En este Año de la Misericordia, parece claro el compromiso de los católicos con la abolición
He dejado pasar las fiestas de Navidad para volver a escribir sobre un problema inquietante: el incremento de las ejecuciones de seres humanos en diversos países. No parece que algunas regiones de mayoría musulmana se tomen en serio el carácter misericordioso del Dios omnipotente, aunque repitan el adjetivo, incluso en soflamas violentas. 
En el fondo, la visión es muy distinta de la filiación divina cristiana: “Dios es un Padre −¡tu Padre!− lleno de ternura, de infinito amor”. La cita podría ser del papa Francisco, pero la tomo de Forja 331. En el número siguiente, san Josemaría Escrivá ve ahí el fundamento de la alegría, indispensable para sobrellevar situaciones quizá alejadas de toda esperanza: “−Recuérdalo bien y siempre: aunque alguna vez parezca que todo se viene abajo, ¡no se viene abajo nada!, porque Dios no pierde batallas”.
Pero cuesta mucho entenderlo, cuando leemos y vemos a diario noticias de terribles matanzas. No afectan sólo a los cristianos, aunque están en el principal punto de mira de los inspiradores de las diversas formas de Estado Islámico.
Ciertamente, esa barbarie no tiene fundamento jurídico formal, a diferencia de la expansión de la muerte legal en tantos países, como se publicó recientemente en informes internacionales. En los últimos tiempos, solía criticarse a los Estados Unidos, único país de Occidente donde pervivía la pena capital. Pero, por razones distintas, se reduce de hecho y, además, las encuestas de opinión señalan un optimista avance del abolicionismo, aunque no haya superado aún el 50%.