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sábado, 22 de agosto de 2015

El mito del progreso


Tal vez no exista quimera más falaz, maligna y destructiva que el mito del Progreso, levadura de todas las ideologías modernas. Según dicha quimera, la Humanidad avanza hacia un porvenir siempre mejor, en alas de avances científicos cada vez más refinados y de logros políticos cada vez más estimulantes; y tales avances y logros irán produciendo, a su vez, un perfeccionamiento de la propia Humanidad, que merced a la conquista de sucesivos derechos podrá entronizarse a sí misma como un dios (resulta, en verdad, desternillante que las masas se resistan a creer en un Dios trino y no tengan problemas en creer en la Humanidad, un dios mogollónico a modo de hidra de infinitas cabezas). 

En realidad, el progresismo no es más que un grotesco determinismo eufórico que confía (en contra de las evidencias que nos proporciona la observación empírica) que la vocación natural de la naturaleza humana es ascender por sí misma, ignorando que el hecho más cierto e irrefutable de la historia humana es la Caída, de la que el hombre sólo puede levantarse con Dios y ayuda.

miércoles, 25 de abril de 2012

Progresismo abierto

Progresismo abierto
El cristianismo cree en el hombre −pero caído y redimido−; el marxismo y el liberalismo total creyeron sólo en el sistema. Y ambos han fracasado

      A primera vista, las dos palabras del título parecen tautológicas porque, a priori, entendemos que todo progresismo es abierto. Indudablemente progreso es algo que avanza. Pero le pueden surgir al paso dos enemigos: su mal empleo o un etiquetado de lo regresivo como adelanto.

      En febrero, mi amigo Pedro Ortiz entrevistaba para LP a mi también amigo Jesús Ballesteros, catedrático de Filosofía del Derecho de la UV. En el diálogo —que versaba sobre la crisis actual—, el profesor mostraba dos sucesos aparentemente distantes —el mayo francés y la ingeniería financiera— como partes causales importantes de nuestra crisis. ¿Qué tienen en común esos dos hechos tan distintos? Adelantemos que la creación de un ambiente en el que no se practica algo tan elemental como el "trata a los demás como quisieras que te traten a ti", justamente su amoralidad.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Conservador, progresista, ¿quién es quién?

Vaya por adelantado que estas palabras, en si mismas, pueden tener muchos significados, y en ocasiones apenas tienen el menor sentido. Con esta advertencia, continúo.

Es corriente presentar la situación actual de la sociedad occidental contemporánea como una convivencia-enfrentamiento, de dos corrientes de pensamiento y de conducta, de ideas y de moral podemos decir, que responden al calificativo de Conservadora y de Progresista.

La corriente progresista sería la de quienes utlizan todos los medios a su alcance para propagar, e imponer si fuera el caso, el aborto, la sexualidad al antojo de cada quien, la pluralidad de formas de uniones entre hombres y mujeres, con la supresión real de la familia; el "relativismo" moral; o sea, no moral de ninguna clase; el rechazo de cualquier verdad, que sería vista como un ostáculo al desarrollo de la libertad del hombre.

viernes, 15 de enero de 2010

El corazón de la democracia




Autor: Juan Luis Lorda
Profesor de Teología
Universidad de Navarra

Diario de Navarra

Hace unos días el presidente del Gobierno español aludía al corazón de la democracia, al defender el Tribunal Constitucional ante los grupos radicales catalanistas. Pero es responsabilidad de los anteriores gobiernos socialistas haber dejado este tribunal inútil y desamparado, cuando limitaron su capacidad preventiva para intervenir en la confección de las leyes. Ahora sólo puede hacerlo a toro pasado, en condiciones imposibles.

El gobierno actual se define progresista. Pero el progresismo es una mentalidad muy peligrosa para la democracia. Porque uno se llama progresista cuando cree que sólo él sabe dónde está el progreso y que los demás están atrasados (y, en realidad, son el problema). Pero el espíritu de la democracia consiste en pensar que todos somos ciudadanos con los mismos derechos. Y que los asuntos públicos que afectan a todos, se hacen oyendo a todos. Esto lleva a que la forma natural de una democracia sea el consenso, especialmente para las cuestiones importantes que afectan a todos. Ese es el ethos y el corazón de la democracia. Pero si uno se siente progresista no quiere pactar con los demás (retrógrados) sino eliminarlos. Entonces, como le pasa a este gobierno, se siente inclinado a resolver las grandes cuestiones usando triquiñuelas políticas, en lugar de los instrumentos limpios de la democracia, que son el diálogo, la búsqueda del consenso y, para las grandes cuestiones, la consulta pública.

La democracia actual española, en su origen, se acercaba bastante al modelo ideal, porque nació de un pacto pacífico entre las fuerzas que, más o menos, representaban las distintas sensibilidades de este país, nación, estado o lo que quede. Y consiguió un refrendo popular muy alto. Ése es el valor moral de nuestra Constitución.

Pero después, el ejecutivo la ha alterado en puntos capitales, sin tenernos en cuenta a todos, sino pactando con grupos radicales que, además, quieren romper este país, nación o estado. Con esos modos antidemocráticos, se introdujo la despenalización del aborto, se alteró arbitrariamente la substancia del matrimonio y ahora se quiere quitar la protección de la vida.

Los cristianos deben saber que la manera de parar un gobierno que se extralimita en sus funciones, es defender sus legítimos derechos, haciendo valer el marco constitucional y afeando este modo de proceder que no respeta el corazón de la democracia, ni la letra de la Constitución, ni el pluralismo que hay en este país, nación, estado o lo que quede.

Si no, un cristiano honrado no podrá ser farmacéutico. Porque una ley aprobada sin consenso, le obligará, contra su conciencia, a repartir píldoras abortivas. Y tampoco podrá ser educador, porque, sin consenso, el gobierno le obligará a enseñar su concepción progresista (y cómica) del sexo. Por lo mismo, no podrá mantener colegios de inspiración cristiana. Y tampoco podrá ser médico ni enfermero, porque, contra su conciencia, el fanatismo progresista le obligará a hacer abortos. Y una madre cristiana no podrá enseñar a sus hijos lo que es el matrimonio porque el progresismo sexual, que es implacable, conseguirá que sus hijos la denuncien. Y tampoco podrá ser político, porque se verá obligado a votar contra su conciencia en los temas capitales.

En cambio, le dejarán votar en conciencia la normativa del yogur. Gracias. A base de normativas de segundo grado, aprobadas con apoyos radicales que luego han tenido que recompensar políticamente, nos están echando de nuestro país, nación, estado o lo que quede. Y se están quedando con él.

En los treinta años que lleva, nuestra democracia no ha hecho más que estrecharse. Nació de una manera bastante ideal. Treinta años después no hay más, sino menos democracia. Los partidos nacionales son poco democráticos en sus estructuras. Y colocan cada vez a más gente en los puestos claves de la sociedad. Las cuestiones principales las promueven camarillas. Y muchas leyes que nos afectan a todos se han aprobado con triquiñuelas, con fuerte presión de la propaganda oficial, sin participación de la sociedad, con disciplina de partido y sin consultas públicas. Además de haber desvirtuado, en puntos capitales (unidad nacional, matrimonio, defensa de la vida) el espíritu de la Constitución y haberla dejado sin amparo.
Todo esto son los frutos de un progresismo que no sabe adónde va, después de haber dejado de ser socialista.

Si consiguieran repartir a los chicos problemas de matemáticas, sería un progresismo admirable. Pero si lo que reparten son cientos de miles de plásticos y de píldoras (todo perfectamente antiecológico) es una pena. Es imposible que sea progreso alterar de esa manera tan antinatural una función natural como es la reproducción. Y es un atentado contra las libertades más elementales imponer ese progreso dudoso como si fuera la cultura única de este país, nación, estado o lo que quede. Les sobra sexo y les falta corazón para respetar la cultura democrática