Lo
grande no es que uno pueda tener muchas vidas, sino que hasta el hecho
más pequeño se pueda transformar por el amor, de una vez por todas, en
eterno: en algo que no pasa, que entra en el “hoy” de Dios
Los cristianos comienzan el año antes que los demás, como si quisieran adelantarse para anunciar algo grande; aunque en realidad es Dios, el creador del tiempo, quien señala sus etapas.
Litúrgicamente,
el año cristiano se inicia en el Adviento. Empezamos a prepararnos
siempre de nuevo, como si fuera la primera vez y al mismo tiempo la
última vez que viene el Hijo de Dios al mundo. Y no es “como si fuera”, sino que así “es”. Porque Dios sigue llegando como el amor-nuevo por vez primera. Llega en el “hoy” de su eternidad, que se entrecruza con nuestro “hoy”, cada vez que recomenzamos a estar más cerca de él. Esto sucede en una conversión, en una confesión, en un “quitarse los miedos, dejarlos afuera”, como dice la canción. Esto acontece sobre todo en la Eucaristía.
Dios sigue llegando como el amor-juez al final de la vida de cada
persona; y también, para todos los pueblos, al final de la historia.


