
Nuestra cultura nos va habituando a un respeto cada vez más parcial de la vida
Todos, cuando acudimos a un médico, esperamos profesionalidad y competencia. Es normal, le encomendamos algo muy valioso: nuestra salud.
Y un buen doctor −estaremos de acuerdo−, reconoce una enfermedad y pone en marcha el tratamiento más adecuado para combatirla. Pero si dijera que hoy, el buen médico es también quien reconoce a tiempo una enfermedad, para así poder suprimir lo antes posible al que la padece, ¿qué pensaríais? Quizá que estoy loca. Desgraciadamente, estoy describiendo la realidad.