Sólo se encontrarán soluciones razonables si están guiadas por el deseo de proporcionar al enfermo el entorno más humano para que pueda afrontar y asumir su muerte
Una de las supersticiones modernas es creer que basta hacer una ley para zanjar un problema. La legalización de la eutanasia se presenta como si fuera la receta mágica para solucionar el fin de la vida en una sociedad moderna y envejecida. Tal vez la costumbre de echar mano de las pastillas para problemas que requerirían la forja del carácter lleven a pensar que la “muerte digna” se soluciona con inyecciones y sustancias letales.
Afrontar el cuidado de los enfermos terminales de acuerdo con la dignidad humana es complejo ya que intervienen muchos factores: médico que exige técnica y capacidad de comunicación con el enfermo; familiar que exige cariño y espíritu de sacrificio; y por parte del enfermo exige aceptar y encontrar sentido a la propia muerte. Nada de esto es fácil y nada de esto se arregla con una ley.
Ante los interrogantes que surgen ante un enfermo terminal: ¿Se han puesto todos los medios razonables? ¿Se podría aliviar más su dolor, aunque los analgésicos abrevien su vida? ¿Se siente acompañado?, etc. El legalismo de la eutanasia no dará nunca respuesta a las dudas de conciencia de los médicos, de los parientes, del enfermo. Sólo se encontrarán soluciones razonables si están guiadas por el deseo de proporcionar al enfermo el entorno más humano para que pueda afrontar y asumir su muerte.