Una parálisis del deseo causada por la ilimitada disponibilidad de todo lo deseable.
Si se preguntara entre profesionales de la educación qué rasgo diferencia a sus alumnos de los que tuvieron hace veinte o treinta años, es posible que una de las respuestas −o, tal vez, la más unánime− fuera la apatía. Obviamente, surgirían otros muchos aspectos, y tal vez alguno tan relevante, pero seguramente sobresaldría esa extraña y desinteresada pasividad que hace languidecer a tantos jóvenes.
Son, sin duda, la generación de españoles que disfruta del sistema educativo mejor dotado de nuestra historia, y tienen innumerables y buenas opciones formativas por las que planear su formación y sortear las dificultades que ciertamente saldrán a su paso, pero que no serán mayores ni más dramáticas que las de generaciones anteriores. También disfrutan de la mayor libertad personal que las transformaciones culturales y sociales no han dejado de ensanchar, y que han suprimido todos los límites para las más precoces prácticas sexuales, sociales, culturales.
