Hay que evitar el peligro de que sea una movida más, cosa de buenos sentimientos, y todos queremos aportar nuestro grano de arena
La foto, no es necesario explayarse, ha sido impactante. El niño duerme inerte en la orilla. Las olas acarician su exánime cuerpecito, en una cuna que es su sepultura.
Conmoción que estalla en un grito de solidaridad: ¡Valencia, ciudad refugio! A mí me gusta más considerarla como ciudad de acogida. Tiene una connotación más positiva, menos de reacción y más de acción. Menos pasiva y más de hospitalidad, de consuelo. Acogida es palabra más cálida.
Pues bien, ese amparo al que me refiero ha tenido una respuesta imponente por parte de la sociedad civil. Y conviene confiarla a las organizaciones que más experiencia acumulan −me refiero a Cruz Roja, Cáritas, instituciones públicas, etcétera− y no dejar que, como lluvia de ocasión, apenas se despeje, no quede más que la pequeña cuenca de unos cuantos goterones escurridos. Hay que evitar el peligro de que sea una movida más, cosa de buenos sentimientos. Hay unanimidad. Todos queremos aportar nuestro grano de arena. Pero hay que hacerlo con orden, no a lo loco. A España le corresponden casi quince mil refugiados.