Si lo hemos sufrido en nuestras carnes, somos más conscientes de lo sangrante que puede llegar a ser un asunto tan inconsistente, tan superficial. De la maldad que puede haber en una opinión dejada caer como si nada: “pues he oído decir…”
Cuantas veces nos habrán recordado, personas bien intencionadas, que es muy peligroso juzgar. Incluso habremos oído más de una vez que “solo Dios juzga”. Lo entendemos y nos lo creemos, pero a la mínima de cambio estamos cayendo en la difamación. Qué fácil es dejar mal a alguien, y casi siempre es de modo injusto, sin datos suficientes.






