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miércoles, 3 de junio de 2020

Lo que está mal

Si se nos plantease la cuestión “¿Qué está mal en el mundo?”, deberíamos responder como se dice que Chesterton hacía cuando le preguntaban. “Yo”, replicaba
Ha pasado más de un siglo desde que G.K. Chesterton publicara su libro Lo que está mal en el mundo. Inicialmente había querido llamarlo Lo que está mal, pero el editor insistió en un título más largo. En sus páginas se analizan los innumerables problemas asociados con la modernidad y se postulan las soluciones.
El lector apreciará que el título del libro de Chesterton, en su forma más larga o más breve, no se formula como pregunta, sino que se afirma como una declaración. La razón es simple. La Iglesia católica no alberga dudas sobre lo que está mal en el mundo. Ella sabe lo que está mal, lo ha declarado definitivamente, y ha enseñado dogmáticamente lo que hace falta para enderezar las cosas.

martes, 14 de mayo de 2019

Conversos gracias a Chesterton

El presidente de la ‘American Chesterton Society’, Dale Ahlquist (autor de ‘G.K. Chesterton: el apóstol del sentido común’), ha presentado en Roma dos libros que pueden apoyar la apertura del proceso de beatificación del escritor y apologeta católico inglés G.K. Chesterton.


jueves, 4 de abril de 2019

Defensa de la familia en los escritos periodísticos de G.K. Chesterton

Quizás los "enemigos" de la familia detectados por Chesterton no son tan distantes de nosotros.
"Podemos afirmar que la familia es la unidad del Estado; la célula que permite su formación (…) Si no somos de aquellos que pueden invocar una Trinidad divina, podemos por lo menos invocar una trinidad humana y ver ese triángulo repetido por todas partes en el mundo”.
Estas palabras de G. K. Chesterton, en su obra El hombre eterno, son emblemáticas de su visión sobre la familia.
La profunda convicción de que la familia es una institución natural, primordial, inmutable y sagrada, fue la base de la larguísima y prolífica actividad del escritor inglés, que vivió a caballo entre los siglos XIX y XX.

martes, 4 de julio de 2017

La sabiduría de la claridad, el arraigo y la ingenuidad



Escribe Josep PearceC.S. Lewis es realmente la claridad personificada; Tolkien es el arraigo en el auténtico terreno y alma de la realidad; y Chesterton es la ingenuidad en sabiduría, inocencia y asombro.
Una de las preguntas más interesantes y naturalmente sugerentes que me han planteado en una entrevista me la hizo un estudiante del Montreat College de Carolina del Norte. Este joven, quien me entrevistaba antes de un par de charlas sobre los Inklings en su instituto, me pidió que describiese a Tolkien, Lewis y Chesterton con una sola palabra para cada uno. Tras un momento de vacilación, decidí abordar la cuestión como un juego de asociación de palabras, replicando con la primera palabra que me vino a la mente para cada escritor. Para Lewis, dije “claridad”; para Tolkien, “arraigo”; y para Chesterton, “ingenuidad”. A posteriori he estado meditando por qué escogí esas tres etiquetas como características definitorias de cada escritor.

martes, 18 de octubre de 2016

Chesterton ante el dilema de Jesucristo



La identidad de Jesucristo ha sido uno de los grandes enigmas de la historia de la humanidad.
La respuesta a este interrogante determina en buena medida la actitud ante el hombre y ante el mundo. Actualmente el relativismo tiende a hacer equiparables entre sí todas las religiones.Chesterton salió al paso de este presupuesto en las páginas de El hombre eterno (1925) y ofreció una respuesta consistente y razonable apoyada en la experiencia común.
“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”[1]. Esta fue la pregunta que hizo Jesús de Nazaret al grupo de sus discípulos más cercanos. Ellos habían vivido un buen número de experiencias junto a él. El interrogante planteado buscaba implicar a los interlocutores. En realidad, se trataba más bien de un dilema, puesto que la respuesta que se diera no dejaría indiferente a quien respondiera.
Chesterton ofreció una respuesta a este dilema en las páginas de El hombre eterno. Publicó este libro en 1925, a los tres años de ser recibido en la Iglesia Católica. Fue una réplica a la visión racionalista de la Historia que Wells estaba difundiendo con Esquema de la Historia.

jueves, 9 de junio de 2016

Las paradojas de la alegría y la cruz

Hace 80 años, el 14 de junio de 1936, fallecía Gilbert Keith Chesterton, el apologista de los tiempos modernos que hizo compatible la defensa de la fe católica con el sentido común y el buen humor.
Gran lector y conservador, autor de fina intuición y profundo análisis, profeta de su tiempo y del nuestro, hombre de encuentro y de diálogo, amigo de todas las horas, incluso de aquellos con los que discrepaba ideológicamente. Chesterton vivió realmente la alegría del Evangelio. ¿Tiene ecos chestertonianos la exhortación apostólica Evangelii gaudium del Papa Francisco?

jueves, 2 de octubre de 2014

La familia según Chesterton: futuro imperfecto

La familia según Chesterton: futuro imperfecto
   Tras la I Guerra Mundial existía un descenso demográfico en toda Europa. Algunos partidos habían propuesto una ampliación del divorcio. Entonces Chesterton publicó el libro La superstición del divorcio (1918), que venía a desarrollar el esquema inicial de Herejes (1905). El objeto de este artículo es exponer su filosofía sobre la institución de la familia
   Sostiene Chesterton que la variedad de miembros en la familia, supone una riqueza, pero también provoca divergencias.

La discreta tendencia a evadirse

En momentos de dificultad, imaginamos cómo sería nuestra vida de haber nacido en otra familia, o de habernos casado con otra persona. Pero no lo podremos saber nunca, a menos que sigamos su consejo: “bajar por la chimenea a cualquier casa, al azar”, y relacionarnos lo mejor que pudiéramos con la gente que hubiera en ella. Y esa es exactamente la definición de nacer.
Intentamos seguir con nuestro plan de huida. Entonces lo llevamos a cabo volcando nuestro amor en personas que se hallan en el extremo opuesto del planeta, por ejemplo proporcionando alimentos a madres pobres de África. Esto nos dará algunas ventajas: aquellas personas no se enfadarán si llevamos una mancha en la corbata. Tampoco nos arruinarán el domingo con un plan inoportuno. De esta manera con ese plan de huida, uno sigue el principio de alejarse de su casa y tiene pronta la justificación: dice que huye de su familia porque es aburrida. Falso; huye de su familia porque es de largo muy excitante. Y es excitante porque es exigente. Y es exigente porque está viva.

El divorcio no es solución

Finalmente si del marido hablamos, tendrá dos posibles evasiones. El suicidio y el divorcio. Son los dos viejos consejeros que acompañan a todo desesperado. El divorcio libera del matrimonio y el suicidio... también. Pero se distinguen estadísticamente, pues el fin de la vida sólo es uno, mientras que en los países con legislación divorcista, el fin del amor es cada día.
Sin embargo, el fin del romance no tiene por qué hundir el barco, porque el matrimonio no se sustenta en ese sentimiento, sino en una promesa formal que hicieron marido y mujer. Por eso al hombre que se divorcia, no le acusa de romántico, sino de traidor, diciéndolo no porque el barco se haya hundido, sino porque lo ha abandonado uno de sus capitanes. Lo que se deshace el divorcio no sólo es esa promesa, sino también el corazón del que ha permanecido fiel a lo que prometió.
Conscientes de lo que deshacen, quienes promueven el divorcio a la vez proponen una contramedida que compense las pérdidas y los alimentos. Eso supone un doble acto de fe: en el talonario y en un buen abogado. Y respecto a los que piensan que la traición y la tragedia se curan con dinero y un abogado, no pondríamos la mano en el fuego por  la honorabilidad de su pasado.

El amor como sacrificio

Pero el escritor inglés considera desacertado el cliché romántico del amor como “sentimiento”. En realidad es algo más esforzado: A nuestra mujer la hemos de amar simplemente porque “está allí”, por el hecho “ser-nuestra-esposa”. A nuestro padre lo hemos de querer meramente por la razón “ser-nuestro-padre”. Y amando a la Humanidad que nos ha sido dada, lo hacemos a toda. Es decir, en familia vivimos el Evangelio. Por ello los ataques a la familia en realidad tratan de prevenir todo Cristianismo.
Para buscar soluciones, cada una de sus palabras se dirige a elevar el ánimo, igual que cada árbol, aunque sus ramas vayan en diferentes direcciones, apunta al cielo. Por ello continuaremos presentando recetas familiares en la dirección que apunta.
Ignacio Pérez Tormo
aleteia.org /almudi.org

viernes, 2 de marzo de 2012

La fe alegre de Tolkien Chesterton y Campbell

Joseph Pearce leyó a Chesterton en la cárcel; eso le cambió la vida y le acercó a la fe católica - Foto: Gonzalo Pérez
    Muchos asistentes destacaron la influencia de Chesterton, converso al catolicismo, en la conversión de C. S. Lewis, el autor de «Crónicas de Narnia», su afinidad con los hobbits del siempre católico J. R. R. Tolkien, famoso por «El Señor de los Anillos» y su cercanía al poeta Roy Campbell, un autor que se bautizó católico en España, en vísperas de la Guerra Civil, y que ocultó en su casa de Toledo los manuscritos originales de San Juan de la Cruz cuando mataron a sus amigos, los carmelitas de la ciudad. El mundo anglosajón lo recuerda por sus sátiras en «La Georgíada».

miércoles, 15 de junio de 2011

75 años de la muerte de Chesterton: Sobre las cruces en las escuelas

75 años de la muerte de Chesterton: Sobre las cruces en las escuelas
   Consuela saber que Chesterton publicó ‘La esfera y la cruz’ en 1911… La furia iconoclasta no ha triunfado sobre la cruz de Cristo

     El 14 de junio de 1936 —mañana se cumplen 75 años— fallecía en su casa de Beaconsfiled el escritor inglés Gilbert K. Chesterton. Con motivo de este aniversario, he desempolvado este artículo que publiqué aquí hace más de un año. Plantea la cuestión de si debemos arrancar o no las cruces de las escuelas públicas. Y lo hace recordando un pasaje de La esfera y la cruz: un buen modo de rendir homenaje a tan fecundo pensador.

      Chesterton vivió a caballo entre los siglos XIX y XX. Sus novelas detectivescas del Padre Brown son un prodigio de ingenio, porque ese sacerdote humilde y bondadoso resuelve los casos no siguiendo pistas o huellas, sino gracias a su profundo conocimiento del alma humana. Esas historias han sido llevadas al cine en dos ocasiones: en 1934 y 1954, con Walter Connolly y Alec Guinness —respectivamente— en el papel principal. También han sido objeto de dos series televisivas: una en Alemania, de 39 capítulos (1966-72), y otra en Inglaterra, con 13 episodios (1974); esta segunda tuvo mucho más alcance.

      También se estudió la posibilidad de llevar al cine La esfera y la cruz, tal vez la novela que mejor refleja la confrontación entre una cultura cristiana y una mentalidad laicista que ya entonces trataba de sofocarla. Al final, el proyecto cinematográfico se abandonó. Pero traigo a colación su recuerdo porque algunas medidas que hoy quieren imponerse (como la de quitar los crucifijos de las escuelas, por ejemplo) hacen que esa novela resulte plenamente actual; muy especialmente, su escena inicial.

      En ella, el profesor Lucifer y el monje Miguel sobrevuelan Londres en una avioneta. Al divisar la catedral, coronada por la esfera (del mundo) y la cruz encima, Lucifer profiere una blasfemia contra la cruz y afirma airado que habría que arrancarlas de todos los sitios. Tras un momento de silencio, Miguel cuenta esta historia:

    «Conocí a un hombre como tú; él también odiaba al crucifijo: lo eliminó de su casa, del cuello de su mujer, hasta de los cuadros; decía que era feo, símbolo de barbarie, contrario al gozo y a la vida. Pero su furia llegó a más todavía: un día trepó al campanario de una iglesia, arrancó la cruz y la arrojó desde lo alto.
    Este odio acabó transformándose primero en delirio y después en locura furiosa. Una tarde de verano se detuvo ante una larguísima empalizada; no brillaba ninguna luz, no se movía ni una hoja, pero creyó ver la larga empalizada transformada en un ejército de cruces, unidas entre sí colina arriba y valle abajo. Entonces, blandiendo el bastón, arremetió contra la empalizada, como contra un batallón enemigo.
    A lo largo de todo el camino fue destrozando y arrancando los palos que encontraba a su paso. Odiaba la cruz, y cada palo era para él una cruz. Al llegar a casa seguía viendo cruces por todas partes, pateó los muebles, les prendió fuego, y a la mañana siguiente lo encontraron cadáver en el río».
      El profesor Lucifer, al oír el relato, mordiéndose los labios, mira al anciano monje y le dice:
      — Esta historia te la has inventado tú.
      — , responde Miguel, acabo de inventarla; pero expresa muy bien lo que estáis haciendo tú y tus amigos incrédulos. Comenzáis por despedazar la cruz y termináis por destruir el mundo.

      ¿Qué destruiremos cuando hayamos eliminado todas las cruces? ¿Quemaremos las pinturas religiosas de Murillo, de Zurbarán, de Velázquez? ¿Dejaremos vacíos todos los museos? ¿Prohibiremos las procesiones de Semana Santa? ¿Inventaremos un calendario que no diga “antes de Cristo” y “después de Cristo”? En definitiva: ¿quedará algo de nuestra cultura, si arrancamos todas las cruces y todo vestigio de cristianismo?

      Consuela saber que Chesterton publicó La esfera y la cruz en 1911. Porque ahora se cumplen cien años, y a la vuelta de todo un siglo las cosas están como antes: la furia iconoclasta no ha triunfado sobre la cruz de Cristo. Tampoco lo hará dentro de otro siglo, aunque en todas las épocas hará falta que los cristianos alcemos la cruz en nuestra existencia (en nuestro trabajo, en nuestra familia). Y no para oponerla a nadie, sino para recordar el mensaje de amor de quien dio su vida por todos los hombres. Una actitud, por cierto, bien distinta de la que advertimos en el protagonista de este cuento.

Alfonso Méndiz
JesucristoEnElCine.blogspot.com / Almudí

domingo, 12 de junio de 2011

EL SENTIDO COMÚN, ESCUELA DE VIDA

El sentido común, escuela de vida
   Todos sus libros tienen el mismo denominador: la defensa del sentido común, no incompatible con un cultivo de una paradoja en la que siempre brota el buen humor

      El 14 de junio de 1936, fallecía, en su residencia de Beaconsfield, el escritor Gilbert Keith Chesterton, una de las mentes más ingeniosas de todos los tiempos. No sólo hizo buena literatura, sino que, con su agudo ingenio, denunció —a veces con décadas de adelanto— las trampas a las que conduce abandonar el mejor criterio que puede seguir el hombre hacia su realización: el sentido común

      G.K. Chesterton cursó estudios de Bellas Artes y Humanidades en Londres, aunque nunca obtuvo un título universitario, porque su rebeldía innata le llevaba a cuestionar los itinerarios académicos. Su vida fue un torrente de lecturas simultáneas, en las que la continua capacidad de asombro sabía imponerse a la tentación de la rutina. Pese a su inteligencia, nunca habría podido ser redactor de tratados con la etiqueta de científicos. 

      Por otra parte, era un conversador innato, de los que no temían al diálogo, muchas décadas antes de que estuviese de moda, porque, al igual que el Dios en el que creía, sus delicias eran estar con los hijos de los hombres. Un título universitario poco habría añadido a un espíritu, a la vez intuitivo y analítico, que por medio de la palabra escrita y hablada fue un profeta en su tiempo, y sigue siéndolo en el nuestro, con unas reflexiones que tienen mucho de los métodos detectivescos que tanto le entusiasmaban.

      Poco antes de su muerte, cuando se detuvo un corazón agotado que siempre estaba maquinando nuevos proyectos, Chesterton se había comprometido a escribir un libro sobre Shakespeare. Previamente, se había sumergido en la vida y en la obra de grandes autores de las letras inglesas, como Chaucer, Dickens, Browning, Stevenson y Shaw, nunca como un estudio literario al uso y sí como una investigación, un tanto intuitiva y no por ello menos minuciosa, de sus respectivas personalidades, aunque las informaciones acerca de sus vidas fueran a veces limitadas. 

      Trascendía el ensayo literario y extraía lecciones de sabiduría práctica para el hombre corriente, porque Chesterton seguía siendo el mismo que escribiera Ortodoxia o los relatos del padre Brown. Todos sus libros tienen el mismo denominador: la defensa del sentido común, no incompatible con un cultivo de una paradoja en la que siempre brota el buen humor. 

      Nuestro autor podía haber culminado una obra de referencia sobre Shakespeare, tan lograda como aquella sobre santo Tomás de Aquino que asombrara a los filósofos neotomistas, aunque algunos de sus ensayos sobre los personajes del dramaturgo sean una apetitosa muestra de lo que habría podido ser. Por desgracia, tampoco Chesterton llegó a escribir un libro sobre Jane Austen, a la que consideraba muy superior a escritoras victorianas como las hermanas Brontë, o George Elliot. El ingenio del escritor la presentó como más fuerte, aguda y sagaz que todas ellas, con una certera cualidad que tampoco poseían las otras: sabía describir de manera desapasionada y sensible a un hombre. Chesterton no pretendía exagerar al comparar a Austen con Shakespeare.

La dinámica del horror
      Chesterton hace de Shakespeare una escuela para la vida, no sólo un consejero para gobernantes por medio de sus tragedias políticas, aunque, en realidad, nuestro escritor no creyera en la tragedia, porque ésta sólo se entiende desde un inexorable determinismo y desde la ausencia de libertad humana. En realidad, el origen de las tragedias, políticas y ordinarias, reside en «el enorme error en el que cae un hombre si supone que un acto decisivo puede contribuir a abrirle camino», y en que «no se puede hacer una cosa descabellada para gozar después de un estado de razón»

      Estas afirmaciones no las aplica únicamente Chesterton a la ambición de Macbeth, que llega hasta el crimen para convertirse en rey de Escocia. Las aplica al hombre común, al que muchas voces quieren persuadir, en nombre de su libertad, para realizar actos ilícitos. Se le anima a romper su vida en dos partes separadas, aunque sólo los gusanos pueden troncharse, y no los seres humanos, que tienen una unidad física y psicológica. Se le insiste en que, si hace determinadas acciones, aunque perjudiquen a otros, luego podrá ser infinitamente feliz y bondadoso. 

      En estas sugestiones no caben remordimientos, como los que tenía un Macbeth que mató para siempre al sueño; ni responsabilidades de las que el determinismo de las ingenierías sociales de nuestro tiempo pretende eximir a los seres humanos. Chesterton coincidía plenamente con Dostoyevski en que nadie puede construir su felicidad a costa de la de los demás. 

      En las Navidades anteriores a su muerte, Chesterton intuyó la dinámica del horror, en medio de los rumores de guerra que sacudían a Europa, cuando decía sentir por Hitler, lo mismo que los hombres sentían, hacía veinte siglos, acerca de Herodes. El escritor llevaba más de medio siglo, desconfiando de teorías acerca de un mundo ideal que se presentaba como perfecto. En cambio, sus lecturas, entre las que no podía faltar Shakespeare, le recordaban que el mundo real siempre está loco, aunque su locura sea de cosas diferentes.
Antonio R. Rubio PloAlfa y Omega

lunes, 9 de agosto de 2010

El lado romántico de la vida

Reflexiones de Chesterton que ayudan a pensar y vivir la vida con más hondura
          «Me produce una envidia casi incontrolable saber que Londres se ha inundado durante mi ausencia, mientras yo me limito a estar en el campo. Mi propio barrio de Battersea, por lo que he oído, se ha visto favorecido como particular lugar de encuentro de las aguas. (...) No Almudi.org - "El lado romántico de la vida"hay nada tan perfectamente poético como una isla, y un barrio, cuando se inunda, se convierte en un archipiélago.
    Hay quien opina que estas visiones románticas del agua o del fuego faltan ligeramente a la verdad. Pero, en realidad, la visión romántica de tales inconvenientes es tan práctica como la otra. El auténtico optimista, que ve en estas cosas una oportunidad para el disfrute, es al menos tan lógico —y mucho más sensato— que el consabido “contribuyente indignado”, que sólo ve en ellas una ocasión para quejarse.
    El verdadero dolor, como cuando a uno lo queman vivo en la plaza pública de Smithfield, o le duelen las muelas, es un hecho objetivo; soportable, aunque escasamente placentero. Pero al fin y al cabo, los dolores de muelas son algo excepcional, y que a uno lo quemen en Smithfield es cosa que sólo sucede cada mucho tiempo.
    La mayoría de los inconvenientes que hacen blasfemar a los hombres y llorar a las mujeres son, en realidad, inconvenientes de índole sentimental o ficticia, pertenecientes todos al ámbito de la imaginación. Por ejemplo, a menudo oímos a los adultos quejarse por tener que esperar el tren en una estación.
    ¿Han oído quejarse alguna vez a un niño de tener que esperar al tren en una estación? No, porque para él estar en una estación de ferrocarril es como estar en una caverna maravillosa, o en un palacio de poéticos placeres. Porque para él las luces rojas y verdes de las señales son como un nuevo sol y una nueva luna. Porque para él, cuando el brazo de madera de la señal cae de repente, es como si un gran rey hubiera arrojado su cetro al suelo como señal y hubiera dado comienzo a un ensordecedor torneo entre trenes. (...)
    El mismo principio puede aplicarse a cualquier otra típica preocupación doméstica. Por ejemplo, el caballero que trata de sacar una mosca de un vaso de leche o un trozo de corcho de su copa de vino cree a menudo estar irritado. Dejémosle pensar por un instante en la paciencia de un pescador sentado junto a un sombrío estanque y su alma se verá henchida al instante de gratitud y reposo.
    Y aún más, he conocido a gente de ideas muy modernas que, llevada por su irritación, se veía impelida a emplear términos teológicos, sólo porque un cajón se había atascado y no podían abrirlo. A un amigo mío le afectaba particularmente este problema. Cada día su cajón se atascaba y, en consecuencia, todos los días encontraba algo con lo que rimara.
    Pero le señalé que su sentido de lo malo era, en realidad, subjetivo y relativo: se basaba por completo en la presunción de que el cajón podía, debía y tendría que abrirse con facilidad. “Pero —le dije— si imaginaras que te las estás viendo con algún enemigo poderoso y tiránico, la lucha se convertiría en algo emocionante y no exasperante. Imagina que estás remolcando un bote salvavidas fuera del agua. Imagina que estás izando con una cuerda a un semejante que se hubiera caído en una grieta alpina. Imagina incluso que vuelves a ser un muchacho y estás en mitad de un reñido combate entre ingleses y franceses”.
    Poco después de decirle aquello me marché, pero no me cabe la menor duda de que mis palabras fueron fructíferas. Estoy seguro de que todos los días de su vida agarrará el tirador del cajón con los ojos brillantes y el rostro encendido por la batalla, mientras se jalea a sí mismo y le parece oír a su alrededor el clamor de los aplausos.
    Así que no creo que sea en absoluto fantasioso o increíble pensar que incluso las inundaciones de Londres puedan tomarse y disfrutarse poéticamente. No parece que hayan provocado más que inconvenientes; y los inconvenientes, como ya he dicho, no son más que el aspecto más accidental y menos imaginativo de una situación verdaderamente romántica.
    Una aventura no es más que un inconveniente convenientemente considerado. Un inconveniente es sólo una aventura considerada equivocadamente. El agua que rodeó las casas y tiendas de Londres debería, en todo caso, haber aumentado su encanto y embrujo previos. Pues como dijo el sacerdote católico y romano del cuento: “El vino con todo casa excepto con el agua” y, por un principio similar, el agua casa con todo excepto con el vino».
*
Selección del artículo Correr tras el propio sombrero, publicado originalmente en All Things considered (1908) y recientemente publicado en castellano en el volumen G. K. Chesterton, Correr tras el propio sombrero (y otros ensayos), El Acantilado, Barcelona 2005. Selección y prólogo de Alberto Manguel. Traducción de Miguel Temprano García.
 ALMUDÍ

sábado, 24 de julio de 2010

Y G.K. Chesterton se quitó el sombrero


Un nihilismo con humor y una filosofía de asombro y agradecimiento llevaron al genial escritor a una fe enraízada en la vida y la cultura [1].
Gilbert Keith Chesterton nació en 1874 y no se convirtió al catolicismo hasta 1922. Es a partir de ese momento que escribe sus ensayos dedicados a dos genios del cristianismo: Santo Almudi.org - ChestertonTomás de Aquino y San Francisco de Asís y también su Autobiografía.
Sin embargo, cualquiera que lea su producción anterior llega a la conclusión de que Chesterton ya era católico mucho antes de su bautismo. Basta para ello fijarse en algunos de sus escritos anteriores a 1922 como Ortodoxia (1908), La Esfera y la Cruz (1910) o las novelas policíacas protagonizadas por el católico padre Brown.
«El motivo de mi conversión estriba en que el catolicismo es verdadero»
Mario Fazio, en un artículo titulado Chesterton, la filosofía del asombro agradecido [2], señala, siguiendo la Autobiografía del polemista inglés cinco etapas que vamos a recorrer.
La primera es la de la infancia, de la que Chesterton dice:
«De niño, yo tenía una especie de asombro confiado al contemplar el manzano como un manzano. Estaba seguro de ello y también seguro de la sorpresa que me producía; tan seguro como que Dios creó las manzanas. Podían ser manzanitas pequeñas como yo, pero eran también sólidas como yo». (Autobiografía, p. 53).
Esa capacidad de contemplar la realidad tal como es, sin reducirla a los prejuicios, como sucedía con el escepticismo que triunfaba en su época, la mantuvo Chesterton durante toda su vida. No intentaba explicar la realidad en base a sus concepciones, sino que se dejaba guiar por ella. De hecho Chesterton nunca perdió la fascinación infantil frente al mundo. George Weigel ha dicho de él que «fue siempre un joven como de unos cinco años». Y, utilizando una expresión de este autor podemos decir también que para Chesterton era evidente que los datos cantan.
La segunda fase corresponde a la de su juventud. En la Autobiografía lleva el sugerente título de “Cómo ser un lunático”. Antes, en la caracterización del paso de la infancia a la adolescencia había señalado:
«Habíamos empezado a ser lo que los niños no son: esnobs. Los niños purifican los papeles teatrales que interpretan cuando dicen: “vamos a hacer de”, nosotros simplemente lo hacíamos» (A, 66).
La juventud de Chesterton estuvo repleta de «dudas, morbidez y tentaciones», que le «dejaron para siempre la certeza de la objetiva solidez del pecado» (A, 83). Podemos decir que el cándido Gilbert entró en una noche oscura, o mejor en un túnel. También dirá que «el ambiente de mi juventud no era sólo el ateísmo, sino la ortodoxia atea, y esa postura gozaba de prestigio». Y en Ortodoxia «a la edad de doce años era yo un poco pagano, y a los dieciocho era un completo agnóstico, cada vez más hundido en un suicidio espiritual».

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miércoles, 6 de enero de 2010

Por qué soy católico


martes, 05 de enero de 2010

Juan Manuel de Prada

ABC

Alguna de las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan se ha dirigido a mí en estas fechas, en solicitud de una recomendación libresca.

Me permito aconsejarles que no dejen de regalar (o de regalarse) el suculento libro Por qué soy católico, publicado recientemente por la editorial El Buey Mudo, donde se reúnen los escritos apologéticos de Gilbert Keith Chesterton tras su conversión al catolicismo.

Decir «escritos apologéticos» puede inducir a confusión, pues uno enseguida se imagina una literatura árida, erizada de espinosas cuestiones teológicas, abrumada de indigestas abstracciones y mecánicamente zaherida por el sonsonete o latiguillo de la llamada a la conversión; pero en estos ensayos de Chesterton nada hay de mecánico o indigesto o espinoso, porque aquel gordo genial tenía la virtud de convertir el catecismo en una novela de aventuras y la teología en una intrépida epopeya.

Decía el gran Leonardo Castellani que Chesterton tuvo «la sabiduría del anciano, la cordura del varón, la combatividad del joven, la petulancia del muchacho, la risa del niño y la mirada asombrada y seria del bebé»; y toda esta munición de cualidades conforma una escritura luminosa, incisiva, capaz de entrometerse en los dobladillos de las medias verdades para delatar su fondo de oprobiosa y mugrienta mentira, capaz de desvelar la verdad oculta de las cosas, sepultada entre la chatarra de viejas herejías que nuestra época nos vende como ideas nuevas.

En algún pasaje de este libro formidable Chesterton afirma que «la conversión llama al hombre a estirar su mente igual que quien despierta de un sueño se siente impulsado a estirar los brazos y las piernas». Este estiramiento mental permite a Chesterton abordar los asuntos de su época (que son, con pocas variantes, los asuntos de cualquier época) desde perspectivas inéditas, haciendo uso de una «vista de águila» que deslumbra por su sagacidad, por su novedad, por su indesmayable originalidad; y es que la fe de Chesterton nunca es una creencia enclaustrada en sus dogmas, sino derramada sobre el anchuroso mundo, deseosa de dilucidar todos los conflictos que el mundo propone.

Fe encarnada, en fin; y encarnándose en las cosas acaba alumbrando su sentido más recóndito y cabal. Creo que la razón por la que hoy no existe en el ámbito católico un escritor de la talla de Chesterton es precisamente porque los católicos hemos convertido nuestra fe en algo doctrinario que se enquista en las cosas, en lugar de alumbrarlas por dentro; y, al renunciar a una fe encarnada, el católico cae en la trampa de abordar las cosas desde los presupuestos «ideológicos» al uso, sobre los que incorpora, a modo de pegote o excrecencia, su fe doctrinaria, que así se muestra rígida o inmovilista a los ojos de nuestra época.

Contra esa visión inmovilista de la fe se rebela Chesterton en cada una de las setecientas páginas de este volumen asombroso. Y así nos muestra la incesante novedad de la fe católica, en cuyo acervo encuentra siempre explicaciones novedosas (explicaciones eternas) que desenmascaran la caducidad y contingencia de las tendencias modernas.

En Por qué soy católico, Chesterton nos demuestra que la única manera de evitar el estancamiento mental consiste en enseñar a los hombres a ampliar sus miras, para que sean capaces de mirar más lejos y a más largo plazo; y así se revela como un maestro que no sólo estimula nuestra inteligencia, sino que la abraza, la sustenta, la vigoriza, la dota de un andamiaje robusto y, a la vez, la impulsa por caminos nunca trillados.

Esta vigorosa expansión de la inteligencia que ilumina las cosas en apariencia más dispares se la proporciona a Chesterton una fe encarnada y unificadora; luego, claro está, hace falta saber escribir como Chesterton, pero para eso hay que estar tocado por la Gracia. A las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan les recomiendo que no dejen pasar por su pueblo a los Reyes Magos sin que les procuren su ejemplar de Por qué soy católico.