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martes, 30 de mayo de 2017

Podríamos confluir todos en la grandeza de corazón

Escribe Pablo Cabellos: He tenido la fortuna de ser testigo de ese modo de ser en el que todos caben, incluidos los que piensan de modo diverso incluso en temas graves.
Una historia enternecedora ha sido recogida en los medios de comunicación y también por las redes sociales. El pasado uno de febrero Nolan Scully fallecía en los brazos de su madre, con cuatro años de edad. Fue una dura batalla contra el cáncer, más dura si cabe por la corta edad y el tremendo sufrimiento que hubo de padecer. Después de un tiempo, la madre ha publicado en su muro de Facebook la última conversación sostenida con el pequeño Nolan. 
Destacan unas palabras que dirigió a su madre: “Me iré al cielo y jugaré hasta que llegues”. Quizá podamos fijarnos más en la crueldad de una vida segada tan pronto, tal vez logremos usar la historia contra un Dios que permite estos sucesos. Pienso que esas actitudes serían propias de un corazón ruin, pequeño, que intenta explicar lo inexplicable.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Frente a lo mezquino, magnanimidad y libertad

Necesitamos reaccionar positivamente a lo mezquino con magnanimidad y un fuerte ejercicio de libertad
Vivimos en un mundo prisionero de la mezquindad, si la entendemos como falta de generosidad y nobleza de espíritu. Estancados como estamos en la cosa pública, enseguida vienen a la mente aquellos políticos que quieren salvar su poltrona antes que bucear en el bien del país. 
Sin embargo, no es la política el único territorio de la mezquindad. Sucede en buena parte de la sociedad. Saúl Guevara escribe en su blog: Hay muchas formas de ser mezquino. Están los que se pasan la vida entera especulando con cobrar una herencia, con sacarle a una tía o a una abuela lo que no podrá llevarse a su tumba. Están los que sólo tienen amigos por conveniencia, para ver lo que pueden sacarles, ya sea en contactos, a través de negocios o en favores de todo tipo y están, entre otros, los pudientes de nuestras sociedades que trazan acciones sólo para favorecer sus arcas personales, dejando atrás el compromiso con los desposeídos y por los cuales vino Jesucristo…

domingo, 24 de abril de 2011

GRANDEZA DE ÁNIMO

Grandeza de ánimo
   Acertadas reflexiones del Dr. Cabellos sobre la magnanimidad: una virtud extraordinaria.

   Aun para un no creyente, Jesús puede ser un hombre fascinante, pero falta misericordia con quien la ejercita del modo más admirable: haciéndola propia, absorbiendo en su corazón la miseria ajena para limpiarla en una cruz 

     Los clásicos definen la magnanimidad como tensión del ánimo hacia las grandes cosas. Es magnánimo el hombre de corazón ancho, enraizado en las posibilidades de la naturaleza humana y, para el creyente, en la fuerza de Dios. Indudablemente, esas cosas grandes no son tanto gigantes materiales cuanto actitudes interiores que se traducen, por ejemplo, en comprensión, misericordia, perdón, esperanza, generosidad. En cambio, la disposición contraria —la acedia— es como una humildad pervertida que encoge el corazón; es la renuncia malhumorada del que no se atreve con esas actitudes del buen corazón por las exigencias que comporta.

      Inicialmente, pensé en traer aquí tres nombres muy disparejos, alguno lejano a mi modo de pensar, aunque actuales por motivos diversos. Luego, sólo he dejado uno, Cristo, para evitar posibles malinterpretaciones y porque es Semana Santa. Cristo es siempre actual para el que lo cree Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado por nosotros. La epístola a los Hebreos afirma que es el mismo ayer, hoy y siempre.

      Nada que igualar ni comparar en tres hombres —de los cuales uno también es Dios— y que pensé tan diferentes, salvo en ser personas y por su relación pasiva con la virtud de la magnanimidad en el trato recibido, o más bien su contrario: la  mezquindad por juicios inmisericordes y rácanos. Los notables omitidos estaban tomados de dos mundos diferentes, pero tristemente unidos por esa realidad de los censurados desde la discrepancia hiriente. El lector puede buscar nombres y comprobará que tal actitud zahiere a muchos.

      Cristo fue maltratado en vida, en la muerte ignominiosa que sufrió, y continúa siéndolo en sus seguidores. Cuando Pablo camina hacia Damasco para apresar a los cristianos, y es derribado por una fuerza extraña, escucha esta voz: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Al preguntar por quién habla, Jesús responde identificándose con los suyos: Yo soy Jesús a quien tú persigues. El asunto no ha cesado. Aun para un no creyente, Jesús puede ser un hombre fascinante, pero falta misericordia con quien la ejercita del modo más admirable: haciéndola propia, absorbiendo en su corazón la miseria ajena para limpiarla en una cruz. Puede argüirse que muchos cristianos no se comportan adecuadamente, pero falta corazón con respecto al mismo Cristo.

      Existen otros hombres posiblemente amados por millones de personas, pero no faltan los que emplean cualquier oportunidad para juzgarlos desde un corazón enteco. Se confunde la posible discrepancia con la innecesaria pequeñez del corazón, hecha caricatura, burla o desdén. Sobre todo cuando goza del oportunismo de la moda o de lo políticamente correcto.

      Mi tercer ejemplo era alguien ahora denostado de modo impropio por tirios y troyanos. No entro en posibles y hasta necesarias divergencias pero, en cuestión de horas, han comenzado a cavar su tumba, con graves improperios, proferidos por muchos de quienes esculpieron su monumento verbal. Cabe la disconformidad, pero no debería confundirse con el insulto expelido desde la pequeñez de alma. Además, muchas veces se denigra de modo interesado.

      Dicen que la envidia es un defecto nacional. Creo poco en los defectos colectivos. Envidia es alegrarse del mal ajeno o entristecerse por su bien, pariente de esa acedia del corazón pequeñito. Leí en una red social que debemos perdonar a todos, excepto a homosexuales y herejes. Cuando menos, sorprendente. Y, sobre todo, triste, muy triste.
Pablo Cabellos LlorenteLevante-Emv / Almudí