martes, 9 de noviembre de 2010

Europa: Dios y el hombre

        Después del primer día del Papa en España, bien se pueden hilvanar unas cuantas ideas extraídas de sus discursos y homilías. Benedicto XVI ha llegado a Compostela como un peregrino y en calidad de tal ha dicho que peregrinar no es solamente viajar a un determinado lugar, sino que es salir de nosotros mismos para ir al encuentro de Dios allí donde se ha manifestado, allí donde la gracia divina se ha mostrado con particular esplendor.
Con esta imagen, bien podemos pensar en un peregrinaje hasta lo más hondo del corazón humano, de cada corazón, para extraer sin prejuicios lo que se espera de cada uno de nosotros. Salir de nosotros mismos no significa falta de interioridad, ni búsqueda de algo raro. Ese éxodo es alejamiento del egoísmo para buscar a Dios y, en Dios, al hombre, a todos los hombres y mujeres del mundo, todos merecedores de nuestro cariño y respeto por ser imagen del Creador.
Por eso mismo, ha podido afirmar con frase bella y verdadera que la Iglesia es el abrazo de Dios, en el que los hombres aprenden a abrazar a sus hermanos, descubriendo en ellos la semejanza divina, que constituye la verdad más profunda de su ser y que es el origen de la genuina libertad.
Dios, hombre, verdad, libertad son los temas centrales de unas intervenciones llenas de amor para esta vieja Europa, que ha de encontrar su rejuvenecimiento en esas coordenadas. Ha recordado el siglo XIX con la tristeza propia de quien ha visto ahí el comienzo de la huida de Dios con una exaltación del hombre convertida en su propia ruina por alejarse de su esencia, de lo que le es más propio.
Es gozosamente inevitable el recuerdo de aquel grito de amor que Juan Pablo II lanzaba a Europa en Santiago: Europa, se tu misma, vuelve a las raíces que te hicieron grande, que fueron las bases de un humanismo verdaderamente interpretativo de la persona, de un modo de ser en cuya ejecutoria no faltaron miserias, pero pletórico de la grandeza de un ideal  humano que, desprendido del Creador, se diluye en la indigencia del pobretón de espíritu, por más que haya alcanzado grandes cotas de bienestar que tendrán la pérdida de Dios como razón más profunda de su descalabro. 

PABLO CABELLOS
LAS PROVINCIAS

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