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viernes, 30 de agosto de 2019

Secreto de confesión y libertad de conciencia

Escribe Rafael Navarro-Valls: Hace unos días, la Santa Sede ha hecho pública una norma que ratifica la inviolabilidad del secreto de confesión.


En síntesis, la nota de la Penitenciaría Apostólica (el organismo más antiguo de la Curia Romana, cuya competencia son los asuntos de conciencia y las indulgencias): 
A) considera urgente recordar que esa inviolabilidad del secreto de confesión (sigilo sacramental) no admite excepción alguna. De ahí que no sea comparable al secreto profesional, que en casos extremos admite excepciones; 

miércoles, 3 de julio de 2019

Nota de la Penitenciaría Apostólica sobre la importancia del foro interno y la inviolabilidad del sigilo sacramental

Inviolabilidad absoluta del sigilo sacramental.

Presentación de la Nota de la Penitenciaría Apostólica

Con motivo de la reciente audiencia a los participantes en el Curso sobre el foro interno organizado por la Penitenciaría Apostólica (29 de marzo de 2019), el Papa Francisco ha puesto repetidamente el acento sobre dos temas tan centrales para la teología, el derecho y la práctica de la Iglesia como extraños para la opinión pública actual: la sacralidad del foro interno y la inviolabilidad del sello sacramental.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Los pecados contra la justicia no se perdonan en secreto: exigen restitución



La única peculiaridad quizá del secreto de la confesión es que no admite excepciones.
A propósito del secreto de la confesión, tratado estos días con ocasión de la lucha contra los abusos clericales, he recordado un leve suceso personal. Mi hermano Fernando −fallecido demasiado joven− tuvo el acierto de profesionalizar su gran afición, y se especializó en Derecho deportivo. 

viernes, 9 de junio de 2017

El vademécum para ser ‘buenos confesores’

Un buen confesor debe aprovechar la ocasión para hacer del confesionario “un lugar de evangelización”.
Lo ha dicho el Papa con motivo del curso sobre el fuero interno[1] promovido por la Penitenciaría Apostólica.
El “discernimiento” entra en el confesionario. Con motivo del Curso anual sobre el fuero interno promovido a mediados de marzo por la Penitenciaría Apostólica en Roma, el Papa Francisco, al recibir en audiencia a los participantes, ha trazado un sintético pero apasionado vademécum para poder ser “buenos confesores”. Y una de las palabras más utilizadas en la reflexión que ha compartido con los sacerdotes ha sido precisamente “discernimiento”.

lunes, 7 de abril de 2014

Gran catequesis para jóvenes en vídeo

Con motivo del Año de la Fe, en la diócesis de Wheeling – Charleston lanzaron un proyecto de catequesis para jóvenes en vídeo. Consta de cuatro bloques temáticos: el credo, los sacramentos, la moral y la oración
Publican un vídeo al mes. Terminaron el credo coincidiendo con el final del año de la fe; hasta octubre de 2014 se centrarán los sacramentos; de octubre de 2014 a octubre de 2015 hablarán de la moral, y por último, a partir de octubre de 2015 se centrarán en la oración.
Son unos vídeos geniales: sencillos, claros y de gran calidad técnica. Los vídeos sobre el credo tocan temas como Dios Padre, la creación, la encarnación, la resurrección, la Iglesia, el perdón de los pecados, el juicio final, el Espíritu Santo, o la comunión de los santos.
Dejo a modo de ejemplo el último vídeo que acaban de publicar sobre los sacramentos: la confesión.

jueves, 11 de abril de 2013

Iglesias llenas y homilías en línea


  
   «El mensaje de Papa Francisco ha provocado un impacto inmediato; no solo entusiasmo, sino también apertura de los corazones: muchos han venido a confesarse empujados por las palabras sobre Dios que no se cansa nunca de perdonar, que escucharon durante el primer Ángelus del nuevo Pontífice».
 
      Efecto Bergoglio. Mientras algunos intelectuales y sitios web declaradamente papistas (y que no pueden digerir la sobriedad del sucesor de Benedicto XVI) derrochan críticas hacia el nuevo Papa desde hace un mes, la oleada de simpatía por Francisco continúa entre los fieles.

      Una simpatía que no se debe a una infatuación mediática: muchas personas se volvieron a acercar al sacramento de la confesión durante la Semana Santa porque las conmovieron las palabras de Bergoglio sobre el perdón y la misericordia. Lo indican los párrocos y sacerdotes de diferentes partes de Italia. 

viernes, 23 de marzo de 2012

Confesión y nueva evangelización


Confesión y nueva evangelización
Para que el anuncio sea plenamente efectivo, esto es, que el anuncio lleve a la salvación, son necesarios los sacramentos que transmiten la gracia redentora

      Jesús viene a anunciar el Reino de Dios, y quien lo acepta, alcanza la salvación. Pero atención, porque ese anuncio no son solamente palabras. Incluye toda la acción de Cristo, toda su vida, lo que hace y lo que dice desde que se muestra al mundo (su vida en Belén y en Nazaret, su predicación, milagros, pasión, muerte y resurrección), sus “gestos y palabras”, en expresión del Concilio Vaticano II (DV, 2).

La salvación consiste en participar de la Vida de Jesús
      Y es que la salvación consiste no solamente en aceptar lo que Cristo “dice”, sino en aceptarle a Él, unirse con Él y participar de su propia Vida. Orígenes decía que el Reino de Dios es Cristo en persona. El Reino de Dios se hace presente donde se acepta la encarnación del Hijo de Dios y la vida humana se abre, por medio de él, a la vida divina. 

jueves, 13 de octubre de 2011

La verdadera pureza

La verdadera pureza
Durante la ‘JMJ’ de Madrid 2011, Benedicto XVI aconsejó a los jóvenes que hicieran crecer la vida en plenitud por medio de la gracia divina, que se plantearan la santidad generosamente y sin mediocridad

      El Lavatorio de Tintoretto es un cuadro de escuela veneciana, pintado hacia 1547, que se puede contemplar en el Museo del Prado. Representa la escena que narra San Juan (13, 3 ss.), cuando Jesús lava los pies a sus discípulos, también a Pedro. Éste se resiste al principio, pero enseguida rectifica. Después el Señor les propone que sigan ese ejemplo, y se laven los pies entre ellos. Esto suele interpretarse diciendo que el lavatorio, en primer lugar, expresa la purificación que necesitaban los discípulos, realizada por el misterio de la muerte de Jesús. En segundo lugar, expresa el ejemplo de humildad que Jesús propone a los discípulos. Algunos autores dicen que lo segundo sería una añadidura “moral” a lo primero, e incluso podría oscurecerlo. 

      En realidad se trata de dos aspectos muy unidos. Y esto se ve cuando Jesús enuncia su mandamiento nuevo: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (v. 34). Pero ¿qué quieren decir propiamente estas palabras? 

La purificación que necesitamos
      Comencemos con la purificación o la pureza. Hay dos modos de entender reductivamente la pureza que necesitamos los hombres para unirnos a Dios. Primero, el camino que tomaron las religiones antiguas: habían sentido vivamente la necesidad de purificarse y la resolvieron por medio de una serie de ritos (en la religión judía, por medio de sacrificios de animales). Segundo, para Plotino y después muchos de sus seguidores filósofos (lo que queda en buena parte de la ética oriental), la purificación del hombre consistiría más bien en irse separando de las realidades materiales de este mundo, considerándolas inferiores y despreciables, para ir ascendiendo hasta la unión con el espíritu absoluto. 

      Esto lo desarrolla Benedicto XVI en el volumen segundo de su libro Jesús de Nazaret (cap. 3). Sostiene que, según la fe cristiana, lo que nos purifica es el amor de Jesús, que supera los sacrificios de los animales. Además, Jesús no renuncia en modo alguno a su cuerpo, sino que realiza su obra redentora precisamente como Dios encarnado. 

      Todo ello, por cierto, tiene una gran importancia para comprender en qué consiste la vida cristiana (vivir la misma vida de Cristo) y cómo la santidad se lleva a cabo en y por medio de las tareas ordinarias familiares, profesionales, culturales. 

      Sin embargo, incluso dentro del cristianismo se han dado malentendidos, como señala el Papa: «La espiritualidad del siglo XIX ha vuelto a convertir en unilateral el concepto de pureza, reduciéndolo cada vez más a la cuestión del orden en el ámbito sexual, contaminándolo también nuevamente con la desconfianza respecto a la esfera material y al cuerpo». Y aquí viene lo importante: en la gran aspiración de la humanidad a la pureza, afirma, «lo esencial es estar en su Cuerpo [de Jesús], estar penetrados por su presencia» (pp. 76s). 

      Esta perspectiva termina por esclarecer el sentido del lavatorio de los pies de los discípulos, también respecto a la segunda significación: el ejemplo de humildad y entrega que Jesús da a sus discípulos. Porque ¿qué significa «amaos como yo os he amado»

El significado del "mandamiento nuevo"
      Apunta Joseph Ratzinger: «La exigencia de hacer lo que Jesús hizo no es un apéndice moral al misterio y, menos aún, algo en contraste con él» (p. 80). No significa simplemente «amar hasta estar dispuestos a sacrificar la propia vida por el otro» (p. 81). La verdadera novedad se refiere «al nuevo fundamento del ser que se nos ha dado». Dicho de otro modo: «La novedad solamente puede venir del don de la comunión con Cristo, del vivir en Él» (p. 82). En efecto: esto es lo que Cristo nos da con la Eucaristía: la unión con Él y todos los que están con Él. Por eso el “mandamiento nuevo” sólo puede ser entendido y vivido “en” la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo.
      Benedicto XVI cita a San Agustín cuando éste explica que Jesús, al proponer en el Sermón de la Montaña la limpieza de corazón (cf. Mt 5, 8), está hablando de ese “corazón puro” que es la unión con Él y que nos va purificando, a medida que nos dejamos sumergir en su misericordia. 

      Por eso —prosigue el Papa— Tomás de Aquino escribió que la nueva Ley (la Ley del amor cristiano o de la vida de la gracia) no es una norma nueva, sino la nueva interioridad dada por el mismo Espíritu de Dios. (Es decir: es el Espíritu Santo el que nos hace ser miembros de ese mismo Cuerpo que formamos con Jesús, y nos hace vivir no ya individualmente, sino en la familia de Dios que es la Iglesia, al servicio de las necesidades de los demás). 

      De esta manera Benedicto XVI entiende que el lavatorio de los pies «significa la totalidad del servicio salvador de Jesús»: ese amor suyo en el que nos sumerge, y que es «el verdadero lavatorio de purificación para el hombre» (p. 92). 

La verdadera pureza: el amor a Dios y a los demás
      En definitiva, como hemos visto, su argumentación es que la verdadera pureza que trae el cristianismo va más allá de una mera “pureza ritual”, y también de una mera exigencia para la voluntad (una suprema exigencia moral). La verdadera pureza es la del amor a Dios y a los demás, en identificación con Cristo, y por tanto vivido en la Iglesia con todas las consecuencias. Entre ellas está la santificación del propio cuerpo y de las demás nobles realidades humanas, para que ahí se encarne la vida divina, que la recibimos para darla. 

      Pues bien, esto se realiza concretamente gracias al el sacramento del Bautismo, y por ese segundo bautismo que es la Confesión de los pecados (cf. 1 Jn 8, ss; St 5, 16): «En la confesión el Señor vuelve a lavar siempre nuestros pies sucios y nos prepara para la comunión de mesa con Él» (p. 93). 

      Durante la JMJ de Madrid 2011, Benedicto XVI aconsejó a los jóvenes que hicieran crecer la vida en plenitud por medio de la gracia divina. Que se plantearan la santidad generosamente y sin mediocridad. Y que tuvieran presente que «ante nuestras flaquezas, que a veces nos abruman, contamos también con la misericordia del Señor, siempre dispuesto a darnos de nuevo la mano, y que nos ofrece el perdón en el sacramento de la Penitencia» (Discurso en la plaza de Cibeles, 18-VIII-2011). 

      De hecho hubo esos días muchos miles de confesiones, y sigue habiéndolas, porque la verdadera pureza de corazón sólo se alcanza dejándose sumergir en el Cuerpo de Cristo, para vivir con Él por los demás. 

Ramiro Pellitero. Universidad de Navarra
ReligionConfidencial.com / Almudí

miércoles, 14 de septiembre de 2011

El Prelado del Opus Dei pide confesores disponibles, con confesionarios «con la luz verde»

   La confesión es una “mano tendida” hacia la conversión y la Eucaristía es el sello de la “amistad inigualable” con Jesús. Es lo que dijo en una entrevista con ZENIT, monseñor Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei.

    Sobre el misterio de la Eucaristía y no sólo de esto, monseñor Echevarría ha publicado el libro “Vivir la Santa Misa” (Ediciones Ares).

- ¿Por qué la Eucaristía es “el centro y la raíz de la vida de todo cristiano?
- Poner la Eucaristía en el centro de la vida cristiana significa poner a Jesús en el corazón de todo. En la Eucaristía estamos llamados a entrar en el amor trinitario. Haciendo de la Santa Misa el centro de nuestra vida interior, nos unimos a Jesús y en Él a toda la Iglesia, a todos los hombres.

    Era la continua enseñanza de San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, que decía: “Si en el centro de tus pensamientos y de tus esperanzas está el tabernáculo ¡cómo de abundantes serán, hijo mío, los frutos de santidad y de apostolado!”. Jesús Eucarístico es el culmen del don de Sí a la humanidad, por tanto, si nos identificamos con Él, nos transmitirá la misma voluntad de incrementar el don de nosotros mismos y nuestro servicio a los demás.

- ¿Cuánto importa, en el carisma del Opus Dei, la práctica de la Confesión y de la Eucaristía?
- En el espíritu del Opus Dei, los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía importan lo que importan en la Iglesia: como todos los cristianos, intentamos ser personas penitentes y eucarísticas, con una práctica frecuente de la Confesión y la participación diaria en la Santa Misa.

    El Sacramento de la Reconciliación está profundamente ligado a la Eucaristía. La Confesión presupone la conciencia de ser pecadores, con fe en la misericordia divina. Jesús nos purifica en su Sangre derramada en la Cruz por nosotros, para que el cristiano pueda participar con más fidelidad en el Sacrificio del Calvario que se hace presente cada día en la Santa Misa.

    Ambos Sacramentos colman el alma de alegría y de paz, como el buen ladrón, viendo con sus ojos a Jesús en el Calvario, se sintió impelido a reconocer sus pecados movido por la contrición y así encontró la salvación eterna.

    Insisto, la Confesión importa muchísimo en la vida del cristiano, porque es un sacramento de alegría y es puerta de acceso a la paz y a la felicidad que están dentro de la Eucaristía.

- Está en marcha el Congreso Eucarístico Nacional. ¿Qué sugerencias haría para que la práctica de la Confesión y de la Comunión fuera más intensa y generalizada?
- La Iglesia enseña desde siempre que en el tabernáculo se encuentra la fortaleza, el refugio más seguro contra los temores y la inquietudes. No basta que cada uno de nosotros, individualmente, busque y encuentre al Señor en la Eucaristía; debemos conseguir “contagiar” con nuestro testimonio al máximo de personas posible, para que también estas contemplen y descubran esta amistad inigualable.

    La comunión espiritual es una gran ayuda en la preparación para la comunión eucarística. Para ser hombres y mujeres conscientes de nuestra filiación divina debemos frecuentar a Cristo cada vez más, recibiéndolo, si podemos, cada día.

    En cuanto a la Penitencia, considero que es muy importante la disponibilidad generosa de los sacerdotes a la escucha de las confesiones: un confesor disponible, un confesionario “con la luz verde”, es una mano tendida hacia la conversión.

    Sobre este punto, Benedicto XVI nos sugirió recientemente “seguir el ejemplo de los grandes Santos de la historia, desde San Juan María Vianney a San Juan Bosco, desde San Josemaría Escrivá a San Pío de Pietrelcina, desde San José Cafasso a San Lepoldo Mandić” (Discurso a los participantes en el curso organizado por la Penitenciaría Apostólica, 2011).
 
Religión en Libertad

viernes, 15 de abril de 2011

EL VALOR EDUCATIVO DE LA CONFESIÓN

El valor educativo de la Confesión

   La acogida de la penitencia, que prescribe el sacerdote, y la escucha de las palabras "Yo te absuelvo de tus pecados" representan una verdadera escuela de amor y de esperanza
     Sin duda por la situación actual de “emergencia (urgencia) educativa”, Benedicto XVI ha querido señalar el valor pedagógico de la Confesión sacramental. Lo hizo en una alocución a los participantes en un curso promovido por la Penitenciaría Apostólica (25-III-2011). Citó varios ejemplos de confesores (San Juan María Vianney, San Juan Bosco, San Josemaría Escrivá, San Pío de Pietralcina, San Giuseppe Cafasso y San Leopoldo Mandić) como testigos de la misericordia divina, que se manifiesta siempre en ese encuentro personal con Jesucristo que es el sacramento de la Confesión. 

      Cabe recordar que el Sacramento de la Penitencia o de la Reconciliación, o sencillamente "la Confesión", es uno de los sacramentos “de curación”, pues lo mismo que la vida humana puede enfermar, esto sucede también con la vida espiritual. Impulsado por Juan Pablo II, el VI Sínodo de los Obispos se ocupó de "La Reconciliación y la Penitencia en la misión de la Iglesia" (1983). Le siguió una magnífica exhortación sobre el mismo tema. En ella se analizaba la pérdida del “sentido del pecado” en nuestro tiempo. Los principales medios para la formación en este ámbito son la educación en la fe con su fundamento bíblico (ver al respecto la Exhortación Verbum Domini, 30-IX-2010), la formación de la conciencia de los fieles y una praxis de los sacramentos atenta y renovada. 

      Todo ello se ofrece en nuestros días como un redescubrimiento para los cristianos y un motivo de interés para muchas otras personas.

Valor pedagógico para el sacerdote
Vengamos ya al reciente discurso de Benedicto XVI. La Confesión tiene un gran valor pedagógico, primero para el sacerdote, hasta el punto de que el confesonario «puede ser un ‘lugar’ real de santificación». De la administración del Sacramento de la Penitencia el sacerdote puede extraer lecciones de fe, de humildad y también sobre la conciencia de su propia identidad. 

      Primero, el sacerdote refuerza su propia fe, al contemplar la “profesión de fe” que supone el hecho de confesarse. El confesor tiene la oportunidad de «palpar los efectos salvadores de la cruz y de la resurrección de Cristo, en todo tiempo y para todo hombre». Con frecuencia se encuentra «ante auténticos dramas existenciales y espirituales, que no hallan respuesta en las palabras de los hombres, pero que son abrazados y asumidos por el Amor divino, que perdona y transforma». Es verdad que conocer los aspectos oscuros del corazón del hombre puede poner a prueba su humanidad y su fe. Pero esto, de otro lado, «alimenta en él la certeza de que la última palabra sobre el mal del hombre y de la historia es de Dios, es de su misericordia, capaz de hacerlo nuevo todo».

      Exclama el Papa: «¡Cuánto puede aprender el sacerdote de penitentes ejemplares por su vida espiritual, por la seriedad con que hacen el examen de conciencia, por la transparencia con que reconocen su pecado y por la docilidad a la enseñanza de la Iglesia y a las indicaciones del confesor!». Un valor pedagógico que se extiende también a «la verdad y pobreza de su persona, y alimenta en él la conciencia de la identidad sacramental». Y es que el sacerdote no escucha a sus hermanos únicamente como hombre: «Si se acercan a nosotros es sólo porque somos sacerdotes, configurados con Cristo sumo y eterno Sacerdote, y hemos sido capacitados para actuar en su nombre y en su persona, para hacer realmente presente a Dios que perdona, renueva y transforma»

Valor pedagógico para los penitentes
¿Y cuál es el valor pedagógico de este sacramento para los penitentes? Se trata ahora de lecciones sobre la acción de Dios y su bondad, la propia libertad y fragilidad, la necesidad de formar la conciencia, y los modos, concretos y personales, de crecer en la fe, la esperanza y el amor.

      Todo ello depende ante todo de la acción de la Gracia y de los efectos objetivos del sacramento. En la confesión se expresa particularmente la libertad personal y la conciencia. Por eso, «el examen de conciencia tiene un valor pedagógico importante: educa a mirar con sinceridad la propia existencia, a confrontarla con la verdad del Evangelio y a valorarla con parámetros no sólo humanos, sino también tomados de la Revelación divina. La confrontación con los Mandamientos, con las Bienaventuranzas y, sobre todo, con el Mandamiento del amor, constituye la primera gran ‘escuela penitencial’».

      A continuación, «en nuestro tiempo, caracterizado por el ruido, por la distracción y por la soledad, el coloquio del penitente con el confesor puede representar una de las pocas ocasiones, por no decir la única, para ser escuchados de verdad y en profundidad». Benedicto XVI anima a los sacerdotes a dedicar tiempo a este ministerio porque «ser acogidos y escuchados constituye también un signo humano de la acogida y de la bondad de Dios hacia sus hijos». Junto con esto, «la confesión íntegra de los pecados educa al penitente en la humildad, en el reconocimiento de su propia fragilidad y, a la vez, en la conciencia de la necesidad del perdón de Dios y en la confianza en que la Gracia divina puede transformar la vida»

      Asimismo «la escucha de las amonestaciones y de los consejos del confesor es importante para el juicio sobre los actos, para el camino espiritual y para la curación interior del penitente». Y añade el Papa: «No olvidemos cuántas conversiones y cuántas existencias realmente santas han comenzado en un confesonario».

      Por último, «la acogida de la penitencia», que prescribe el sacerdote, «y la escucha de las palabras "Yo te absuelvo de tus pecados" representan una verdadera escuela de amor y de esperanza, que guía a la plena confianza en el Dios Amor revelado en Jesucristo, a la responsabilidad y al compromiso de la conversión continua».

      Al final el Papa da a los sacerdotes un consejo de oro, pues la experiencia personal como penitente es también una gran escuela: cuidar la propia confesión, también para aprender a confesar cada vez mejor, al servicio de Dios y de las personas. 

Ramiro Pellitero. Universidad de NavarraCope.es / Almudí

viernes, 26 de febrero de 2010

Cómo desmontar las 14 excusas más habituales para no confesarse


«Me confieso directamente con Dios»; «no sirve de nada, siempre vuelvo a caer»; «me da vergüenza»... son solo algunas de las excusas más frecuentes para no confesarse. Tienen respuesta y solución.

Eduardo Volpacchio
/La Senda

Cuando se trata de acercarse al sacramento de la confesión es muy común escuchar algunos de los siguientes «motivos» para justificar su inutilidad o su inconveniencia. Estos son los 14 más habituales:

¿Quién es el sacerdote para perdonar los pecados?

Sólo Dios puede perdonar los pecados. Sabemos que el Señor dio ese poder a los Apóstoles; además, ese argumento lo he leído antes… precisamente en el Evangelio: lo decían los fariseos, indignados, cuando Jesús perdonaba los pecados… (consúltese Mt 9, 1-8).

Yo me confieso directamente con Dios, sin intermediarios
Genial … pero hay algunos «peros» que se tienen que considerar… ¿Cómo sabes que Dios acepta tu arrepentimiento y te perdona? ¿Escuchas alguna voz celestial que te lo confirma?

¿Cómo sabes que estás en condiciones de ser perdonado?
Te darás cuenta de que la cosa no es tan sencilla… Una persona que roba un banco y se niega a devolver el dinero, por más que se confiese directamente con Dios o con un sacerdote, si no tiene intención de reparar el daño hecho -en este caso, devolver el dinero-, no puede ser perdonada… porque ella misma no quiere «deshacerse» del pecado.

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