Seguimos con una extraña costumbre: usar palabras éticas fuertes −por ejemplo, mentira−, simplemente como insulto que tiende a la descalificación, no de argumentos, sino de personas
No entiendo que se pueda hablar de lucha contra la corrupción en España −tan necesaria, frente a la proverbial admiración de la picaresca− y a la vez se proponga la supresión de instituciones, como el Consejo del Poder Judicial, que debilitarían aún más el endeble funcionamiento de la administración de justicia. Tiene bemoles que el ministro del ramo proteste de la lentitud de una instrucción: por razones de forma −debería ser el primero en respetar la independencia de los jueces− y de fondo, como la política aplicada en este campo en las últimas décadas.
No confundo moral y derecho. La ética está en un plano distinto de la jurisprudencia. Lo aprendí de joven en aquella parte general del derecho que explicaba y exigía con rigorFederico de Castro y Bravo en la Facultad de Madrid. Pero estoy persuadido de que el deterioro de la justicia agrava el problema de la ética en la vida pública. Es la razón de no dar mi voto al bipartidismo. Pero menos aún a partidos emergentes, alejados de la división de poderes de Montesquieu. Desde la hecatombe de la UCD, me he visto abocado a la abstención, por mi prioridad casi absoluta en favor de la justicia.
Estos días, sin embargo, vuelven a repetirse acusaciones cansinas de unos y otros, que usan y abusan de la ética en el debate político, cuando cometen errores quizá elementales en materia de cumplimiento de las formalidades de la ley.