Nadie esperaba recibir aquel día una noticia semejante. “Un muerto ha resucitado”.
Cuando la losa que cubría la entrada del sepulcro se desplomó y el cuerpo glorioso de Jesucristo abandonó el lugar donde le habían depositado cadáver, la tierra guardó silencio, el universo contuvo el aliento, los ángeles cantaron Aleluya en el cielo, y el diablo se estremeció.
¡Resucitó!