domingo, 29 de septiembre de 2013

Los renglones torcidos de Dios

Examinemos algunas objeciones contra la Iglesia Católica. Lo que algunos llaman los renglones torcidos de Dios. ¿Cómo permite Dios tantos errores?

Es mejor cojear por el camino
que avanzar a grandes pasos fuera de él.
Pues quien cojea en el camino,
aunque avance poco, se acerca a la meta,
mientras que quien va fuera de él,
cuanto más corre, más se aleja.

San Agustín

¿Cómo Dios permite tantos errores?

En los años siguientes a la Primera Guerra Mundial –cuenta José Orlandis–, un joven llamado Gétaz, que ocupaba un alto cargo dentro del socialismo suizo, recibió de su partido el encargo de elaborar un dossier para una campaña que se pretendía lanzar contra la Iglesia católica.


Gétaz puso manos a la obra, con la seriedad y el rigor propios de un político helvético, y recogió multitud de testimonios, estudió la doctrina católica y la historia del cristianismo desde sus primeros siglos, de modo que en poco tiempo logró reunir una amplísima documentación.

El resultado de todo aquello fue bastante sorprendente. Paso a paso, el joven político llegó al convencimiento de que la Iglesia católica no podía ser invención de hombres. Dos mil años de negaciones, sacudidas, cismas, conflictos internos, herejías, errores y transgresiones del Evangelio, la habían dejado, si no intacta, sí al menos en pie. Las propias deficiencias humanas que en ella se advertían a lo largo de veinte siglos –mezcladas siempre con ejemplos insignes de heroísmo y de santidad–, las veía como un argumento a favor de su origen divino: “Si no la hubiera hecho Dios –concluyó–, habría tenido que desaparecer mil veces de la faz de la tierra”.

El desenlace de todo aquel episodio fue muy distinto a lo que sus jefes habían planeado. Gétaz se convirtió al catolicismo, se hizo fraile dominico, y en su cátedra del Angelicum, en Roma, enseñó durante muchos años, precisamente, el tratado acerca de la Iglesia. Sus clases tenían el interés de ser, en buena medida, como un relato autobiográfico, como el eco del itinerario de su propia conversión.
—Pero la reacción de muchos otros ante las miserias de los miembros de la Iglesia es bien distinta. Me pregunto si no habría sido mejor, ya que Dios lo puede todo, que al menos los ministros de su Iglesia hubieran estado exentos de tantos vicios...

Si Jesucristo hubiera tenido que valerse solo de ministros total y permanentemente buenos, se habría visto obligado a realizar constantemente pequeños o grandes milagros alrededor de esas personas. Tendría que intervenir cada vez que una de ellas fuera a cometer cualquier error. Y no parece que eso sea lo mejor, entre otras cosas porque les privaría de la debida libertad.

Por otra parte, aunque a lo largo de los siglos los hombres que han formado parte de la Iglesia católica han tenido muchas deficiencias humanas, hay que decir que es una institución de reconocido prestigio moral en todo el mundo.

Es verdad que ese prestigio se ve a veces empañado por las debilidades de algunos de sus miembros. Pero hay más de mil millones de católicos y casi un millón trescientos mil sacerdotes y religiosos (contando solo los actualmente vivos), y es natural que entre tantas personas haya de vez en cuando actuaciones desafortunadas.

Para ser justos, habría que mirar un poco más a la ingente multitud de católicos que a lo largo de veinte siglos se ha esforzado día a día por vivir cabalmente su fe y ayudar a los demás. Y habría que fijarse en todos esos curas de pueblo que permanecen en lugares de los que ha huido casi todo el mundo. Y en el sacrificio de tantísimos religiosos y religiosas que lo han dejado todo para ir a servir a los desheredados de la fortuna, tanto en lejanas tierras de misión como en esos otros lugares olvidados de todos pero dramáticamente cercanos, y cuyo sacrificio tantas veces solo es observado por Dios. 

“Repartidos por los parajes más agrestes u hostiles del mapa –señala Juan Manuel de Prada–, una legión de hombres y mujeres de apariencia humanísima y espíritu sobrehumano contemplan cada día el rostro de Dios en los rostros acribillados de moscas de los moribundos, en los rostros tumefactos de los enfermos, en los rostros llagados de los hambrientos, en los rostros casi transparentes de quienes viven sin fe ni esperanza. Son hombres y mujeres enjutos en cuyos cuerpecillos entecos anida una fuerza sobrenatural, un incendio de benditas pasiones que mantiene la temperatura del universo. Un día descubrieron que Dios no era invisible, que su rostro se copia y multiplica en el rostro de sus criaturas dolientes, y decidieron sacrificar su vida en la salvación de otras vidas, decidieron ofrendar su vocación en los altares de la humanidad desahuciada. Si se dedicase la misma atención a la epopeya anónima y cotidiana de esos misioneros que a los escándalos que tanto se airean de vez en cuando, no quedaría papel en el mundo para escribirlo.”

Creo en Dios, pero no en los curas

—A pesar de todo eso, muchos dicen que ellos sí creen en Dios, pero no en los curas, y que no tienen por qué hacer caso a lo que diga la Iglesia.

En lo de creer en Dios y no en los curas, estamos totalmente de acuerdo. Y precisamente porque la fe tiene por objeto a Dios, y no a los curas, hay que distinguir bien entre la santidad de la Iglesia y los errores de las personas que la componen.

La Iglesia no tiene su centro en la santidad de esas personas que hayan podido dar mal ejemplo (ni en las que lo han dado bueno), sino en Jesucristo. Por eso no tiene demasiado sentido que una persona deje de creer en la Iglesia porque su párroco es antipático, o poco ejemplar, o porque un personaje eclesiástico del siglo XVI hizo tal o cual barbaridad. A todos nos molesta la falta de coherencia de quien no da buen ejemplo. Y fue el mismo Dios quien dijo –puede leerse en el Nuevo Testamento– que a esos los vomitaría de su boca. Pero el hecho de que un cura –o muchos, o quien sea– actúe o haya actuado mal en determinado momento, no debería hacer perder la fe a nadie sensato. El hecho de que haya habido cristianos –laicos, sacerdotes u obispos– que se hayan equivocado, o hayan hecho las cosas mal, o incluso muy mal, aunque como católico y como persona me resulte doloroso, no debe hacerme perder la fe, ni pensar que esa fe ya no es la verdadera. Entre otras cosas, porque si tuviera que perder la fe en algo cada vez que viera que actúa mal alguien que cree en ese mismo algo, lo más probable es que ya no tuviera fe en nada.

Y cuando se recurre a esas actuaciones desafortunadas de eclesiásticos para justificar lo que no es más que una actitud de comodidad, o para ignorar la realidad de unas claudicaciones morales personales que no se está dispuesto a corregir, eso ya me parece más triste. Escudarse en los curas para resistirse a vivir conforme a una moral que a uno le cuesta aceptar, es –además de clerical– un poco lamentable.
Personalmente puedo decir, como tantísimas otras personas a las que he tratado, que a lo largo de mi vida he conocido a sacerdotes excepcionales. Sé que no todo el mundo ha sido tan afortunado. Mi consejo es que, si has tenido algún problema con alguno, que fuera de carácter difícil, o que quizá tuviera un mal día y no te tratara bien, o no llegara a comprenderte, o no te diera buen ejemplo, o lo que sea..., mi consejo es que no abandones a Dios por una mala experiencia con uno de sus representantes. Nadie es perfecto –tampoco nosotros–, y hemos de aprender a perdonar... y a no echar a Dios las culpas de la actuación libre de nadie.

El poder de la Iglesia

—Bueno, ¿y qué dices del poder civil y político de la Iglesia, tan relevante durante algunos siglos...?
Antes de nada, debo insistir en que no tengo inconveniente en admitir que ha habido actuaciones y mentalidades erradas en pueblos cristianos, y que con frecuencia han caído en ellas personajes eclesiásticos.

Sin embargo, para ser justos, conviene enmarcar ese fenómeno en sus adecuadas coordenadas históricas, valorando todos los condicionantes de cada época. Por ejemplo, muchos de esos errores a los que te refieres fueron consecuencia de la enorme presión que ejercieron los poderes civiles para intervenir en la Iglesia e intentar utilizarla como un instrumento de lucha política. El hecho de que algunos eclesiásticos no lograran o no pudieran resistir esa intromisión, o se intoxicaran de la mentalidad imperante en una época determinada, es un error, indudablemente, pero un error que debe juzgarse en el contexto sociocultural de esa época concreta. De lo contrario, es fácil caer en una visión muy anacrónica, puesto que no se puede pretender que los hombres del siglo XVI pensaran como los hombres del siglo XXI.

La única época que no criticamos –señala Jean Marie Lustiger– es la nuestra, porque nos parece evidente. Nuestra referencia actual es lo que a nosotros nos parece más acertado y sensato, pero basta una perspectiva de cincuenta o cien años para que sea palpable la relatividad de esos puntos de vista, aun los considerados en aquel momento como más razonables.

Por eso sería un anacronismo que juzgáramos una sociedad, una época anterior, desde una óptica que nos parece la ideal hoy, sin hacernos cargo del diferente marco histórico, como si nosotros estuviéramos al margen de la historia y fuéramos sus jueces.

Hecha esta salvedad, solo insistiría en que no se caiga en una visión simplista de la historia. Es triste que haya habido cobardías, errores y pecados. Pero la vida de los hombres es una historia de pecado y de perdón de la que nadie ha quedado exento, tampoco los sinceramente creyentes y deseosos de santidad. Y eso son cosas de la vida, no de la Iglesia.

La labor social de la Iglesia

—Hay gente que considera que la labor social de la Iglesia es poco eficaz.
Y otros dicen que esa preocupación social es una injerencia indebida. Parece que, si lo hace, hace mal; si no lo hace, se le acusa de pasividad; y si solo da consejos, de ineficacia. No es fácil agradar a todos, y más cuando muchas veces esas críticas son una simple estrategia para intentar negar a la Iglesia cualquier legitimidad en sus actuaciones.

Sin embargo, yo pediría a esos críticos que mostraran qué han hecho ellos en esa materia. O que digan qué instituciones han hecho a lo largo de la historia un servicio social como el que ha hecho la Iglesia católica. La preocupación efectiva que a través de sus instituciones ha demostrado la Iglesia en el campo de la educación, del cuidado de enfermos, deficientes, marginados, necesitados, etc., es realmente difícil de igualar.

Además, lo que la Iglesia hace fundamentalmente es responsabilizar a los cristianos –y a todos los hombres de buena voluntad que quieran escucharla–, para que iluminen con la luz de la fe todas las realidades humanas. La Iglesia como tal no aporta soluciones concretas ni únicas a los problemas políticos o económicos, sino que ofrece unas claves para el desarrollo auténtico del hombre y de la sociedad.

Y esto es importante porque, aunque hay ciertamente cálculos políticos errados, y decisiones económicas imprudentes, detrás de los principales problemas que aquejan a la humanidad hay siempre una resonancia de carácter ético que se remite a actos concretos de egoísmo en las personas. Todas esas situaciones de crisis se verían muy aliviadas si el mensaje cristiano empapara más profundamente la vida de los hombres.

El cristianismo –escribe Ignacio Sánchez Cámara– constituye la raíz de los principales valores que sustentan nuestra civilización, incluidos los de quienes, tal vez por ignorancia, lo combaten. Resulta fácil diagnosticar en cada mal que nos agobia la ausencia clamorosa de un valor cristiano despreciado o ausente: el terrorismo, la violencia, la guerra, la corrupción, la insolidaridad, el materialismo... Y si del ámbito de la moral pasamos al de la cultura, habría que recordar no solo la contribución del cristianismo a la supervivencia y difusión de la cultura antigua clásica, sino también su labor de creación de las más elevadas obras, desde las catedrales al gregoriano, desde la mística a Bach. Podría decirse que el olvido de la religiosidad es una de las causas fundamentales de la degradación de la cultura contemporánea, y que el cristianismo constituye un poderoso instrumento para mejorar el mundo. Impedir la difusión social de los principios cristianos es privarnos no solo de una esperanza de salvación, sino también de todo un arsenal de principios que nos permiten ganar en excelencia y en dignidad.

Las riquezas de la Iglesia

—Pero, ¿y qué dices del gran patrimonio de la Iglesia católica?
La Iglesia ha ido levantando templos, hospitales, dispensarios, orfanatos, seminarios, escuelas y otros edificios, los que en cada momento –con mayor o menor acierto– se consideraron adecuados para mejor cumplir su misión.

Todo eso es un patrimonio que ha nacido en cada caso para el culto y para la evangelización, y que, por grande que pueda parecer –se ha acumulado a lo largo de dos mil años–, no es una fuente importante de beneficios, sino más bien lo contrario. En el mejor de los casos, equilibra los gastos de mantenimiento. Tiene sobre todo un valor de uso, que es el que suele justificar su existencia.

—Pero algunos de esos edificios tienen ahora un gran valor inmobiliario, y hay museos con obras de gran valor artístico. La Iglesia podría venderlo todo y entregarlo a los pobres.

Es verdad que hay cosas de gran valor, pero de muy difícil aprovechamiento mercantil. De entrada, la mayoría de los Estados prohíben vender los bienes de interés cultural. Además, ¿a quién iba a vender la Iglesia una catedral, o una iglesia de pueblo..., o el mismísimo Museo Vaticano? Por otro lado, sería como pedir al Ministro de Hacienda que enjugue el déficit público del país este año vendiendo todos los cuadros del Museo del Prado: no creo que la historia juzgara muy bien semejante operación.
—¿Y por qué se adornan los lugares de culto con materiales preciosos de tanto valor?
La gente que se quiere, se regala cosas de valor, aunque le supongan un sacrificio (o quizá precisamente por eso). La gente se adorna a sí misma con anillos de oro..., ¿por qué se les va a prohibir que regalen algo valioso para el culto a Dios o para una imagen que veneran?
—Pero esas cosas dan a la Iglesia una imagen de riqueza y opulencia...

Sería una visión superficial. Precisamente el hecho de no ser rica ha ayudado a la Iglesia a conservar mejor su patrimonio. Por ejemplo, las instituciones civiles suelen tener dinero abundante y cambian con frecuencia los sillones de sus concejales o parlamentarios, cosa que no sucede con las sillerías de las catedrales, que gracias a eso se mantienen durante siglos. El tener mucho dinero hace que las cosas se cambien y pierdan valoración histórica. La Iglesia tiene unos bienes que usa para poder cumplir con eficacia sus fines, y los va administrando como mejor sabe y puede, según su economía se lo permite. Y eso es algo tan claro hoy, que pocas personas sostienen ya seriamente que las finanzas de la Iglesia sean boyantes, o que los curas tengan grandes comodidades o unos sueldos altos. Es un viejo tópico que, afortunadamente, va quedando en el olvido.

—¿Y qué dices de las inversiones que a veces ha hecho y que han acabado en grandes escándalos?
Hay ocasiones en que diócesis o instituciones religiosas han buscado obtener una mayor rentabilidad a sus propias reservas o a los donativos que reciben para obras sociales. Eso es perfectamente legítimo, o incluso una obligación, si releemos la parábola de los talentos. Lo malo es que si al buscar esa mayor rentabilidad para los recursos que se han puesto a su disposición para realizar buenas obras, lo invierten en lugares de demasiado riesgo, pueden perderlos, o pueden ser estafados, como ha sucedido desgraciadamente con más frecuencia de lo deseable.

Es cierto que en todo eso puede haber culpabilidad, aunque también es igualmente cierto que no siempre que uno es engañado es culpable. En todo caso, no es propiamente un problema de la Iglesia como institución, sino del acierto y la prudencia del responsable de cada lugar, que puede equivocarse, y que puede ser engañado, como nos pasa a todos.

Lo que sucede con más frecuencia ante esos hechos –ha escrito Ignacio Sánchez Cámara– es que el anticlericalismo tiene un sueño ligero y basta el más leve ruido para despertarlo de su secular sopor. Ante cualquier suceso de ese tipo, el viejo monstruo latente asegurará con rotundidad que la Iglesia, así, en general, sin matices, es culpable. Y lo dicen porque, para ellos, la Iglesia lleva ya veinte siglos de culpabilidad. Para ese anticlericalismo, que se pretende hijo de la Ilustración cuando lo es más bien de la ausencia de ilustración y de la falta de información, basta que parte de una orden religiosa, o de una diócesis, o de lo que sea, haya perdido parte de sus ahorros para que se desate la caja de los truenos anticlericales. No importa que lo hayan podido hacer en la condición de timadores o timados –lo que no es exactamente lo mismo–, o que la inversión bursátil constituya una opción legítima para todos los ciudadanos, pues si el inversor es eclesiástico, ya lo ven como un especulador sin escrúpulos.

No hay un poder financiero unificado en el seno de la Iglesia, sino que cada diócesis o cada institución católica es administrada independientemente de las demás. El obispo no fiscaliza todas las cuentas de otras entidades administrativas que actúan en su diócesis. Esto es importante para no caer en generalizaciones injustas. Invertir en bolsa o en entidades de ahorro es lícito, y el problema suele residir en que pueden ser estafados. Para el buen anticlerical, la Iglesia siempre estará del lado de los estafadores, y no dejará pasar la ocasión de pedir que la Iglesia deje de recibir las subvenciones a las que tienen derecho las más estrafalarias organizaciones que persiguen los más extravagantes fines.
Y aunque alguna vez –han sido pocas, la verdad– haya habido la mala fe en los eclesiásticos inversores, es lo mismo que ha sucedido con todo tipo de instituciones –políticas, sindicales, etc.– que reciben ayudas económicas para la función que desarrollan, y a nadie se le ocurriría pedir la supresión de la subvención a todos los partidos o todos los sindicatos por un fraude concreto de uno de ellos en determinado momento. Todo esto prueba que el anticlericalismo tiene razones que la razón ignora, y que cuando se trata de la Iglesia, el bien es atribuido a la parte y el mal al todo. La patología es vieja, demasiado vieja.

Alfonso Aguiló,  ¿Es razonable ser creyente? Palabra

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