Pascal, científico y humanista, proponía a mediados del s. XVII un sugerente criterio para medir el éxito de la educación: un adolescente podía considerarse bien formado si era capaz de pasar varias horas solo en su habitación, sentado y a oscuras. ¿Qué ocurriría si sometiéramos a nuestros jóvenes a ese test? ¿Podrían soportar unas horas a solas consigo mismos, desconectados de pantallas, móviles y auriculares? Me temo que no.
Desde luego que la conexión permanente y la interactividad tienen notables ventajas, para el trabajo, el ocio y la vida social en general. La globalización, que entroniza la economy of speed, sería imposible sin los recursos de internet. Pero después del inicial deslumbramiento ante las capacidades de las nuevas tecnologías, empiezan a surgir reparos, algunos avalados por la ciencia empírica.
