
Planteamientos que me llevan a la conclusión de que una buena empresa empieza en el reconocimiento de la dignidad de las personas
Una empresa es una comunidad de personas. Sí, de acuerdo: tiene instalaciones, edificios, máquinas... pero todo eso lo aporta alguien y lo manejan personas, que se mueven por motivaciones muy diversas (beneficios, salario, carrera, ego), pero que tienen que actuar de manera concertada para conseguir un proyecto común. Dirigir una empresa es conseguir que esas personas, sin renunciar a sus intereses propios, ¡tan humanos!, saquen adelante ese proyecto común.
Esa es la tarea de los directivos. ¿Mandan? Sí, claro, pero su tarea es más... ¿cómo diría?... más delicada. Hay unos contratos, por supuesto, pero no se puede gestionar una organización a base de "tú haces esto, yo te pago, y se acabó". A veces hay que decirlo, pero habitualmente dirigir consiste en otra cosa distinta. Por ejemplo, en el caso de los trabajadores el gerente tiene que plantearse: ¿para qué vienen cada mañana? Para cobrar su sueldo, claro. Y para aprender, para hacerse una carrera, para acumular derechos para su pensión, para ganar amigos, para pasarlo bien.
¿Pasarlo bien? Sí, claro: ocho horas diarias de infierno se pueden aguantar una semana, pero es imposible que el equipo humano funcione solo mediante broncas y peleas, aunque vayan acompañadas de un cobro a fin de mes. Porque esa frase bonita de "el activo más importante de la empresa son sus hombres y mujeres" es verdad. Son ellos los que conocen al cliente, los que hacen funcionar las máquinas, los que saben dónde se cuelan los errores... y los que pueden desarrollar las competencias distintivas de la empresa, de las que depende su continuidad.