Justifico mi quizá excesiva sensibilidad ante el uso y abuso de la palabra “Iglesia”; me molestan los manejos clericales tanto como las zafiedades anticlericales.
En torno al Concilio Vaticano II se difundió la doctrina sobre los derechos de los fieles; la había conocido antes, en la Facultad de Derecho Canónico de Navarra. No salió adelante años después un proyecto alentado por el gran maestro Pedro Lombardía, muerto demasiado joven: la promulgación de una ley fundamental de la Iglesia −como la parte orgánica de las constituciones modernas−, que fuera como el pórtico del Código postconciliar.

