Escribe Ernesto Juliá: 
Una sinfonía que nos invita a volver siempre a contemplar las Verdades de nuestra Fe, a abrir los ojos para reconocer nuestros pecados, y saborear así, arrepentidos y pidiendo perdón, el amor misericordioso de Dios
Desde la conversión de san Pablo −de perseguidor de la Iglesia incipiente a defensor y apóstol de la Fe en Cristo−, la voz de los conversos ha tenido siempre un lugar privilegiado dentro de la armoniosa sinfonía de voces, y de clamores, que es la Iglesia fundada por el Señor.
San Pablo, incluso, llevo su celo hasta corregir filialmente a Pedro −que recibió muy bien, humildemente, la corrección−, en un momento de debilidad acomodaticia ante las tradiciones rituales judías. Hoy le llamaríamos, anhelo de estar al paso de la “opinión pública”, si es que alguien es capaz de decir con toda precisión que es la “opinión pública”.
Gilbert ChestertonLeon BloBernard Nathanson, Card. NewmanEdith Stein −santa Teresa de la Cruz−, Manuel García-Morente, entre otros, por no hacer la lista demasiado alargada, aunque no puede faltar la voz de san Agustín, han alzado la voz en el coro de Fe de la Iglesia Católica. Voces de acciones de gracias; voces de remordimiento; voces de júbilo,... y voces siempre de una cierta llamada de atención. ¿De atención? ¿Por qué y para qué?