Escribe Pablo Cabellos: 
El motor de lo que expreso aquí es un mensaje de un amigo, que no quiere conformarse con la inacción, para que no suceda aquello de que algunos viven del silencio de los buenos
La situación sociopolítica, moral, económica y religiosa en nuestro país no deja un día tranquilo. Con el mayor respeto a las personas y con muchas dudas en torno a las ideas, he puesto el título de cabecera. La existencia que estamos viviendo tiene a menudo un aire de sainete. En algunos asuntos ocasionado por la mirada puesta en la galería: para que algo sea más popular, se acude al dislate que cuesta más o menos dinero. A veces hasta es gratis. En ocasiones, el despropósito es notable. Basta pensar en los de las alcaldesas de las dos ciudades más pobladas de España.
Pero del sainete a la tragedia solamente hay un paso cuando el teatrito toca fibras sensibles en los ideales, el bolsillo, la libertad, la fe. Es cierto que el resultado de las últimas elecciones ha sido como ha sido. Y nadie puede reprochar a otro la forma de dirigir su voto. Me atrevería a añadir que a condición de que medite en las consecuencias del mismo. Hablamos de algunas de ellas. ¿Nos estaremos habituando a tener menos libertad en aras de un progresismo que no se sabe en qué consiste? Por ejemplo: se intenta limitar gravemente la capacidad constitucional de los padres en la elección del centro educativo para sus hijos. Razón clara no hay ninguna. Sí hay un dogma masacrante de la libertad: lo público es mejor porque sí, aunque la experiencia dicte lo contrario.