Escribe Ernesto Juliá: Mi amigo no estaba muy convencido de ninguna de esas dos afirmaciones y se preguntaba si Dios, siendo tan bueno, puede castigar a alguien con el infierno, en caso de que existiera; o aniquilarlo, en caso de que no existiera.
Hace ya algún tiempo, un antiguo compañero de universidad me llamó por teléfono. Hacía años que no nos veíamos, y yo no estaba muy al corriente de su situación familiar y laboral, y mucho menos de la situación de su espíritu. Quedamos para hablar con calma; y así lo hicimos una soleada tarde de octubre.
