Lo que la juventud no atisba a ver, la senectud puede lograrlo, cuando quita el velo que oculta la realidad no asumida
Fue en plena guerra mundial. Mijaíl Kaláshnikov había sido movilizado dentro del enorme Ejército ruso. Era mecánico y un auténtico manitas. Fue quien desarrolló el famoso fusil de asalto AK-47. Falleció hace unas semanas a los 94 años de edad. Sin embargo, han suscitado mi interés las revelaciones producidas a raíz de su muerte. «Mi dolor espiritual es insoportable. Tengo una cuestión sin resolver. Si mi rifle se llevó la vida de miles de personas, entonces soy culpable por las muertes de esas personas», había confesado antes de morir.
En su misiva, a modo de testamento, manifestaba que fue por primera vez en su vida a una iglesia a la edad de 91 años; y bautizado unos meses más tarde. «Dios me mostró el camino en la tarde de mi vida... Cuando crucé el umbral de una iglesia, mi alma sintió como si hubiera estado allí antes y fuera mi hogar». Palabras de un hombre sencillo que, en el ocaso de su vida, se abre al alba de la esperanza.
