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martes, 27 de junio de 2017

Ciencia, Dios y libertad

Cierto que hay científicos no creyentes, pero observamos que fe en Dios y mundo racional o experimental no son incompatibles; si falta, se suple con otras creencias devenidas dogmáticas…
Las redes sociales no suelen ser buen punto de encuentro con la ciencia o la cultura en general. No porque no sea su lugar frecuentemente. Pero se lee poco si se ve extenso. Invitan a la velocidad, tal vez por la complicidad de pinchar un me gusta o una recomendación sin haber leído el trabajo. Pero cometeré la osadía de partir de algo visto en un WhatsApp. Varios científicos, premios Nobel de física dan su opinión acerca de si la ciencia aleja de Dios: ¿por qué creo en Dios? Porque veo un universo que, si se hubiera construido algo diferente, nunca habría dado a luz a las estrellas ni a los planetas y, mucho menos, a las bacterias y a las personas (William D. Philips). El primer trago de la copa de las ciencias naturales te volverá ateo, pero en el fondo de esa copa te espera Dios (Werner K. Heisenberg).

viernes, 7 de noviembre de 2014

¿Por qué el Big Bang no contradice a Dios?


¿Por qué el Big Bang no contradice a Dios?
   Lo que Dios nos revela no tiene como objetivo descubrirnos datos de tipo científico, sino aspectos de nuestra existencia mucho más importantes
   Una de las causas principales de la percepción de conflicto entre ciencia y fe, en mi opinión, es la facilidad que tenemos de hacernos un Dios a nuestra medida. Dicho con palabras parecidas a las empleadas en otros contextos por el Papa Francisco, tenemos dificultades para «dejarnos sorprender por Dios». Tendemos a encerrar a Dios en nuestras categorías mentales y no a abrirnos a la grandeza de Dios. El resultado es pensar un Dios muy pequeño.
   Lo realmente desafiante es aceptar al Dios del que nos habla el mismo Dios. Cuesta aceptar a un Dios que nos habla de su creación, e incluso de su propia vida, con palabras humanas y, en el cristianismo, asumiendo la condición de un hombre de carne y hueso, que estuvo en el seno de una mujer como cualquier otro hombre, que murió violentamente en una cruz, y que se proclamó Hijo de Dios. Esto siempre ha sido escandaloso, y lo sigue siendo.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Hacer ciencia no es jugar a Dios

  
   La Ciencia no nos traerá la respuesta para la pregunta fundamental sobre el sentido, porque el quehacer científico solo se puede centrar en el cómo es la realidad, no en el porqué ni el para qué. Sin embargo, el conocimiento racional de la realidad, para el que estamos dotados, es un impulso escrito en nuestra propia naturaleza.

   Hay noticias científicas que tienen garantizados titulares de portada en todos los medios. Así ocurre ahora con la publicación de hallazgos sobre la síntesis de un cromosoma completo, copia de otro ya existente en la naturaleza. Los comentarios oscilan entre la exageración interesada de la importancia real del trabajo y las elucubraciones —casi siempre inexpertas— sobre la forma en que estos resultados tienen necesariamente que impactar en nuestra concepción del mundo. De los primeros, sorprenden afirmaciones como que ahora se podrán crear algas capaces de absorber gas carbónico y producir hidrocarburos, cuando eso es lo que hacen ya de forma natural muchas especies de algas. 
 

martes, 9 de abril de 2013

La Iglesia católica tiene fe en la razón humana

  
La razón y el corazón humanos pueden transitar por vías que llevan a Dios, aunque estrictamente no "prueben" su existencia: no son pruebas en el sentido de las ciencias naturales, pero sí argumentos convincentes que permiten llegar a verdaderas certezas

      Durante la octava de Pascua, la liturgia acaba de proclamar textos del Evangelio y de los Hechos de los Apóstoles de gran densidad. Confirman, ante la realidad histórica del misterio, la ineludible cooperación del razonamiento humano.

      Las dudas y la resistencia de los Apóstoles a creer en la Resurrección de Cristo, confirman la verdad de los relatos, aunque exijan el don de la fe: nadie fue testigo presencial del momento en que se producía el mayor de los milagros. Los discípulos aparecen confusos por la muerte de Jesús en la cruz, condenado con dos delincuentes, aunque sólo Juan estuvo en el Calvario. No se esperaban ese final, tan bien descrito en el diálogo con los de Emaús.

jueves, 21 de febrero de 2013

Ciencia y fe

   Ayer asistí a una espléndida conferencia del profesor Ayllon en el marco de los Diálogos de Teología 2013 organizados  por la Biblioteca sacerdotal Almudí y la Facultad de Teología de Valencia. Comparto con vosotros su exposición.

   Mi propósito en esta conferencia es poner de manifiesto la muy estrecha relación entre fe y ciencia; tan estrecha que la fe cristiana ha hecho posible la ciencia, y la ciencia bien enfocada predispone a creer
     
1. ¿Qué fe y qué ciencia? − 2. ¿Por qué nace la ciencia en la Europa Cristiana? − 3. Relación de complementariedad − 4. La argumentación cosmológica − 5. El caso Flew − 6. El caso Hawking − 7. Fe y ciencia en Pascal
1. ¿Qué fe y qué ciencia?
      Cuando hablamos de fe y ciencia, ¿de qué fe estamos hablando?
      La respuesta es sencilla: de la única fe que se plantea la relación con la razón, con la ciencia. ¿Qué sucede con las demás religiones? Pues sucede que:
• Unas pertenecen al ámbito del sentimiento, no de la razón.
• Otras, al ámbito de la burocracia del Estado.
• y otras creen que Dios modifica a su gusto las leyes del Universo. 

domingo, 29 de mayo de 2011

El “cielo” de Hawking

   Hawking tiene realmente “razón”. Su “cielo” no existe.  Ese “cielo” que, en sus palabras, “es un cuento de hadas para los que tienen miedo a la muerte, para los que temen la oscuridad”.

   Efectivamente, ese “cielo”, el “cielo” de Hawking no existe. Y a Dios gracias. ¿Para que tenía que existir un “cielo” tan inútil?

   A los hombres jamás se les hubiera ocurrido inventarse un “cielo” para calmar sus temores a la muerte; sencillamente, porque si el Cielo no existiera, jamás el hombre hubiera tenido el mínimo temor a la muerte. Como no tiene “miedo a la muerte” ni la hormiga, ni el gato, ni el orangután, ni el jilguero, ni la mariposa, ni el pez más escuálido ni la ballena más voluminosa.

   ¿Por qué Hawking tiene esa preocupación de un “cielo” que no “existe”? Me viene a la cabeza un par de escolios de Gómez Dávila: “El ateo nunca le perdona a Dios su inexistencia”; “Es más fácil creer en los dioses del Olimpo o de los Indigitamenta que en la inexistencia de Dios”.

   Hawking es muy libre de seguir haciendo afirmaciones sobre “dios”, sobre “el cielo”. ¿Añora quizá el Cielo que sí existe, el Dios que sí existe? Quizá eso podría explicar que vuelva de vez en cuando sobre estos temas. ¿Busca acaso que alguien le convenza de que la existencia de Dios está fuera del alcance de sus fórmulas físico-matemáticas? Y que, por consiguiente más allá de la razón existe la Fe, una Fe tan llena de inteligencia como la razón misma.

   Reconozco que rezo para que Hawking abra su inteligencia, su prodigiosa inteligencia a la Fe. La Fe cristiana no se opone, en absoluto, al saber científico. Al contrario, la Fe amplía el horizonte de nuestro conocimiento y empuja el corazón del hombre a  conquistar cada más profundamente  el conocimiento del universo.

   “Dejadme ir a la casa del Padre”. Juan Pablo II, y con él muchos otros hombres y mujeres, no han tenido ningún miedo a la muerte. No se inventaron nada, ni tuvieron la más mínima necesidad de “cuentos de hadas”. ¿Qué sentido tiene inventarse algo que ya existe? Sencillamente descubrieron en el fondo de su corazón “lo que el Señor tiene reservado para quienes le aman”: el Cielo, el Amor de Dios.

   Quizá algún día Hawking amplíe el horizonte de su visión del mundo, de su visión de la Creación –que no cabe, ciertamente, en ninguna fórmula matemática. Y entonces se dará cuenta de que  el hombre es lo suficientemente inteligente para ser consciente de que su vida no acaba aquí.

   Y no necesitará ni temblar ante la muerte, ni buscarse un refugio en un “cuento de hadas”. Sencillamente dirá, con serenidad y paz: “Dejadme ir a la casa del Padre”.

 Ernesto Juliá Díaz
RELIGIÓN CONFIDENCIAL

jueves, 17 de marzo de 2011

Algunos apuntes sobre creación y ciencia

Algunos apuntes sobre creación y ciencia
La fe relata el origen más íntimo del hombre, el proyecto que hay detrás de él. Buenas reflexiones del Dr. Cabellos que arrojan luz sobre los debates actuales fe-ciencia

   He leído una entrevista a Karl Giberson, interesante tanto por su claridad como por la decidida voluntad de abordar los problemas, Giberson es físico y teólogo, autor de publicaciones de referencia en el estudio Fe-Ciencia. Una muy conocida es "The Oracles of the Science". Es director de un Foro sobre Fe y Ciencia y vicepresidente de la Fundación BioLogos, que creó junto a Francis Collins, responsable del proyecto Genoma Humano. Edita la revista Science&Religion Today. Tomo estos datos de la revista Nuestro Tiempo, que publica la citada entrevista, para anotar que no estamos ante un cristiano simplemente voluntarioso.

      Acerca de las actuales relaciones Fe-Ciencia, Giberson afirma que el avance de la ciencia la facilita para unos, mientras que es dificultad para otros. Lo ponen arduo ciertos cristianos muy combativos con la teoría de la evolución, y algunos científicos que se proclaman los "nuevos ateos" porque —según dicen— la ciencia ha sustituido a la religión hasta tal punto que es necesario abolirla. Algo así es el universo determinista de Laplace respecto a Dios. Laplace hace de ese universo una gigantesca maquinaria que opera eternamente y en ella el movimiento está prescrito para siempre. Por eso se atrevió a declarar: Ya no necesito más la hipótesis de Dios.

      En una obra publicada en 1985, afirmaba el entonces arzobispo Ratzinger que enseguida aparecieron nuevos conocimientos, como la teoría de la entropía que sostiene que la energía se consume; y luego surge la teoría de la transformación de la materia en energía, con lo que se desvanecen las dos conservaciones tradicionales: materia y energía. Después vendrá la teoría de la relatividad y otros conocimientos que muestran que el universo tiene un horario, que aún en la nebulosa de miles de millones de años, hacen ver para él un principio y un fin, lo que, junto a su armonía, viene a plantear una razón de todo, de necesaria consideración. Albert Einstein escribió en "Mein Weltbild" —según cita Ratzinger— que en las leyes de la naturaleza «se manifiesta una razón tan considerable que, frente a ella, cualquier ingenio del pensamiento o de la organización humana no es más que un pálido relejo».

      Monod —sigo tomando ideas explicadas por Ratzinger— sostiene, sin embargo, que todo el concierto de la naturaleza es un producto de errores y disonancias. El propio Monod cita lo que Mauriac escribió sobre sus teorías: «lo que este profesor nos quiere demostrar es aún más increíble que lo que se exige creer al cristiano». Fuente de discordancias entre Creación y Ciencia lo ha constituido la conocida frase del Génesis, dirigida por Dios al hombre: «someted la tierra». Se ha entendido mal en ámbitos de creyentes y entre algunos científicos o pensadores que han hecho de ella un arma arrojadiza contra el cristianismo, considerándolo culpable de la miseria del planeta.

      Una y otra vez vuelve Ratzinger sobre un doble asunto a tener en cuenta en la comprensión de la Biblia: es una revelación progresiva —cada pasaje no es "a se"—, en la que hay que estudiar un itinerario y, luego, observarlo todo desde Cristo, explicación última de lo manifestado gradualmente por Dios. En este asunto, por ejemplo, el capítulo siguiente del Génesis, describe con dos palabras el mandato: labrar y cuidar. La razón del activismo y del afán de dominio que hoy nos posee procede de una mentalidad iniciada en el Renacimiento, que se concreta más recientemente en el postulado de Marx: el hombre ya no debe interrogarse por su origen ni procedencia, pues se trata de una pregunta carente de sentido.

      Todo eso tiene que ver con el precepto divino. Marx lo transforma de modo fundamental: el hombre debe producir la verdadera creación, que luego le será útil. Ernst Bloch completa el cuadro afirmando que la verdad no es lo que nosotros percibimos. Verdad será únicamente la transformación. La naturaleza ya no será para cultivarla, no es lo que es, sino que se concibe en sí misma como transformación. Ratzinger observa aquí la gran opresión de nuestro tiempo. Todo comenzó con la concepción del cosmos como fruto del azar y la necesidad.

      Hay diversas hipótesis sobre el origen del universo, siempre contando con el evolucionismo, planteamiento sugestivo, hasta como expresión del poder divino, pero con muchos aspectos por explicar: la materia inicial, la admirable armonía cósmica que contemplamos y el particular caso del hombre. De cualquier modo, no se trata de Creación o Evolución, sino de ambas cosas, porque responden a preguntas distintas. La fe relata el origen más íntimo del hombre, el proyecto que hay detrás de él. La evolución trata de describir periodos biológicos. Lo empírico o el cálculo matemático, la física tienen mucho que decir. Y un cristiano —como Collins o Ken Miller— ama la ciencia, sabiendo que no demostrará la existencia ni la inexistencia de Dios.

      Pero muros no traspasables por la ciencia, pueden hacer necesaria la honradez de plantearse otros problemas meta-científicos, en cuya puerta nos sitúa el mismo conocimiento. Con humor, expresa Giberson que si nos limitásemos a las conclusiones de la ciencia, nunca podríamos asegurar que nuestra esposa nos ama.

Pablo Cabellos Llorente
Almudí

jueves, 28 de octubre de 2010

La metafísica darwiniana

   Uno de los éxitos del fundamentalismo científico es la existencia de una realidad que no hace mucho viví en mis propias carnes. Un habitual comentarista de mi blog me envió un correo electróAlmudi.org - Pensadornico donde me decía: "filosofar sobre ciencia es una pérdida de tiempo". La sentencia es breve, pero destructivo su contenido en cuanto que es una proposición que lamentablemente se esparce entre los españoles de más corta edad gracias a unos planes de educación que han logrado que nuestros barbilampiños se limiten a hacer las cosas sin peguntarse el por qué. Resultas de eliminar o discriminar aquellas asignaturas cuyo objeto es la reflexión —filosofía o historia de la ciencia— se logra lo evidente: generaciones de niños y jóvenes ignorantes que creen ciegamente que la ciencia es autónoma, pura objetividad y el culmen del saber.    
   El fundamentalismo científico sitúa la ciencia y la opinión de los científicos como verdad axiomática e incontrastable. Sus embajadores no son sólo charlatanes, sino que entre ellos se cuenta a científicos de renombre, que defienden sus creencias utilizando la ciencia de manera irracional y atacando airadamente a quienes discuten sus planteamientos. La ciencia no es el Conocimiento, sino que es otro modo más de conocer, en concreto mediante el método científico. Es importante remarcar la cuestión del método porque es precisamente esto lo que olvidan siempre los cientificistas. Si atendemos al método de manera rigurosa y pormenorizada distinguiremos con rapidez qué es ciencia y qué es pseudociencia
   El objeto de la ciencia es conocer la realidad natural y explicar determinados fenómenos mediante la experimentación del modo más confiable posible y siempre mediante pruebas. Es importante señalar, porque los fundamentalistas de la ciencia lo obvian, que lo que afirma la ciencia es siempre provisional y nunca infalible ni absoluto; lo contrario es mentir. El conocimiento científico requiere descripciones —leyes— de lo que acontece como explicaciones —teorías— del por qué ocurre. El límite del método de la ciencia radica en que sólo puede aplicarse para el estudio de fenómenos medibles, reproducibles o repetitivos. De este modo, si algún científico quiere alcanzar el conocimiento total tanto de un fenómeno como de la realidad en su conjunto no obtendrá ningún resultado solo con su método ya que se introducirá en el ámbito de otros sistemas de conocimiento, entre ellos el metafísico cuando se trata de la cuestión de Dios, recientemente tratada por Hawking.    

OpusPrima.wordpress.com (Almudí)
Joan Figuerola 
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lunes, 18 de octubre de 2010

El Dios que la ciencia no puede atrapar

       Buen artículo del Dr. Viladrich que reflexiona sobre la vieja tentación de fabricar un dios a la medida humana

       Cada poco, algún astrónomo nos asegura, escudriñando las grandes magnitudes, que no encuentra a Dios en el big bang del universo, ni en lugar alguno de su incalculable expansión, salvo alguna ley física, como la gravitatoria, la cual existe por azar o por necesidad. Y, en el ínterin, algún físico subatómico, tras rebuscar en las mínimas magnitudes, nos afirma que no existe Dios porque tampoco está allí donde ya no queda sino lo definitivamente minúsculo, ambiguo y caprichoso: ora longitud de onda, ora cierta consistencia, ora al azar, ora por necesidad.

       Me deja perplejo este discurso científico. Parece dar por supuesto –como un dogma infalible– que la manera de seccionar, de toda la realidad existente, aquella que se deja atrapar por la verificación empírica es la única forma de conocer y, además, todo lo que existe. Mucha pretensión es esa. Es como si, por aplicar a la Pietà o a Las Meninas todos los más avanzados instrumentos que poseen las modernas ciencias empíricas, consiguiéramos localizar y atrapar dentro de la escultura o del lienzo al íntimo Miguel Ángel y al completo Velázquez. El autor no está encerrado dentro de su obra como la última muñeca de una matrioska.

       La obra no es la cárcel del autor. Entre el autor y su obra siempre media una distancia irreductible –y una libertad del creador– por la sencilla razón de ser ambos de naturaleza sustancialmente diversa. Si uno quiere conocer a fondo a su madre o a su amada, por ejemplo, hará bien en considerar que los datos de un análisis hematológico, de un escáner o de un tac, aun siendo exactos, no le desvelan ni lo más profundo ni lo más importante de esos seres queridos. Porque el amar es otra forma de conocer y mucho más profunda, por cierto. Quien ama lo sabe sin leer a Max Scheler.

       Resulta un descubrimiento muy antiguo –sobre 2500 años– que el discurso intelectual, que concatena sus pasos mediante la verificación empírica, no es el único modo de conocer y que, sobre ciertas realidades –como la intimidad del hombre o el sentido de su existencia– ni siquiera es el más profundo. Está en nuestros primeros clásicos, por ejemplo en el Fedón de Platón. Allí se cuenta una entrañable anécdota, de Sócrates. Parece ser que siendo joven, decepcionado de tanto charlatán sofista, andaba buscando un maestro que con rigor pudiera enseñarle la verdadera causa de las cosas.
.....
       Si la localizasen y la atrapasen…, dirían que no es alma pues sería material. Esta contradicción no muestra la existencia del alma. Lo único que demuestra es que, en caso de existir un alma espiritual, la experimentación empírica sobre nuestra materia neurológica no es método que sirva para cazar el alma. Y algo parecido ocurre con la controversia sobre la existencia de Dios. ¿De veras podemos suponer que el método científico es, de suyo, capaz de atraparlo? Porque si no puede atraparlo, tampoco puede ni afirmarlo ni negarlo con aquella certeza “científica” propia de las cosas que son materiales y experimentables, localizables y mensurables.

       Ahora resulta que el universo es demasiado colosal para haber sido creado y, en consecuencia, resulta más a la medida de la mente humana suponerlo fruto del azar y la necesidad. Podría estar de acuerdo si me interesase un dios fabricado por el hombre a su medida.

Pedro-Juan Viladrich

LA GACETA
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