Un pequeño grupo de hombres y de mujeres reciben al Espíritu Santo, Dios con nosotros, y cambian ellos y se lanzan a cambiar el mundo
Entre los “Momentos estelares de la humanidad” −título algo pretencioso, ciertamente− recogidos por Stefan Zweig en su libro, no aparece ni mencionado siquiera. Tampoco he visto que los historiadores de Roma le hayan prestado mayor atención. Ni siquiera Spengler, Toynbee, y otros conocidos pensadores de la historia han parado en este acontecimiento su atención.
Y es lógico. ¿Qué interés puede tener una reunión de un grupo de hombres y mujeres, que apenas pasan de ser algo más de ciento diez personas, en una Jerusalén dominada por las centurias romanas? Y, sin embargo, Pentecostés es el acontecimiento que más huella ha dejado, y seguirá dejando, en la historia de los hombres sobre la tierra.
¿Por qué?
Ante la persona de Cristo, Dios y hombre verdadero, más de uno ha intentado hacerse con la figura humana y olvidar la divina; han pretendido adaptarlo a la cultura reinante en una época. Se ha hablado del Cristo histórico y del Cristo de la Fe, queriendo separar uno del otro, estudiarlos también por separado, y en definitiva vaciar de sentido al Jesucristo real, Dios y hombre verdadero.
Con Pentecostés no se pueden hacer estos malabarismos de interpretaciones: se acepta o no se acepta. Si se acepta, se comienza a entender la realidad de la Iglesia, la realidad de la primera evangelización, la realidad de la presencia de la Iglesia en todo el mundo.