«No es que alardee de ser católico, pero siempre he luchado contra el hecho de tener que callarme; las creencias religiosas de cada uno son un aspecto importante de la vida y no hay por qué ocultarlas»
Saltó a la fama gracias a una popular serie en la que interpretaba a un frutero misógino, racista y maleducado. Pero en las distancias cortas, nada tiene que ver con este personaje. “Santi, eres un actor estupendo”, le decimos. Le pasa muchas veces, nadie diría que es católico. Por manifestarlo públicamente, ha sido despreciado, pero dice que es un precio que ha pagado con gusto.
Usted fue educado en el seno de una familia católica, vivió una conversión… ¿de dónde procede su fe?
Fundamentalmente de mis padres, en casa. Luego estuve en un colegio, Altocastillo, en Jaén, y gracias a ellos reforcé mi fe. Después empecé la carrera de Derecho y me olvidé de todo. Tras aquellos años “de lío”, volví a la fe porque me di cuenta de que algo fallaba en mi vida. Siempre pienso en eso de “mire, compare y, si encuentra algo mejor, ¡cómprelo!”. Yo, al ver y comparar, he “comprado” lo que me interesa más. He tenido experiencia de fe y hablo con conocimiento de causa.