Cuando hay que manifestar una verdad difícil de entender y que compromete vitalmente a quien la conoce, parece prudente ir poco a poco, por etapas.
Es lo que ha hecho Dios con la humanidad, desde los inicios de nuestra historia: “Dios, creándolo todo y conservándolo por su Verbo, da a los hombres testimonio perenne de sí en las cosas creadas, y, queriendo abrir el camino de la salvación sobrenatural, se manifestó, además, personalmente a nuestros primeros padres ya desde el principio” (Conc. Vaticano II, Const. Dei Verbum, n. 3).
Esta Revelación no se interrumpió por el pecado de Adán y Eva: Dios alimentó su esperanza con la promesa de la Redención y cuidó de los hombres procurando su salvación. La Alianza con Noé, después del diluvio, implica una alianza con todos los hombres, agrupados “según sus países, cada uno según su lengua, y según sus clanes” (Génesis 10, 5; cf. 10, 20-31). La humanidad no logra la concordia y unión por sí misma, sino que desemboca en la dispersión de Babel (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 55-58).
