La discriminación se da cuando a personas, o entidades iguales, de la misma naturaleza, se le dan tratamientos y derechos diferentes
Después de las noticias sobre el resultado del referéndum irlandés acerca del así llamado “matrimonio” gay −y digo así llamado, porque esa unión u otras semejantes que se pudieran dar entre cualesquiera tipo de personas que no fueran hombre y mujer, no serán nunca matrimonio−, la reacción de la Santa Sede ha sido, sin duda, oportuna, además de necesaria. Y lo ha hecho por boca del card. Secretario de Estado.
El card. Parolín ha comentado el hecho con estas palabras: “El referéndum irlandés es una derrota para la humanidad. Me quedé muy triste por el resultado, la Iglesia tiene que reforzar su empeño evangelizador”.
Empeño que, lógicamente, en este campo, no es otro que el de reafirmar todas las palabras que el papa Francisco está diciendo en sus audiencias del miércoles sobre la familia, siempre formada por hombre y mujer, varón y hembra, si se quiere, y los hijos que nacen de esa unión.
Un conocido periodista francés, que declara tener tendencias homosexuales, apoya sin ambages al Papa, y ha osado −bendita osadía− decir textualmente en una entrevista:
“La Iglesia es la única que dice que hay un problema en la homosexualidad. La única que se atreve a decir lo que en realidad es, y a proponer un camino de felicidad para las personas con estas tendencias, es la Iglesia. La única que habla de nuestro sufrimiento y propone soluciones es la Iglesia. Yo jamás he sido rechazado por un sacerdote. La Iglesia te propone un camino, que es la continencia, sin imponértelo. La continencia no anula tampoco la belleza de la unión homosexual, pues hay bellezas que vienen de la amistad”.
