al Señor (cfr. Jn 20, 20). Su alegría no depende del estado de ánimo, ni de la salud, ni de ninguna otra causa humana, sino de haber visto al Señor, de haber estado con Él. Lo mismo ocurre en la Anunciación de la Virgen; el Ángel le dice a María: Alégrate llena de gracia, y, enseguida le da el motivo: porque el Señor está consigo (cfr. Lc 2, 28). Es la cercanía de Dios el motivo de aquella alegría profunda, de aquel gozo incomparable.

Nosotros estamos alegres cuando el Señor está presente en nuestra vida, cuando no lo hemos perdido, ni se han empañado nuestros ojos por la tibieza o la falta de generosidad. Cuando, para encontrar la felicidad, se ensayan otros caminos fuera de Dios, al final sólo se encuentra soledad y tristeza. La experiencia de todos los que, de una forma u otra, volvieron la cara hacia otro lado para no ver a Dios, ha sido siempre la misma: han comprobado que fuera de Dios no hay felicidad. Por el contrario, cada paso que damos hacia Cristo es un paso hacia la alegría, hacia la plenitud. Es la piedra preciosa de la que nos habla el Evangelio (cfr. Mt 13, 45-46). Encontrar a Cristo (y volverlo a encontrar) supone una alegría profunda siempre nueva. En comparación con Él ninguna otra cosa merece ser tenida en cuenta. Por encontrarlo han de parecernos pocos todos los esfuerzos y sacrificios. Ha de ser la primera de nuestras intenciones, la que más nos preocupe.

En Cristo está nuestra esperanza; de Él depende nuestra seguridad y una especial alegría «que se asienta en todo momento en el corazón del cristiano. Porque Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos.

»No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel: Dios con nosotros. Su resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos. ¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidare, no me olvidaré de ti (Is 49, 14-15), había prometido. Y ha cumplido su promesa. Dios sigue teniendo sus delicias entre los hijos de los hombres (Pr 8, 31)» [3].

Su presencia entre nosotros es la fuente de nuestras alegrías verdaderas. «¿Cómo se puede ser pesimista, si Nuestro Señor ha prometido que estará con nosotros hasta el fin de los siglos? (Cfr. Mt 28, 20)» [4].

La alegría cristiana es de una naturaleza especial. Es capaz de subsistir en medio de todas las pruebas, incluso en los momentos más oscuros. Puede elevarse siempre sobre la hora presente por difícil que ésta pueda ser o parecer. Y deberá ser lo normal para un cristiano con fe verdadera; algo no va en el alma cuando somos infelices, cuando estamos tristes.

Lo normal para nosotros los cristianos es estar alegres con alegría interior. La infelicidad, el pesimismo y la tristeza serán siempre algo extraño para el cristiano. Algo que necesita de un remedio urgente.

Viene la desesperanza y la tristeza cuando ponemos nuestro corazón de modo desordenado en nosotros mismos y en las cosas. El egoísmo —en cualquiera de sus formas— es origen siempre de falta de esperanza y, a la vez, de tristeza y de falta de paz.

El error más grande de los hombres sería basar su vida sobre la falsa seguridad del bienestar material, sobre el prestigio humano, sobre el dinero, sobre cosas de poca o ninguna consistencia. «A todos esos hombres y a todas esas mujeres, estén donde estén, en sus momentos de exaltación o en sus crisis y derrotas, les hemos de hacer llegar el anuncio solemne y tajante de San Pedro, durante los días que siguieron a la Pentecostés: Jesús es la piedra angular, el Redentor, el todo de nuestra vida, porque fuera de Él no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo, por el cual podamos ser salvos (Act 4, 12)» [5]. Quien se olvida de sí mismo —el que se niega y pierde su vida— por Cristo alcanza la verdadera libertad, la capacidad de mirar a Dios, porque ya no está pendiente de sí. Era la aspiración del Bautista: es preciso que Él crezca y yo mengüe.

Este poner a Cristo en primer plano y nuestro yo en segundo lugar, está en el origen y en la base de la alegría y de la misma vocación cristiana.

A la alegría le ocurre como a esas plantas de alta montaña, que están hechas para vivir arriba. Abajo, en el valle, se ahogan. La tristeza nace precisamente del olvido de los grandes horizontes que Dios pone delante de nosotros. Esta alegría es posible cuando vivimos en un tono alto de vida interior, de correspondencia a la gracia.

 La fe, fuente de alegría

La fe es la fuente de la alegría cristiana. Esto os lo digo para que yo me goce en vosotros y vuestro gozo sea cumplido (Jn 15, 11). Nuestro optimismo no se basa en razones humanas, sino que se fundamenta en Dios.

Si vivimos nuestra fe veremos el mundo de una manera distinta, serena y alegre, tal como es, como Dios lo ve: «La fe hace que miremos lo que nos rodea con una luz nueva, y que, permaneciendo todo igual, advirtamos que todo es distinto, porque todo es expresión del amor de Dios. Nuestra vida se convierte así en una continua oración, en un buen humor y en una paz que nunca se acaban, en un acto de acción de gracias desgranado a través de las horas» [6]. En la fe encontramos el sentido de nuestra vida en cualquier circunstancia en la que nos hallemos, porque «el que vive de fe puede encontrar la dificultad y la lucha, el dolor y hasta la amargura, pero nunca el desánimo ni la angustia, porque sabe que su vida sirve, sabe para qué ha venido a esta tierra» [7].

Por esto siempre se puede exigir de un cristiano que esté alegre. Lleva siempre con él la fuente de su alegría. Como hombre podrá tener razones muy diversas para estar triste, pero como cristiano siempre tendrá al menos una para estar alegre: que es hijo de Dios. Él es el Creador de todo cuanto existe y a cada uno de sus hijos nos mira con un amor que sobrepasa todo lo que podamos imaginar. ¿Por qué andar tristes o angustiados? Toda nuestra vida está en las manos de nuestro Padre Dios, que sólo quiere nuestro bien, temporal y eterno, y a ese fin encamina todos los acontecimientos. El que efectivamente sean para nuestro bien, ya sólo depende de nosotros: de que nos empeñemos en conformar nuestra voluntad con la suya. Es un abandono de hijos que confían en la bondad del querer de su Padre, nunca una resignación vacía ante los acontecimientos o las cosas.

Tener esa certeza de que Dios quiere lo mejor para nosotros nos lleva a una confianza serena y alegre, también ante la dureza, en ocasiones, de lo inesperado. En esos momentos que un hombre sin fe consideraría como golpes fatales y sin sentido, el cristiano descubre al Señor y, con Él, un bien mucho más alto. «¡Cuántas contrariedades desaparecen, cuando interiormente nos colocamos bien próximos a ese Dios nuestro que nunca abandona! Se renueva con distintos matices, ese amor de Jesús por los suyos, por los enfermos, por los tullidos, que pregunta: ¿qué te pasa? Me pasa... Y, en seguida, luz o, al menos, aceptación y paz» [8]. Junto a Cristo siempre encontramos la paz.
Nuestros mismos pecados no nos desesperan. Nos llevan a la humildad y a confiar más en la gracia y menos en nosotros mismos. «Cuando imaginamos que todo se hunde ante nuestros ojos, no se hunde nada, porque Tú eres, Señor, mi fortaleza (Sal 62, 2). Si Dios habita en nuestra alma, todo lo demás, por importante que parezca, es accidental, transitorio; en cambio, nosotros, en Dios, somos lo permanente.

»El Espíritu Santo, con el don de piedad, nos ayuda a considerarnos con certeza hijos de Dios. Y los hijos de Dios ¿por qué vamos a estar tristes? La tristeza es la escoria del egoísmo; si queremos vivir para el Señor, no nos faltará la alegría, aunque descubramos nuestros errores y nuestras miserias» [9]. Nunca somos más fuertes que cuando confiamos de verdad en Dios.

Tendremos dificultades prácticamente durante toda nuestra vida: en el trabajo, en el ambiente, en la vida interior, en el apostolado. En ocasiones (no muy infrecuentes) se presentará el cansancio físico o moral, la enfermedad, la frialdad no culpable al cumplir nuestros deberes para con Dios o para con los demás,... Cuanto más grandes y graves sean las dificultades que puedan amenazar nuestra paz y nuestra alegría, tanto más hemos de acogernos a esta verdad fundamental del cristiano: somos hijos de Dios. ¿No ha dicho acaso el Señor: Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna, y no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano? Lo que mi Padre me dio es mejor que todo, y nadie podrá arrebatar nada de la mano de mi Padre (Jn 10, 27-29).

Tendremos dificultades como las han tenido todos los hombres: los que ya han muerto, los que viven y los que vivirán, los que tienen mucho y quienes tienen poco; como las tuvieron la Virgen, los Apóstoles, los santos y también aquellos que no buscaron a Dios en su vida. Carísimos, cuando Dios os prueba con el fuego de las tribulaciones, no os extrañéis, como si os aconteciese una cosa muy extraordinaria (cfr. 1 Pdr 4, 12). La dificultad es algo ordinario con lo que hay que contar, y nuestra alegría no puede esperar una época en la que no tengamos dificultades, contrariedades, tentaciones, etcétera. Es más, sin dificultades no habría posibilidad de victorias, ni las virtudes llegarían a ese grado que pide Jesús. No sólo vuela el pájaro por el impulso de sus alas, sino también por la resistencia del aire.

El fundamento de nuestra alegría debe ser firme. No puede apoyarse en cualquier cosa pasajera: noticias, acontecimientos, salud... Cada uno mire cómo edifica —dice San Pablo a los primeros cristianos de Corinto—, que en cuanto al fundamento, nadie puede tener otro sino que el que está puesto, Jesucristo (1 Cor 3, 11). Sólo el Señor es fundamento capaz de resistirlo todo. No hay ninguna tristeza que Él no pueda curar: no temas, ten sólo fe (cfr. Lc 8, 50), nos dice. Cuenta Él con todas las situaciones por las que ha de pasar nuestra vida; y también con aquellas que son resultado de nuestra insensatez y falta de santidad. Para todas tiene remedio.
Si tenemos fe, nuestra alegría está asegurada.

Necesitamos la alegría

Solía repetir Paul Claudel después de su conversión: «¡Decidles que su única obligación es la alegría!». Porque la alegría es señal de que estamos amando a Dios y haciendo un gran bien a los demás y a nosotros mismos.

Estar alegres es una forma de dar gracias a Dios por los innumerables dones de cada día, «pues Dios nos ha creado para la alegría, nos ha hecho criaturas alegres, y nuestra alegría es el primer tributo que le debemos, la manera más sencilla y sincera de demostrar que tenemos conciencia de los dones de la Naturaleza y de la gracia y que los agradecemos» [10]. El animal no sabe agradecer y tampoco sonreír. Dios está contento con nosotros cuando nos ve contentos, con el gozo verdadero.

Con nuestra alegría hacemos además mucho bien a nuestro alrededor, pues esa alegría lleva a Dios. Dar alegría a los demás será frecuentemente la mayor muestra de caridad, el tesoro más valioso que damos a quienes nos rodean. Hemos de ser como los primeros cristianos. Su vida atraía por la paz y la alegría con que realizaban las pequeñas tareas de todos los días, o por su serenidad ante el martirio. «Familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaban a quienes los conocían y trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído» [11]. Muchas personas pueden encontrar a Dios en nuestra alegría.

Esta muestra de caridad grande hacia los demás —la de esforzarnos por alejar la tristeza de nosotros y de remover su causa— ha de manifestarse especialmente con quienes Dios ha puesto más cerca de nosotros. Dios quiere que el hogar en que vivimos sea un hogar alegre. Nunca hogares oscuros, hogares tristes, y frecuentemente tensos por la incomprensión y el egoísmo. Cuando en el lenguaje corriente se dice «esa casa parece un infierno», en seguida se nos viene a la mente un hogar sin amor, sin alegría, sin Cristo.

Un hogar cristiano debe ser alegre, porque la vida cristiana lleva a vivir esas virtudes (generosidad, cordialidad, espíritu de sacrificio...) a las que tan íntimamente está unida la alegría. Un hogar cristiano hace presente a Cristo, de modo extraordinariamente atrayente, en la familia y en la sociedad.

Esta alegría serena y amable hemos de procurar llevarla a nuestro lugar de trabajo, a la calle, a nuestras relaciones con los demás. El mundo está triste e inquieto y necesita, ante todo, la alegría que el Señor nos ha dado. ¡Cuántos han encontrado el camino que lleva a Dios a través de la alegría vivida de alguien que amaba a Dios!

También necesitamos la alegría para nosotros mismos, para nuestra propia vida interior. Es difícil, quizá imposible, progresar en el camino del amor a Dios si no se está alegre. Santo Tomás lo dice expresamente: «todo el que quiera progresar en la vida espiritual necesita necesariamente tener alegría» [12]. La tristeza nos deja sin fuerzas; es como el barro pegado a las botas del caminante que, además de mancharlo, le impide caminar. El Libro de los Proverbios dice que la tristeza seca los huesos (cfr. Prov 17, 22), deja sin vida y, por tanto, sin fuerzas. Por el contrario la alegría de Dios es vuestra fortaleza (Neh 8, 10), lo que nos protege de muchas tentaciones y desvaríos. Un alma triste que no lucha por salir de esa tristeza está a merced de muchas tentaciones. ¡Cuántos pecados han tenido su origen en la tristeza!

La alegría de Dios es nuestra gran fuerza y una enorme ayuda en el apostolado. Hemos de presentar el mensaje de Cristo a los hombres rodeado de alegría, pues el mismo Señor debía resplandecer de alegría al exponer las maravillas del Reino de los Cielos. Jesucristo debía manifestar de algún modo su enorme alegría interior.

Esta alegría en Dios es también «el estado de ánimo absolutamente necesario para el perfecto cumplimiento de nuestras obligaciones. Y cuanto más elevadas sean éstas, tanto más habrá de elevarse nuestra alegría» [13]. Cuanto mayor sea nuestra responsabilidad mayor también nuestra obligación de tener paz y alegría, para darla a los demás: sacerdotes, padres, superiores, maestros...

Francisco Fernández Carvajal, Donde duerme la ilusión, Palabra

] Cfr. SANTO TOMÁS, Suma Teológica, 2-2, q. 28, a 4.
[2] Cfr. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Camino, n.° 659.
[3] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es cristo que pasa, n.° 102.
[4] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Homilía El fin sobrenatural de la Iglesia, Colec. Noray, n.° 30, Ed. Palabra, 3.ª ed., página 12.
[5] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, n.° 132.
[6] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, n.° 144.
[7] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, n.° 45.
[8] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Amigos de Dios, n.° 249.
[9] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Amigos de Dios, n.° 92.
[10] P. A. REGGIO, Espíritu sobrenatural y buen humor, Madrid, 1966, p. 12.
[11] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, n.° 30.
[12] SANTO TOMÁS, Comm. in ep. ad Philip., c. 4, lec. 1.
[13] P. M. REGGIO, o. c., p. 24

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