Las eternas preguntas que se hace el hombre ante el dolor, la muerte, el más allá… etc., no aceptan el embuste, ni la conjetura, esperan respuestas existenciales
Mucho dió que hablar la segunda Encíclica de Benedicto XVI porque ha tocado una virtud que es brújula, mapa, alimento, compañía y guía del caminante: la esperanza. Y desde Adán y Eva la humanidad no ha cesado de caminar.
Ya tras la primera lectura de la Encíclica, se otea la perfecta conjunción que se da en el alma del Papa la fe y la razón, entre la Teología y la filosofía. Fe y la razón, al brotar de la misma fuente, la Sabiduría infinita, la Verdad absoluta, no se contraponen jamás. Como no puede manar de la misma fuente agua dulce y amarga a la vez. Son afirmaciones tan sencillas como verdaderas.
Sin embargo, la constante búsqueda de la verdad por parte del hombre obtiene resultados desiguales. La fe es un don de Dios que contradice a la naturaleza racional del hombre. Justamente porque el hombre necesita confiar en las personas, se fía del Hacedor del universo que le escribe una preciosa página de amor divino con la propia creación, con la naturaleza. A su vez, la condición racional del hombre urge al hombre a profundizar sobre su Dios.