miércoles, 18 de agosto de 2010

El camino personal hacia la santidad


          Juan Pablo II nos recordaba al inicio del nuevo milenio que "si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Preguntar a un catecúmeno, ¿quieres recibir el Bautismo? significa al mismo tiempo preguntarle, ¿quieres ser santo? Significa ponerle en el Almudi.org - "El camino personal hacia la santidad"camino del Sermón de la Montaña: ‘Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial’ (Mt 5, 48)" (Carta apostólica Al comienzo del nuevo milenio, 31).

          Cada persona, sin excepción, ha sido llamada por Dios a la existencia con una precisa finalidad, que confiere pleno sentido a su vida. El hombre, ya lo hemos dicho, nace con vocación y por vocación. Pero a esa llamada debe corresponder con una respuesta a lo largo de toda su vida, a los siete años, a los quince, a los veinte, o a cualquier edad. Así se explica la beatificación de los pastorcillos de Fátima, que han sido beatificados, no porque se les apareciera la Virgen, sino por sus virtudes heroicas, por su correspondencia a la gracia.

          Dios llama con una vocación personal e irrepetible, que es determinación de la llamada general, universal a la santidad, a la gracia y a la gloria. No debemos olvidar que la gracia de la vocación puede o no experimentarse psicológicamente, pero que, en cualquier caso, la respuesta a la propia vocación no sólo es libre, sino que, de alguna manera, configura la vocación misma. Veámoslo más detalladamente siguiendo a F. Ocáriz.

          Que los hombres hemos sido llamados a la comunión con Dios pertenece a la esencia misma de la Revelación: Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2, 4). La vocación presupone y comporta elección: Dios “nos ha elegido en Cristo antes de la creación del mundo para que seamos santos” (Ef 1, 4).

          Dicho de otra manera, como ha enseñado Juan Pablo II, Dios elige primero al hombre y sólo después lo crea. Entonces —cabe preguntarse—, ¿es posible que Dios llame a todos y no se enteren muchos? Aparte de que desconocemos cómo actúa la Palabra de Dios en la intimidad de las conciencias, plantearnos este interrogante nos lleva a ir comprendiendo cómo la Palabra divina requiere una mediación humana. Así ha sido a lo largo de la historia en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, Dios se sirvió de Israel y de la Iglesia para desvelar sus designios a la humanidad.

Juan Manuel Roca
ALMUDÍ
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