La escena de un niño que se revuelca por el suelo –en la calle, en una tienda o en el metro–, mientras pega unos gritos de mezzosoprano y reclama un dulce, un juguete o, en definitiva, que se haga su voluntad en algún asunto, pone en aprieto a más de un padre que no sabe qué hacer: si darle un coscorrón –con lo que se arriesga a la desaprobación del público– o satisfacer inmediatamente su capricho con tal de que se calle.
Lo que sí sorprendería, ante la pataleta, es que el padre se acuclille y le pida un abrazo al muchacho. Y asombraría aun más que, como resultado, el chiquillo se calmara. Pero sucede. Al menos es la experiencia de los impulsores de la denominada Disciplina Positiva (DP), una estrategia educativa que no busca tanto premiar el buen comportamiento –en definitiva, valdría la pena portarse mal para que, con solo dejar de hacerlo, ya hubiera una recompensa–, sino que enfatiza en hacer comprender al chico las consecuencias de sus actos y en animarle a adoptar mejores decisiones.
