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lunes, 7 de mayo de 2018

El empresario y su imagen

Escribe Rafael María de Balbín: El ejercicio de las responsabilidades empresariales y directivas exige, además de un esfuerzo continuo de actualización profesional, una constante reflexión sobre los valores morales que deben guiar sus actuaciones.
Una mentalidad marxista y populista ha ido construyendo la imagen del empresario como un individuo indeseable y explotador, como el malo de la película. Pareciera fruto de un modo de ver mezquino y envidioso con respecto al que triunfa produciendo riqueza.

lunes, 29 de febrero de 2016

Dios y la dirección de empresas

Escribe Joan Fontrodona:
Un trabajo bien hecho no se mide sólo por sus resultados externos, sino por el desarrollo integral de quienes lo llevan a cabo; un espíritu de servicio, que lleva a ver en el trabajo una ocasión de ayudar a los demás
Chester Barnard, en un libro que se ha convertido en un clásico de la dirección de empresas, afirma que lo que se entienda por dirigir dependerá de la idea de ser humano que se tenga. 
El modo de dirigir será distinto si entendemos que el ser humano es un animal evolucionado que se mueve por instintos, o es un elemento que tiene sentido en función de un todo, o un ser que merece ser tratado con cierta dignidad, o incluso si es una criatura hecha a imagen y semejanza de Dios.
La idea de ser humano que se dibuja a partir de las enseñanzas y reflexiones del cristianismo tiene necesariamente que influir en el modo de actuar de quienes intentan vivir con coherencia esos ideales. Como ha advertido el papa Francisco en su última encíclica, el humanismo cristiano ofrece una mirada más integral e integradora del mundo actual.

sábado, 23 de enero de 2016

Empresa y dignidad

Planteamientos que me llevan a la conclusión de que una buena empresa empieza en el reconocimiento de la dignidad de las personas
Una empresa es una comunidad de personas. Sí, de acuerdo: tiene instalaciones, edificios, máquinas... pero todo eso lo aporta alguien y lo manejan personas, que se mueven por motivaciones muy diversas (beneficios, salario, carrera, ego), pero que tienen que actuar de manera concertada para conseguir un proyecto común. Dirigir una empresa es conseguir que esas personas, sin renunciar a sus intereses propios, ¡tan humanos!, saquen adelante ese proyecto común.
Esa es la tarea de los directivos. ¿Mandan? Sí, claro, pero su tarea es más... ¿cómo diría?... más delicada. Hay unos contratos, por supuesto, pero no se puede gestionar una organización a base de "tú haces esto, yo te pago, y se acabó". A veces hay que decirlo, pero habitualmente dirigir consiste en otra cosa distinta. Por ejemplo, en el caso de los trabajadores el gerente tiene que plantearse: ¿para qué vienen cada mañana? Para cobrar su sueldo, claro. Y para aprender, para hacerse una carrera, para acumular derechos para su pensión, para ganar amigos, para pasarlo bien.
¿Pasarlo bien? Sí, claro: ocho horas diarias de infierno se pueden aguantar una semana, pero es imposible que el equipo humano funcione solo mediante broncas y peleas, aunque vayan acompañadas de un cobro a fin de mes. Porque esa frase bonita de "el activo más importante de la empresa son sus hombres y mujeres" es verdad. Son ellos los que conocen al cliente, los que hacen funcionar las máquinas, los que saben dónde se cuelan los errores... y los que pueden desarrollar las competencias distintivas de la empresa, de las que depende su continuidad.

jueves, 3 de enero de 2013

Hay muchas razones para hacer las cosas


   Pensar que todo lo que motiva a los trabajadores es el salario o la amenaza del despido es un error
 
¿Por qué hacemos las cosas? Los economistas solemos fijarnos en un reducido paquete de motivaciones: el interés personal en los individuos, la maximización del beneficio en las empresas, la optimización del poder en los políticos,… Bueno, algo de eso hay. Pero todos tenemos muchas motivaciones distintas, que aparecen simultáneamente en nuestras decisiones, quizás de formas cambiantes, incluso a lo largo del tiempo.
 
      Uno puede ir a trabajar por la mañana porque es su deber, continúa haciéndolo a media mañana por el qué dirán de sus colegas, trata de contentar a sus jefes a mediodía, y aguanta hasta última hora de la tarde por el prurito de ser el mejor. Y si no tenemos en cuenta esa variedad de motivos, nuestra interpretación de la conducta de las personas será equivocada. Pensar que todo lo que motiva a los trabajadores es el salario o la amenaza del despido es un error.