Hay que hacer regalos por Navidad, pero celebrar semejante acontecimiento con una orgía de compras es una incongruencia sórdida.
Si el consumismo es siempre una lacra deshumanizadora y un instrumento de control social con el que se anestesia la muerte del espíritu, el consumismo navideño se convierte en su expresión más desaforada y aberrante. Porque la Navidad, que es una subversión del universo, nos recuerda que nuestra salvación se logra a través del despojamiento, que halla su expresión sublime en la conversión de un Dios que había modelado las estrellas en un Niño recién nacido cuyas manecitas se agitan en una cueva oscura.