Hacer pronósticos sobre el futuro de China es tarea ardua. Los analistas occidentales han vivido durante mucho tiempo de las ilusiones de Tiananmen, de una época en la que se pensaba que China podía ser otra ficha del dominó que arrastró en su caída a la mayoría de los regímenes comunistas. Pero China era y sigue siendo distinta. Las tesis sobre el desarrollo económico y la paralela ascensión de las clases medias no han demostrado su vigencia. Por el contrario, los comunistas chinos se aferran al poder y ejercen un hábil y riguroso control político y económico.
Ahora el Partido Comunista Chino (PCCh) está vendiendo a su pueblo uno de los bienes más apreciados en un mundo de cambios vertiginosos: la estabilidad. La administra con una dosificada mezcla de autoritarismo, nacionalismo y extensión de la prosperidad económica para un gran número de personas. No es un partido revolucionario sino un partido en el poder. El PCCh ha abandonado en la práctica las teorías de Marx, aunque muchos turistas chinos sigan haciendo una parada obligada en la casa-museo del filósofo alemán en Tréveris, y aunque el régimen ha conservado la iconografía de Mao, venerado no tanto como continuador del marxismo sino como un patriota y liberador de China tras un siglo de humillaciones extranjeras.
