Escribe Angel Cabrero:
¿Cuántas veces hemos oído las quejas de los no creyentes sobre el dogmatismo de la Iglesia? Como si les interesara mucho la doctrina cristiana, que apenas conocen. Les molestan los dogmas, y evidentemente la Iglesia los tiene, pero no para ellos. Para los agnósticos la Iglesia tiene caridad y acogida, que es lo esencial de su mensaje.
En realidad quienes se quejan de dogmatismos son los que no quieren la verdad, salvo que sea la suya. No quieren ni oír hablar de una Verdad con mayúscula, y siempre les huele a imposición o a acusación, porque en el fondo lo que predomina es “yo hago lo que quiero”, que no es más que el “querer ser como dioses” ya presente en el pecado original. Siglos han pasado, pero en el fondo es el problema. Por eso negar totalmente la existencia de Dios es comprometedor, porque les gustaría ser ellos el dios de referencia.
Decía Daniel Innerarity: ‘Algo no va bien cuando la declaración de amor "te quiero" suena demasiado apodíctica e incondicional y se sustituye por un equivalente hipotético del tipo "vamos a ver si esto funciona"’. A estos extremos se llega, y es una realidad constatable, cuando uno no está dispuesto a aceptar una verdad que no sea la propia. Porque en realidad la suya si la quieren imponer. Eso es lo curioso. La Iglesia no puede decir lo que es enseñanza de siglos sobre la moralidad del matrimonio homosexual, pero los lobbies imponen incluso con violencia sus “dogmas”. Y así podríamos hablar de otros muchos temas.

