lunes, 5 de abril de 2010

LA BASE DE LA FE



Reproduzco una demostración –sucinta y clara– de la Resurrección de Jesucristo desde los libros canónicos del Nuevo Testamento.

El amanecer del tercer día después de la muerte de Jesús lo fue también de un día nuevo que ha de ir creciendo en claridad a través de los siglos hasta hallar su plenitud en el día eterno. Cristo resucita no sólo para jamás volver a morir, sino para hacer vivir a sus fieles una vida nueva, dulcificarles la muerte, garantizarles después la inmortalidad bienaventurada.

El es el Primogénito de los muertos, el primero en ser engendrado a vida inmortal por un sepulcro que ha llegado a ser inútil. Los dolores de la muerte, especialmente horribles en Almudi.org - Jesús, se han convertido en dolores de parto a la vida eterna para él y para nosotros, que ahora ya podemos y debemos creer en él a ojos cerrados.

Porque Cristo, resucitado, no sólo se ha librado de la muerte corporal sino también de la muerte moral, del fracaso irremediable de su misión. Un Cristo corrompido en el sepulcro, cuyo cadáver hubiese podido ser mostrado en cualquier instante, ya no sería el camino, la verdad y la vida, ya no sería la luz del mundo, la garantía de la inmortalidad para los que creyesen en él, para cuantos comiesen su carne. ¿Cómo comer la carne de un muerto? ¿Y qué es posible encontrar en ella sino la muerte?

Él mismo lo había hecho depender todo de su resurrección. «Esta generación adúltera, había dicho a los judíos pide una señal y no le será dada otra señal que la del Profeta Jonás; pues así como Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así el Hijo del hombre estará tres días y tres noches en el corazón de la tierra» (Mt 12,39-40).

Audacia verdaderamente divina la de un hombre que se atribuye una misión altísima y para probarla se compromete a resucitar después de su muerte. Desde aquel momento, desde la adquisición de este enorme compromiso, reforzado por otras predicciones de su resurrección, que constituyen casi sin excepción el punto final de los anuncios de la pasión, su prestigio no sólo de Mesías, de Profeta, sino incluso de hombre, dependía del cumplimiento de esta predicción única. Una muerte definitiva de Jesús habría sido la muerte de toda su dignidad y de toda su obra.

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