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miércoles, 6 de febrero de 2019

Necesitamos hombres que sepan llorar

Necesitamos profesores con alma y corazón, y no solo que sepan mucho de su asignatura, porque si no ponen alma y corazón, realmente no saben cómo enseñarla.
Me llegan a la vez dos textos aparecidos recientemente en el New York Times que me impresionan. 
Por un lado, David Brooks escribe un artículo el 18 de enero con el hermoso título “Students Learn From People They Love” [“Los estudiantes aprenden de aquellos a quienes aman”], que me lo hace llegar mi querido amigo Fernando Batista desde México. 

viernes, 22 de septiembre de 2017

Tachar de ingenuos

Un viaje conmovedor a la intimidad de unos adolescentes cuyas vidas estaban sacudidas por los malos tratos, la pobreza, la violencia, las drogas y el alcohol; pero también por un deseo latente de superarse.
A sus 23 años, Erin Gruwell parecía dispuesta a comerse el mundo, un día de otoño de 1994, cuando empezaba a trabajar como profesora en el Woodrow Wilson High School, un conflictivo instituto de Long Beach, en California. Los experimentos de integración racial en las aulas de aquella escuela no parecían estar dando los resultados apetecidos.
Como profesora en prácticas, le asignaron la peor clase del instituto, la que nadie quería. Se encontró con un grupo de chicos de diferentes etnias, con problemas familiares y de adaptación social, incapaces de progresar en el estudio y a los que el sistema daba ya por irrecuperables. Lo único que aquellos chicos parecían tener en común era la rivalidad entre ellos y el convencimiento de que el sistema educativo se limitaba a retenerlos allí como fuera, hasta que llegaran a la edad legal necesaria para abandonar la escuela.