Mostrando entradas con la etiqueta AMOR DE DIOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta AMOR DE DIOS. Mostrar todas las entradas

lunes, 11 de febrero de 2019

Solo el amor salva

“Solo lo que se ama puede ser salvado. Vos no podes salvar una persona, vos no podes salvar una situación si no la amás. Solo lo que se ama puede ser salvado” (Francisco)
En el cuadro de Henri MatisseÍcaro (143-1946), el punto rojo es testigo del corazón humano, hecho para volar.
En la perspectiva cristiana lo único que salva y libera de verdad es el amor: el amor que Dios es y nos tiene, y que nos llama a colaborar con él en nuestra propia salvación y en la de otros.

miércoles, 2 de enero de 2019

Francisco: ‘Es el amor el que da plenitud a todo’

‘Es el amor el que da plenitud a todo’, ha afirmado el Papa en su Homilía durante las primeras Vísperas de la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios y el Te Deum de acción de gracias por el año que concluye.
Esa tarde, el Santo Padre presidió las primeras Vísperas de la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios, liturgia a la que siguió la exposición del Santísimo Sacramento, el canto del tradicional himno del ‘Te Deum’ de agradecimiento por la conclusión del año civil y la Bendición Eucarística.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Qué significa el amor


 Existen posibles definiciones que muchas parejas de enamorados daban de cómo conciben el amor. Es difícil intentar reproducirlas todas en este espacio. Nos limitaremos a glosar algunas de ellas, las que suenan más interesantes.

Es dar sin calcular si amo más, si amo menos. Es perdonar. Es comprender. Es aceptarse a sí mismo para luego hacer con el otro tal cual. Es estar juntos en las buenas y en las malas, es esperar, tolerar, escuchar, callar, hablar…

Podríamos resumir el amor en una pequeña frase: ‘cuenta conmigo’, o ‘a mi me agradaría estar contigo’. El amor nos hace vivir un cierto éxtasis que no significa vivir en la fantasía, porque los dos  somos personas diferentes con distintos gustos, defectos y virtudes. Es allí donde el amor  nos hace aceptar, cambiar, perdonar y, ¿porqué no? hacer feliz al que está a  nuestro lado.

viernes, 23 de enero de 2015

La Iglesia predica el disparate


La Iglesia predica el disparate
   No se trata de sadismos ni masoquismos, sino de locura de amor hacia un Dios que, habitando en el misterio, se ha hecho uno de nosotros para darnos la vida con la chifladura y el escándalo de la cruz
   Sí, desde sus comienzos, la Iglesia fundada por Cristo no ha cesado de pregonar despropósitos. Unos pocos de ellos −variables según los tiempos− han tenido un número más o menos elevado de adeptos alejados de ella. Hoy día ocurre respecto a tareas cuyos objetivos se centran en los enfermos, desfavorecidos por la vida, excluidos sociales por droga, inmigrantes, analfabetos, gentes sin techo, parados de larga duración, víctimas de las mil y una guerras, etcétera. Muchos alaban esas labores, lo que no significa que ayuden en las mismas. Algunos ya se retiran si ven que, con ocasión de tales actividades, los que las realizan procuran difundir el Evangelio entre sus beneficiarios, sin exclusiones de quienes no lo deseen. Se van los que quieren una Iglesia-ONG.
   Pero procediendo con un poquito de orden, ¿cómo entender que Dios se haga hombre? Y puestos a que eso suceda, ¿cómo encajar que nazca en un rincón perdido del mundo y, además, en un establo? Lo último −porque el desvalido está de moda− podría ser más aceptado, hasta haría de Cristo un neosindicalista convencido que se muestra con obras, cosa difícil de evidenciar en el ramo. Pero la pertinacia de la Iglesia le lleva a decir que es el salvador del mundo y que, después de treinta años de ser un oscuro artesano, y tres intensos de predicación haciendo el bien, acabará condenado a morir en una cruz. Y que, precisamente ahí, será nuestro redentor.

lunes, 20 de junio de 2011

SOLO EL AMOR MUEVE EL MUNDO

Sólo el amor mueve el mundo
Otras cosas no lo mueven, a veces lo paralizan o lo tuercen

     En el último verso de su Divina Comedia, dice Dante que “el amor mueve al Sol y las demás estrellas”. Alguien replicará que al mundo le mueven sobre todo los intereses, el dinero, el poder, etc. Otros pensarán que al mundo le mueven las ideas. Pero lo que de verdad mueve al mundo es el amor. 

      Esto se aclara plenamente cuando se vive y se comprende la fe cristiana. Lo ha explicado Benedicto XVI en su homilía de Pentecostés (12-VI-2011), en tres pasos: el Espíritu santo (tercera persona en Dios, uno y trino, amor del Padre y el Hijo, persona-amor en Dios), es el vínculo entre lo humano y lo divino; Jesucristo es la manifestación de la verdad del amor; la Iglesia es comunidad de amor (y, por tanto, de amistad y de alegría). 

      Primero el Espíritu Santo. «El Espíritu creador de todas las cosas, y el Espíritu Santo que Cristo hizo descender desde el Padre sobre la comunidad de los discípulos, son uno y el mismo: creación y redención se pertenecen mutuamente y constituyen, en el fondo, un único misterio de amor y de salvación. El Espíritu Santo es ante todo Espíritu Creador y por tanto Pentecostés es la fiesta de la creación».

      Esto, según el Papa, tiene como consecuencia una visión positiva del mundo y de Dios que lo creó por amor. «Para nosotros los cristianos, el mundo es fruto de un acto de amor de Dios, que hizo todas las cosas y del que Él se alegra porque es “algo bueno”, “algo muy bueno”, como nos recuerda el relato de la Creación (cf. Gn 1,1-31)»

      Si Dios es bueno, y si el mundo (el ser creado) es un acto del amor de Dios, entonces no es verdad lo que a veces se dice de Dios: que no se le puede conocer, que está lejos de nosotros, que si permite el mal, entonces no es bueno... «Por ello, Dios no es el absolutamente Otro, innombrable y oscuro. Dios se revela y tiene un rostro. Dios es razón, Dios es voluntad, Dios es amor, Dios es belleza». Dios es amor que se comunica y se entrega en su Espíritu, tanto al crear todas las cosas como al enviárnoslo en Pentecostés.

      En definitiva, cuando surgen la preguntan: ¿cómo compaginar la vida diaria con la fe, la historia humana y la salvación, las realidades terrenas (el trabajo, el amor humano, la búsqueda de la justicia) y lo propiamente divino (la santidad, la eternidad, la gracia)?, la respuesta viene luminosa: con el Espíritu Santo. Y no es una “escapatoria piadosa”, porque Él es el amor que hace participar de la santidad divina (por la oración y los sacramentos) y conduce al amor del prójimo. 

      Segundo, Jesucristo como “rostro” humano del amor. San Pablo dice que el Espíritu Santo nos lleva a reconocer que “Jesús es el Señor” (cf. 1 Co 12, 3b), lo que es un resumen del Credo. Observa Benedicto XVI que esa expresión se puede leer en dos sentidos: «Jesús es Dios, y, al mismo tiempo, Dios es Jesús. El Espíritu Santo ilumina esta reciprocidad: Jesús tiene dignidad divina, y Dios tiene el rostro humano de Jesús. Dios se muestra en Jesús, y con ello nos da la verdad de nosotros mismos»

      Esa Verdad que es y nos comunica el Espíritu Santo —la Verdad del amor— es transformadora y unificante, respetando lo diverso de las culturas, de las lenguas, de las mentalidades: «La multiplicidad se hace unidad multiforme, del poder unificador de la Verdad crece la comprensión». Donde estaba Babel (la confusión) surge la nueva comunidad que es la Iglesia, familia de Dios. 

      Con otras palabras: el amor de Dios, que une y da vida, se nos da en el Espíritu Santo para que seamos una sola familia que trae la unidad y la vida al mundo. Y esto no es una teoría puramente espiritual, inventada para conseguir poder o influencia, una especie de mística política. Es el horizonte realista, bello y posible, que se ofrece en el Evangelio, y que se puede alcanzar por medio de la fe (don de Dios que suscita nuestra oración) y los sacramentos. 

      Tercer punto, la Iglesia, comunidad de amor (y por tanto de amistad y de alegría). Para explicar la íntima unión entre Jesús, el Espíritu Santo y el Padre, el Evangelio de San Juan representa al Espíritu como el soplo de Jesús resucitado (cf. Jn 20, 22), en recuerdo del soplo divino que dio vida al primer hombre en la creación (cf. Gn 2, 7). 

      El aliento y el fuego del Espíritu Santo, y con Él la nueva Ley del amor (cf. Hch 2, 2-3; Ex 19, 18) nos llega a los cristianos por la fe y los sacramentos. 

      El libro de los Hechos nos habla de los primeros frutos de la venida del Espíritu Santo (cf. Hch 2, 9-11), su poder unificador y vivificador, en aquel grupo de hombres y mujeres que configuraron la Iglesia naciente y se esparcieron por el orbe conocido. Nos quiere decir que «la Iglesia es católica desde el primer momento, que su universalidad no es fruto de la inclusión sucesiva de comunidades diversas. Desde el primer instante, de hecho, el Espíritu Santo la creó como Iglesia de todos los pueblos; ésta abraza al mundo entero, supera todas las fronteras de raza, clase, nación; abate todas las barreras y une a los hombres en la profesión del Dios uno y trino»

      Esto confirma lo que confesamos en el Credo: «Desde el principio la Iglesia es una, católica y apostólica: esta es su verdadera naturaleza y como tal debe ser reconocida. Es santa no gracias a la capacidad de sus miembros, sino porque Dios mismo, con su Espíritu, la crea, la purifica y la santifica siempre». Y todo ello conduce a la alegría, porque Cristo —el “Amigo perdido”— sigue vivo, ha vencido a la muerte y está con nosotros para darnos la alegría como don del Espíritu Santo. 

      En otros términos: la Iglesia surge por la venida del Espíritu Santo, como comunidad de amor. Es la comunidad y la familia de Jesús, Verbo encarnado que sigue dando vida a cada cristiano y al mundo, por la fe, los sacramentos y el amor.

      Por eso la familia de Dios es también el lugar de la amistad y de la alegría. Pero, atención. Esto no quiere decir que el programa cristiano sea “eclesiastizar” el mundo. La misión de la Iglesia y de cada cristiano es abrir a cada persona y al mundo —en su verdad, bondad y belleza— a ese Dios, que es Amor, “Deus caritas est”, y, por tanto, al amor. Por ahí va la solución a todas las “crisis”. El amor, con hechos, es lo que mueve de verdad al mundo. Otras cosas no lo mueven, a veces lo paralizan o lo tuercen. 

Ramiro Pellitero. Universidad de Navarra
AnalisisDigital.com / Almudí