Existe un agresivo laicismo latino, como se sabe. No se trata sólo de un explicable anticlericalismo, sino de auténtica obsesión contra las convicciones católicas. Más bien minoritario, resulta demasiado intolerante cuando alcanza alguna cuota de poder. Se proyecta de modo particular en el sistema educativo, a diferencia de lo que ocurre en tantos países de Europa.
No es necesario mencionar la tradición británica, el auténtico igualitarismo de Bélgica y Holanda, y la más reciente apertura a la iniciativa social en Suecia. Basta pensar en Francia, una república constitucionalmente laica, que tiene en su haber una ley de separación entre Iglesia y Estado, que ha resistido el paso del tiempo desde su promulgación en 1905.
