Una sociedad creada
‘etsi Deus non daretur’ anula el sustrato valorativo de las
instituciones. Y sin valores, la democracia está perdida
Latinoamérica
no se comprende sin el cristianismo. Desde México hasta la Tierra del
Fuego, la Iglesia Católica ha contribuido de manera decisiva a formar
una síntesis viviente de culturas, un mestizaje espiritual que se plasma
en todas las ramificaciones materiales de la vida latina.
Hay un
principio religioso que hermana al continente, por encima de las
diferencias nacionales. Ni bloques ideológicos artificialmente
ensamblados, ni proyectos tecnocráticos más o menos eficaces han logrado
igualar la impronta solidaria del ethos cristiano, un sustrato
esencial para la integración política, ese viejo sueño que venimos
acariciando desde la Anfictionía bolivariana.
