El pecado radical del poder político cuando se pone al servicio de una ideología, de un partido, sea del “género” que sea, y no se piensa en el bien de cada ser humano.
En el cementerio del Monasterio Donskói en Moscou está enterrado el escritor ruso que descubrió a todo el mundo occidental, adormecido por los cantos de sirena de Stalin y de todo el apartado del Partido, la realidad de los Archipiélagos Gulag: los campos de concentración comunistas-estalinistas.
Ante la ceguera de todos los países occidentales, ante la falsa ilusión −¿sólo falsa ilusión?− de tantos intelectuales europeos que soñaron −y algunos todavía siguen soñando−, en las islas amuralladas de esos archipiélagos, perdieron la vida más de veinte millones personas, considerados en aquellos años de terror, como “enemigos del régimen”: jamás en la tierra ha habido un genocidio semejante de los gobernantes de un pueblo contra sus propios ciudadanos.
