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lunes, 29 de agosto de 2016

Del Pórtico de la Gloria al cruceiro de Hío

Escribe Salvador Bernal: La teología científica no puede alterar la “esencia de la fe”, esas verdades fundamentales asimiladas con sencillez por los creyentes.
Paso unos días en Galicia. En la visita obligada a Santiago, no ha sido posible esta vez contemplar el impresionante Pórtico de la Gloria, en fase de restauración, cumplidos felizmente los estudios realizados durante los últimos años casi con la misma paciencia que los artistas que dieron vida al quizá monumento emblemático de la iconografía medieval. Es tal su fuerza que resiste la comparación con los medios audiovisuales más modernos.
Entretanto, acudí de nuevo a la pequeña pero preciosa ría de Aldán, donde, junto a la iglesia dedicada a san Andrés, se yergue el crucero de Hío, quizá el más famoso de toda Galicia. Es también −lógicamente a otro nivel que el Pórtico de Santiago− un compendio de sabiduría cristiana, desarrollado con el cincel de un artesano.

viernes, 12 de julio de 2013

Breve y sencillo curso de escatología VII. Salvados en la esperanza. Esperanza, trabajo y apostolado

   
   En la encíclica ‘Spe Salvi’, se enseña que la esperanza en la vida futura no debe llevar al cristiano a desentenderse de los demás hombres o del progreso de la sociedad. Toda labor humana tiende hacia un bien ausente, y es precisamente la esperanza la que dirige todo progreso, ayudando a vencer las dificultades que se puedan plantear. 

   Por la esperanza teologal, el trabajo es llevado más allá de su materialidad: queda divinizado y su eficacia está garantizada por Dios mismo. El cristiano ha de ser ministro de la esperanza, cooperando con el Señor en la comunicación de esa virtud

      En su encíclica Spe Salvi, Benedicto XVI considera la virtud teologal de la esperanza como algo central, esencial, en la vida de los hombres, hasta el punto que en muchos textos de la Sagrada Escritura, observa, «las palabras “fe” y “esperanza” parecen intercambiables»[1]. No bastaría decir que la fe es simplemente una convicción, estar convencidos, de lo que no se ve; más bien la misma fe es la sustancia de lo que se espera[2]: «nos da ya ahora algo de la realidad esperada»[3].