Las almas grandes se forjan dándose a los demás, descentrándonos de nosotros mismos −así dice el Papa− para centrarnos en Dios y en las personas que nos rodean.
Una de las obras más celebradas de Lope de Vega es aquella en la que un pueblo entero se subleva y mata a un Comendador inicuo, que quiso abusar de una mujer y ser desleal a los Reyes. Interroga el juez a diversos vecinos con esta pregunta: “¿Quién mató al Comendador?”, y todos van dando respuestas equivalentes a esta: “Fuenteovejuna, señor”. El juez vuelve a interpelar: “¿Y quién es Fuenteovejuna?” La respuesta es: “¡Todos a una, señor!”.
Una de las obras más celebradas de Lope de Vega es aquella en la que un pueblo entero se subleva y mata a un Comendador inicuo, que quiso abusar de una mujer y ser desleal a los Reyes. Interroga el juez a diversos vecinos con esta pregunta: “¿Quién mató al Comendador?”, y todos van dando respuestas equivalentes a esta: “Fuenteovejuna, señor”. El juez vuelve a interpelar: “¿Y quién es Fuenteovejuna?” La respuesta es: “¡Todos a una, señor!”.
Si siempre es necesaria la unidad humana, ahora acucia de modo más perentorio. Quizá por eso he evocado la tragicomedia de Lope, aunque en estos instantes no se trate de tomarnos la justicia por nuestra mano, sino de hacer justicia siendo solidarios. Ciertamente, hoy día y en nuestro país, podemos ser solidarios a la vuelta de la esquina, pero hay zonas del mundo en las que lo nuestro queda pálido ante las penurias que padecen. Hace no muchos días el presidente Manos Unidas de Valencia, me contaba de un viaje realizado a Camboya como medio de formación, y hielan los dramas que narra. Pero en estas líneas yo querría escribir sobre África, un continente en el que los padecimientos son enormes en temas elementales de salud, educación, vivienda, alimentación, es decir asuntos primarios vitales.
